Sabedlo todos: conservo con verdadero fervor una carta que escribí pero nunca envié. No fui capaz de ello y ya nunca sabré si hice bien o mal con mi actitud. Siempre llevaré prendida a mi corazón esa duda terrible que me inquieta y desconsuela, porque tal vez Cristina me hubiese querido aun siendo lo que soy, ¿por qué no?
La escribí pensando que las dificultades de salud que comenzaron por la vista, pues el sol me dañaba terriblemente los ojos hasta el punto de dejarme casi ciego, y me cubría de llagas los párpados a poco que a él me expusiera, pasarían más pronto que tarde con el tratamiento del Dr. Martín Echanove, el médico de la familia que siempre nos había atendido desde que tengo memoria; que todo aquello, que continuó con la pérdida total de apetito, solamente se trataba de una tormentosa pesadilla de la que habría de recuperarme finalmente. Pero después de tanto tiempo enfermo, y conociendo al fin sobradamente la gravedad de mi estado, ya ni sueño un solo instante con mi recuperación, y hasta carece de sentido a estas alturas pretender un imposible; ya ni se lo ruego a Dios entre oraciones por no ofenderlo. Todo lo perdí hace tantos años. Ha pasado tanto tiempo de lucha y de sucesivas derrotas, tan sólo derrotas, que ya nada me ata al mundo salvo mi tragedia… ¡Y cómo lo hace!, con qué crueldad, para la eternidad nada menos… Y cada vez que lo pienso es como si fuese a desvanecerme y caer al suelo extenuado, exhausto, sin fuerza alguna para mantenerme erguido, del horror y la angustia que me invade. Ya no pienso en ser feliz, ni tan siquiera un ser normal. Sólo deseo un imposible: ¡morir!, y lo deseo tanto… Y en esta casa sombría de mis antepasados queridos, de pasillos interminables y tantas habitaciones vacías y oscuras, en la que dejo transcurrir las largas y pesadas horas de cada uno de los infinitos días de mi cruel existencia, entre recuerdos y horrores, he ido a tropezarme con ella, con esa carta de que os hablo, en la caja de nácar del segundo cajón de la cómoda de mi escritorio, y os la quiero mostrar a los que tengáis oportunidad de leer este diario, para desvelaros mi profunda desventura, al tiempo que los otros acontecimientos que por aquellas fechas acaecieron y que iré intercalando para desahogar tantos remordimientos…
«Mi querida Cristina:
¡Cómo te empiezo a extrañar!, y eso que apenas nos separamos hace unos días. ¿Sabes?, París era una fiesta sublime cuando llegué a la Gare d’Austerlitz en la misma confluencia del Boulevard de l’Hôpital y el Quai d’Austerlitz, en el vértice justo de la Place Valhubert, frente al puente que cruza el Sena de la zona izquierda a la rive droite. No te puedes hacer una idea, querida mía; banderolas tricolores y carteles por doquier lo anunciaban a bombo y platillo; fue el pasado 14 de julio y Francia entera celebraba el día de su fiesta nacional; ya sabes, la toma de la Bastilla en 1.789 y todas esas cosas de la Revolución de finales del XVIII que tanto llegó a conmocionar el pensamiento político y social a partir de aquel entonces, y que los franceses tienen tan a bien celebrar para mayor honor de su patria… L’Ancien Régime se resquebrajaba… Y ahora que te hablo de esto, ¿te acuerdas de nuestras clases de Historia en el Colegio San Luis, cuando nos conocimos como dos verdaderos novatos dando clase a todos aquellos adolescentes revoltosos de familias bien? ¡Lo que daría por volver a aquellos tiempos!… ¡Por darte aquel primer beso, querida, al final del largo pasillo, a la misma puerta del aula en la que enseñabas a tus alumnos a ser más cultos y mejores personas!… Luego, al poco tiempo, tú llegarías a ser jefa del departamento, y bien que lo merecías. Tus clases no tienen precio, son un verdadero privilegio, hasta yo mismo aprendía tanto escuchándote, observándote como explicabas; enamorándome de ti poquito a poco, sin saberlo, sin siquiera presentirlo…
Como muy bien conoces, es la primera vez que visito París, y allá donde miro, todo me parece perfecto y maravilloso. Me habían hablado tanto unos y otros en España, antes de partir, del Quartier Latin, que no quise cruzar aún el ya muy cercano Pont de Sully para dirigirme a la buhardilla que había alquilado en plena Île, frente a la gótica catedral de Notre Dame y sus multicolores vidrieras o rosetones, por indicación acertadísima de mi padre, en el Quai d’Orleans para ser más concreto, sin pasear un rato por el Boulevard Saint Germain o por Saint Michel y las múltiples calles adyacentes y plazas recoletas del entorno, hasta casi el límite con el señorío urbano de Montparnasse.
