Retornando felizmente tras un mes pasado plácidamente en la playa, abro la puerta de mi casa y respiro ese olor a cerrado y el calorcito de una casa que hace tiempo no ha sido ventilada. ¡Hogar, dulce hogar! Miro a mi alrededor, todo está en su sitio, incluido un par de cadáveres de esos horripilantes insectos rojizos que cada vez son más grandes y ya incluyen un par de toscas alas y dos enormes antenas. Mis pobres plantitas de la entrada están pidiendo socorro a gritos, más secas que un pimiento morrón. Además, al parecer, los gatos de los vecinos se han explayado a gusto en mi jardín, dejando sus caquitas y sus marcas por todas partes. ¡Vaya con los dichosos gatitos! No se pueden quedar en su casa, tienen que venir a dejarme el oloroso recuerdito en la mía!
Bueno, ya era hora de dar una vuelta por casa ¿no? le digo a mi cónyuge, que está maniobrando con las bolsas y maletas, intentando sacarlas del coche sin que se caiga nada ni su espalda sufra demasiado. Allí estábamos divinamente, si no fuera por las hormigas… prescindir de ellas por unos días es un descanso, desde luego, pero ¡vaya calor que hace aquí!
Salgo a la terraza, armada de una regadera, y doy de beber a mis ansiosas macetitas, que parecen soltar un suspiro de placer al recibir el líquido alimento, tan largamente esperado. La terraza está hecha un asco, polvo, hojas… pero ¿qué veo? Hay algo que no está en su sitio, en la puerta que da al jardincito: sencillamente, ha sido arrancada una pieza de la puerta. Bajo al jardín y allí está la pieza, apoyada cuidadosamente contra la pared. ¡Vaya por Dios! Esto es que alguien ha querido entrar, me digo, ya algo inquieta. Miro hacia el punto problemático de mi jardín, y veo, para mi intranquilidad, que hay un hueco forzado en la malla de brezo que cubre el murete lindante con el colegio de atrás. ¡Han entrado por aquí, le digo a mi cónyuge, mira, mira…! Sin embargo, a primera vista no percibo otras señales de que hayan forzado las ventanas, con lo que deducimos que no han pasado de ahí. ¡Menos mal!
Subo al piso de arriba, donde están los dormitorios, y me extraña encontrar los armarios entreabiertos. Juraría que no los dejé así… pienso, mientras los abro para comprobar que dentro está todo en orden. Lo está. Bah, está claro que con las prisas me los dejé abiertos.
Pues de todas formas, creo que hay que llamar a la policía…marco el 091, pero me contesta una voz grabada que me asegura que ese número no existe. ¡Pues si que empezamos bien! Rebusco hasta encontrar un número de la comisaría más cercana, llamo, y en seguida, en cinco escasos minutos, tengo en casa a dos jovencísimos y educadísimos agentes uniformados, que entran, miran, me confirman que sí, que aquello es un intento de entrar y que si no he notado nada más…que no he notado ¿cómo le voy a decir que me he dejado los armarios abiertos? Me aconsejan que haga la denuncia: Pásese mañana por comisaría, me dicen, por el seguro, porque tendrán seguro de hogar, ¿no? Claro que tengo seguro. ¡Faltaría más!
A la mañana siguiente, tras una calurosa noche, un desayuno copioso y una buena ducha, me arreglo para salir, y cuando abro mi cajita de pendientes para ponerme alguno…. ¡¡¡Horror!!! ¡¡¡No había ni uno!!! ¡¡¡ Maledicione!!! En ese momento lo veo todo clarísimo, bajo corriendo las escaleras y me dirijo a la terraza, y observo detalladamente la ventana, por fuera. Efectivamente, allí está la prueba: la ventana está forzada, pero tan cuidadosamente colocada en su sitio, que es casi imposible darse cuenta del destrozo como no sea desde muy cerca. ¡Pero es increíble!, me digo, ¿cómo es que han sido tan delicados y cuidadosos? ¿Ahora les enseñan modales, a los delincuentes? En fin, subo a contárselo a mi marido, que ya estaba preguntando a qué venían mis voces. Entonces iniciamos un reconocimiento más a fondo, y mi marido encuentra que le faltan dos relojes: ¿Será posible? Justamente se han llevado el que compré en Nueva York, que no tenía un valor especial, salvo los recuerdos que me traía…Y se lo toma con una tranquilidad pasmosa. Al fin y al cabo, sólo han sido dos relojes, dice él. ¡Y mi colección de pendientes!¡con lo que los quería! Apostillo. Entonces, buscamos un poco más, pero al parecer la cosa no ha pasado de ahí, ya que, como no había dinero en casa, no han podido llevárselo.
