(De entre otros muchos de la misma naturaleza, un relato corto os traigo aquí para que lo leáis en un abrir y cerrar de ojos, ya entrada la madrugada silenciosa, con el rostro brillante y siempre misterioso de la luna como único testigo. Sólo unas pocas palabras distribuidas en algunos renglones, no muchos, los justos, apenas dos cuartillas con los signos ortográficos necesarios con que ordenar la narración debidamente.Andad prevenidos, porque sólo unas cuantas palabras bastan a veces para transmitir la atmósfera del desasosiego que se pega a las paredes del alma; unas pocas palabras para que ninguna sobre, para que todas inquieten a la razón distendida de los temerosos y hasta de los que se piensan valientes y decididos.
Y si acaso no lo creéis así, leed…)
Cogí al azar un libro cualquiera de una estantería de mi biblioteca, y comencé a leer despacio para matar el tiempo, sentado sobre el sofá de crepé rojo, pues no conseguía conciliar el sueño…
“La noche se acercaba más cerrada y oscura que de costumbre. Fuera de aquella especie de sala umbrosa y húmeda del enorme y destartalado castillo, llovía y llovía sin solución de continuidad, a cántaros, como si desde el cielo febrilmente arrojasen jarros y jarros enormes del líquido meteoro. Y de vez en cuando, un haz luminoso que recorría el cielo, hasta donde su vista alcanzaba a través de la enorme brecha en uno de los muros de aquel infame lugar, le prevenía del ruido seco y terrible de la cólera de Dios hecha trueno.
”En un momento de silencio crepuscular escuchó frente a él un chirriar de oxidados goznes y un crujir seco de maderas que le heló la sangre. Quiso correr y no pudo. Sus piernas no obedecían las órdenes de su cerebro. Quiso gritar y ni el más mínimo sonido emitió su garganta. Sólo pudo hincarse de rodillas en aquel suelo frío y húmedo, y rezar horrorizado cuantas oraciones recordaba de la niñez a su Dios todopoderoso.
”Aquel ataúd parecía encerrar alguna clase de vida ante sus desorbitados ojos. La tapa de aquella macabra caja de madera, carcomida y de antiquísima apariencia, cedía y comenzaba a levantarse lentamente. Al fin, completamente abierta, dejó al descubierto un cuerpo terrible y encorvado, apenas huesos y piel; una figura diabólica como una sombra horrible, enjuta y alargada, casi incorpórea, como desdibujada, se erguía silenciosa y sutilmente para salir de su macabro cubículo.
”Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre … Apenas podía balbucir aquellas santas palabras. La seca y altísima figura del ‘no muerto’ llegó hasta él súbitamente, como si hubiese volado hasta el lugar donde hecho un deleznable ovillo humano, temblaba y lloraba como un niño débil y asustadizo.
”Se sintió alzado por el aire con una fuerza brutal y arrolladora, y en su cuello notó el mordisco violento y doloroso de dos colmillos como agujas capoteras… Desde entonces está en aquel estrecho lugar en el que yace encerrado, y alberga un terrible presentimiento…, ¿y si aquel ser demoníaco que bebió su sangre le hubiese transmitido, con el bárbaro acto, su misma condición de bestia diabólica?, ¿y si acaso se hallaba yacente en otro ataúd a la espera de despertar ante una pobre y desprevenida presa humana con la que saciar su sed de sangre en el momento más propicio?
”Y tembló sólo con pensar que todo aquello fuese cierto y no una pesadilla pasajera. Y volvió a rezar desesperadamente para que al fin sus ojos pudieran abrirse de nuevo ante la luz del sol en un hermoso y deseado amanecer, y poder despertar así, de una vez por todas, de aquella angustiosa desazón que le devoraba las entrañas. Pobre iluso, aún hoy le cuesta aceptar la amarga realidad. ¡Que Dios se apiade de su alma!, si es que acaso la conserva…”
Entonces cerré aquel libro y esbocé, sin ganas, una leve e irónica sonrisa. ¡Qué imaginación tienen estos escritores!, que sin saber de la misa a la media son capaces de inventar sobre lo que realmente desconocen. ¡Osados!… Pero sus relatos carecen sin embargo de rigor y misericordia. Qué sabrán ellos del bien y del mal, de la angustia y el sufrimiento de existir en un cuerpo sin vida mortal, maldito y eterno, al que sólo mueven las más oscuras fuerzas del averno, me dije a mí mismo mientras una profunda tristeza ocupó mi corazón, y dos lágrimas se me escaparon de los ojos recorriendo mis mejillas hasta la misma comisura de los labios, furtivas y saladas, sinceras y desoladoras. Supuse entonces que serían sobre las seis de la tarde a pesar de las gruesas cortinas que pendían sobre el ventanal del salón de mi casa, sumergiéndolo todo en una penumbra sólo rota por las seis velas encendidas en un cercano candelabro de plata, sobre la mesa camilla. Hice entonces un esfuerzo para levantarme del sofá de crepé rojo en el que me hallaba sentado; debía intentar dormir unas cuantas horas para estar descansado frente a otro nuevo envite de mi tragedia… Cuando la medianoche llegase, con la infinita angustia de mi desgracia y el horror sordo y desgarrado por el conocimiento absoluto de mis terribles actos, habría de volver a salir, sin remedio, para buscar alimento…, aquel tibio y rojo fluido que, aunque me repugna, me da la vida.

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