Los parisinos, más bien reacios a priori a las relaciones abiertas y desenfadadas, parecían estar influidos por el ambiente festivo que se respiraba a cada paso, y todo resultaba casi una exaltada fantasía pictórica, o tal vez una trasposición a la realidad callejera de esos espléndidos carteles de Henri Toulouse-Lautrec. No sabes lo que hubiese dado por tenerte junto a mí, y pasear contigo de la mano entre toda aquella alegre muchedumbre… Lo hubiese dado todo; tú bien sabes que es cierto.»
Recuerdo que aquel día, -al tercero o cuarto de llegar a la capital del Sena-, aunque un poco nublado desde el principio, de repente, se había convertido en noche oscura y fría, profunda y extraña. Había cruzado el Sena y estaba frente al Hôtel de Ville. Me sentía ligero, muy rápido en mis movimientos, y al desenvolverme en la oscuridad mis ojos estaban perfectamente, sin heridas, por lo que me quité las gafas oscuras con que los cubría; es más, recuerdo que sentí la sensación de ver con mayor claridad que nunca en la distancia, como si la facultad de la vista hubiese crecido y multiplicado varias veces. Me observé caminar, como fuera de mí mismo, por la Rue Saint-Honoré en dirección a un lugar de ensueño que en breves instantes habría de descubrir.
En repetidas ocasiones, desde muy niño, había soñado con una plaza grande, muy grande, de suelo empedrado y húmedo por la lluvia reciente, de edificios idénticos en todos sus lados. Y mis pasos sonaban como envueltos en su propio eco. Y caminaba totalmente solo por aquella grandiosidad urbana. Recordaba haber soñado en varias ocasiones con aquel marco de portalones similares, vacíos y configurados en amplísimo rectángulo, y mis propios pasos sonando en la lejanía, como tras de mí; ya os lo he dicho, como envueltos en su propio eco…
Y en aquel instante sentí que estaba en el lugar de mi sueño repetido, pero realmente. Miré entonces un pequeño cartel azulado sobre la pared de piedra: Place Vendôme, y quedé absolutamente prendado del lugar, ya para siempre.
Vuelvo ahora a la carta:
«El río con sus barcazas amarradas junto a la rive droite, ya en las cercanías del Musée du Louvre y más abajo, hacia el Campo de Marte y la reciente Tour Eiffel en las que habitan personas a modo de viviendas no muy convencionales, fue otra de las cosas que más me llamó la atención en un principio; y los cafés, naturalmente, los bistrots como allí los llaman, con sus enormes cristaleras que sobresalen de los edificios hacia las aceras… ¡Ah!, cómo me ha maravillado París, sus calles, sus edificios, sus museos y monumentos…
Estoy pensando muy seriamente que para nuestro viaje de boda, la primera parte de los días libres que podamos disfrutar, podríamos pasarlos aquí, antes de marchar hacia Londres y Roma.