Entonces me dispongo a dirigirme, ¡sin pendientes!, (¡es que ni uno me han dejado! Claro que con uno no hubiera hecho nada, por otra parte) a comisaría para hacer la denuncia. Mi marido se dedica a llamar al seguro y ocuparse del tema cerrajeril y yo me planto en la comisaría más cercana, que es la del pueblo de al lado. El local consiste en tres cuartuchos minúsculos, uno de ellos, abarrotado de gente variopinta, y de policías de uniforme. Después de pedir turno, como en la carnicería, empiezo a pasear arriba y abajo por la calle, con mi abanico, ya que no quepo dentro y además hace un calor horroroso. En el otro cuartito de al lado es donde se hacen las denuncias, y hay dos mesas, con ordenadores (menos mal, porque la última vez que vine a denunciar el robo de mi bolso, ¡¡aún tenían máquina de escribir!!). Una guapa y jovencísima poli uniformada, con una espléndida cola de caballo, va tomando nota de lo que le cuenta un señor sudoroso y algo excitado. De vez en cuando comenta con su compañero de la mesa de al lado, que al parecer se ocupa de otras cosas y no lleva uniforme. Entran de pronto dos policías sujetando a un chaval con el rostro descompuesto y un moretón en la mandíbula (cielos, esto parece una peli de cine negro…); lo llevan al cuartito de al lado, donde pone NO PASAR y le toman las huellas dactilares, por lo que vemos a través del cristal. El chaval, cabizbajo, no ofrece resistencia. Luego vuelven a salir con él, y ya el chico levanta el mentón, algo más atrevido. Se oyen algunos comentarios por lo bajini: Pues sí que están poco tiempo detenidos… No crea, ahora es que lo llevan al juez, ¿ al Juez? ¡Jajaja! ¡Entonces aún va a ser más rápido! Si los jueces los esperan con la puerta abierta, la de atrás… Entra el policía con cara de pocos amigos y echa una mirada de desagrado hacia la concurrencia. Los murmullos se acaban y hay un silencio tenso.
Después de hablar por el móvil con mi marido y enterarme que el cerrajero estaba en camino, y como me aburro soberanamente, inicio una conversación con uno de los agentes que vinieron el día anterior a casa y le cuento lo que hemos descubierto, a lo que el policía me dice que tendrán que avisar a la científica, para que vaya a tomar huellas; ¿Científica?¿Huellas?, me sorprendo, Pues van a encontrar muchas, oiga; el cerrajero del seguro ya está en camino a casa, y tanto mi marido como yo lo hemos tocado todo, además de los ladrones, claro, incluso yo he limpiado la terraza, porque me daba vergüenza que la vieran tan sucia…El agente me mira como si fuera estúpida: Señora, es nuestra obligación, me asegura, algo encontraremos, no lo dude. No puedo reprimir una risita, Desde luego, van a encontrar tantas huellas que no van a saber por donde empezar…pienso. En fin, visto el panorama, discretamente hago como que me interesa sobremanera mirar unas fotos de delincuentes que tienen allí colgadas, con unas caras que dan miedo, y hago mutis por el foro.
Pasa el siguiente. ¡Uno menos! Pienso.