En estos primeros días de mi llegada a la capital francesa he paseado mucho, aunque me siento aún bastante débil, y siempre con gafas oscuras para que mis ojos no sufran, y ya conozco bastante bien una buena parte de la ciudad. Cariño, te enseñaría cuando llegue el momento, todo el centro histórico de esta espléndida capital. Pasearíamos por esa casi media diagonal que constituye la Avenue des Champs Élysées, con sus llamativas tiendas de ropa, y los escaparates bajo los soportales de las carísimas joyerías de la Rue Rivoli. Subiríamos, frente al Louvre, por la Avenue de l’Opéra hasta la plaza con el gran teatro, -en el que naturalmente veríamos alguna función antes de partir de la ciudad-, para tropezar con el Boulevard Haussman, y aún más arriba, por la Rue de Clichy y la plaza del mismo nombre a la Place Pigalle, ¡el viejo Montmartre, nada menos!, a un pasito ya del entorno del Sacre Coeur, desde el que se puede contemplar una vista increíble de París. Y luego, ya de regreso al centro, pararíamos a tomar un delicioso café en alguna de las terracitas de la Place du Tertre, ¡Ah, la Place du Tertre!, deberías verla, tan coqueta, donde los pintores, al aire libre, exponen sus obras y tratan de ganar unos francos con los visitantes extranjeros. Todo aquel entorno de la Ciudad de la Luz es tan encantador…»
… Oí entonces otros pasos que no eran los míos, cercanos a la columna central de la Place Vendôme. Apenas necesité girar la cabeza para descubrir una bella y joven mujer que caminaba deprisa entre la niebla que acaba de bajar, sorpresivamente, sobre la ciudad. Y apenas en un salto estaba tras ella. Yo no sé qué me ocurrió entonces. La vista se me nubló, y un ansia irresistible de beber su sangre invadió todo mi ser… Aquel fue el primer ataque poderoso de mi enfermedad… Aquella bella mujer, mi primera víctima. Jamás olvidaré cómo temblaba su frágil cuerpo entre mis brazos mientras ávidamente succionaba la sangre que derramaba su cuello a borbotones. Mi turbación y mi remordimiento, tras el salvaje acto, mi primer pesar en la trágica historia de mi vida… ¡Dios me había abandonado a mi suerte negra!
…Y corrí. Corrí enloquecidamente a mi buhardilla del Quai d’Orleans. Me encerré con llave y eché el cerrojo interior. Entré al baño y me miré en el espejo del lavabo… Mi boca estaba aún ensangrentada y observé cómo mis incisivos superiores habían crecido, alargado sin razón aparente… Los ojos inyectados en sangre y la monstruosa expresión de mi cara me aterró hasta lo indecible… ¡Yo no era aquel ser que se reflejaba en el espejo! ¡No era posible tanto horror!
Cuando desperté al día siguiente, tras una noche de inquietud y pesadilla, y leí la prensa durante el desayuno, que no probé excepto unos leves sorbos de café, pues ya no soportaba aquellos alimentos, pude observar como en portada y a cuatro columnas, con foto de la víctima incluida, se relataba un terrible crimen… Y empecé a recordar nebulosamente que la bestia de la que hablaban temerosos, era yo mismo.
Aquella fue la primera atrocidad que una fuerza infinitamente superior a mí mismo, me hizo cometer… Fue en París, hace ya muchos años, como os digo; en aquella maravillosa e inolvidable, por tantos motivos, Place Vendôme .
«…Tantos son los lugares, Cristina, que te mostraría… Ya verás, si Dios quiere; yo volveré a París, y tú vendrás conmigo. Andaremos por estas calles de ensueño siendo ya marido y mujer. Lo siento muy dentro de mí, yo me curaré de mis extrañas dolencias, y todo será como te cuento.
Aunque esta noche estoy totalmente desvelado y no creo que pueda pegar un ojo, no quiero aturdirte con una carta excesivamente extensa. Por hoy, aquí lo dejo. Que sepas que te añoro mucho y te quiero con locura.
Tu siempre enamorado…»
Como supondréis, esta carta la escribí poco antes de mi primer ataque, cuando todavía ignoraba mi espantoso futuro; antes de comprender que Cristina y yo, nunca más deberíamos volver a vernos… Ya os lo he desvelado al comienzo, la conservo con verdadero fervor y lo haré siempre, porque nunca la envié y porque ya jamás podré hacerlo por mucho que quiera. Es absurdo, ya no tiene destinatario posible, porque… porque Cristina murió hace ahora tantos años…

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