En esto entran dos mujeres muy agobiadas, y se dirigen a un agente voluminoso, amostachado, y con cara de sueño. Mire, oiga, es que aquí esta chica… dice la señora mayor, refiriéndose a una chica de aspecto magrebí, y muy decidida a entrar en el cuartito donde pone NO PASAR. El agente la frena: a ver, ustedes ¿qué quieren? ¿denunciar algo? ¿el DNI? Casi me pisan, porque yo acababa de sentarme mismamente, ya cansada de dar vueltas. No, mire, agente, lo que queremos es saber a quién tenemos que dirigirnos, le cuento… El agente bloquea la puerta con su enorme corpachón y la mira desde arriba, con los brazos cruzados y cara de qué he hecho yo para merecer esto. Ocurre que aquí la chica ha dejado un piso porque el novio de la dueña, que se ha largado a Mauritania sin decir pío, pues el novio, que es de Senegal, resulta que aparece a cualquier hora y les grita…¿Comooor? El agente abre y cierra la boca, sin entender nada. Explíquese mejor, señora, que no acabo de entenderla. La chica entonces interviene, en un español con fuerte acento magrebí, pero con muy buenos modales: Mire, señor, el caso es que yo he de entregar las llaves del piso a alguien, porque yo lo dejo, es que lo dejo ya mismo, no puedo soportarlo, y como la propietaria se ha ido a Mauritania, pues no sé a quién… El agente empieza a impacientarse: Pero bueno, ¿y a la policía qué le importa eso?¿la han maltratado? ¿Se ha cometido algún delito? Por favor, estamos muy ocupados, vaya al grano, señora. Ahora recoge el testigo la señora mayor, que no sabemos si se trata de una vecina, de una amiga o de la señora en cuya casa limpia la chica (me inclino por esta última opción) Mire, oiga, es que el novio de la propietaria, que es senegalés, sabe usted, va y entra constantemente en la casa, porque tiene otra llave, sabe usted, y se pone muy violento, y la chica, que está asustada, ha decidido irse de la casa, pero no sabe a quién ha de darle las llaves, y no quiere que la acusen de haber estropeado algo, porque cree que el novio, que es senegalés, como le digo, puede romper los muebles o hacer algún destrozo, o llevarse algo, y aquí la chica, que es decente, no quiere tener nada que ver con el asun… El policía la interrumpe: Señora,¡ por favor! ¡Esto no son los servicios sociales! Si no hay delito,¡ aquí no podemos hacer nada! Y paulatinamente va avanzando hacia delante, y ellas retroceden, muy angustiadas. Llegado a ese punto, todos los presentes estamos interesadísimos en el caso, y ya algunos empiezan a intervenir: no hay delito, pero lo habrá, pero oiga, ¿la ha molestado ese chico?¿Cómo es que la propietaria se ha ido a Mauritania? ¿Era de allí? ¿Y aún debe la hipoteca? Claro, se largan y luego a ver quien paga al banco, interviene un señor mayor, que ya ha dado muestras de impaciencia porque no le llegaba el turno de las denuncias. Ya hemos estado en los Servicios Sociales del Ayuntamiento, dice la señora, y allí nos han mandado para acá! ¡Esto es un mareo, a ver a dónde vamos ahora! ¡A la consellería, hay que ir a la consellería! La chica demuestra inquietud, mira a los presentes y ya empieza a dirigirse a nosotros, ignorando al policía, pero en esto que entrauna pareja jovencita, muy mona ella, muy deportivo él. ¿Es aquí para renovar el DNI? Como esta pregunta ya la han hecho bastantes despistados, que no leen el cartel a la puerta, marcando con una flecha la puerta de al lado, todo el mundo contesta casi al unísono: Nooo!! Es la puerta de al ladoooo!! Y los chicos se van rápidamente.
Pasa el siguiente en denuncias. Miro mi reloj. Ya queda menos…
Las dos mujeres ya han pegado la hebra con otra pareja que les está contando lo que parece ser un caso de malos tratos, y están los cuatro excitadísimos y alterados. El agente voluminoso ha decidido desparecer de escena por un rato. En la puerta se estacionan los dos policías jóvenes, que ya han vuelto de dejar al chaval del moretón. En esto llega un hombre con mono blanco de pintor, muy nervioso, ¡me acaban de quitar la moto, ¡hos…! ¡y llevaba la documentación en el maletín de atrás!¡esto es increíble!¡ya no se puede trabajar tranquilo, o te quitan el empleo o te quitan la moto! Además, si ha sido aquí en la esquina, justo a la vuelta, ¿dónde hay que presentar la denuncia, oiga? Hay un revuelo generalizado: haga su turno, que aquí llevamos todos esperando horas, oiga, todos vamos a denunciar, un poco de formalidad…El pintor se gira ¿Formalidad? Estoy trabajando y a la primera de cambio me han robado ¿qué formalidad ni que mie…? Interviene el agente de la puerta: Tranquilícese, señor, tranquilícese; y haga turno. El hombre está de un humor de perros, como todos nosotros, pero un poco más. Es que estoy trabajando, ¡no puedo perder tiempo!…El agente se le acerca: Pues circule, circule, y vuelva más tarde…
Cuando me veo a las puertas, ya va a tocarme entrar…entonces llega un hombre que ha puesto la denuncia por Internet… y pasa delante de mí. Pero, oiga, ¡este señor se ha colado!, le digo al agente de la puerta. No señora, no; si hacen la denuncia en la red, tienen preferencia. ¡Vaya por Dios! ¿Y cómo no me lo dijeron? exclamo, exasperada. Hay un cartel que lo anuncia. Vaya por Dios, ¡es verdad!. En fin, seguí esperando, armada de paciencia y de mi abanico. Cuando se fue el internauta, con cara de bochorno por haber pasado delante, finalmente pude entrar. ¡Vaya mañanita!
Godella, junio 2009
Tags: Relato, situación, visitantes inoportunos

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