18
May

TORTUGAS EN MADRID – PUERTA DE ATOCHA

   Publicado por: Capayespada en Ensayos y opinión

Hoy no sabía muy bien qué escribir, sentado como un pasmarote frente al ordenador, dejando correr el tiempo hasta que llegase la idea, hasta que viniera a mí como por encantamiento, como ocurre siempre, pienso yo. Pero hoy quería, eso sí, contar algo sobre pensamientos y sentimientos, contraponiendo la prisa a la calma, el problema a la solución tranquila, la vida absurda a la felicidad o a su ensueño… Y yo no sé cómo, el recuerdo de unas simples tortugas y un lugar entrañable que siempre lleva mi alma al sur, me han confesado el secreto escondido hasta entonces bajo siete llaves; y casi, casi, me han dictado al oído esta columna hilvanada, frase tras frase, con sencillas palabras…

En uno de sus geniales artículos, de pluma grácil y portentosa de escritor privilegiado, para una revista de Estocolmo, nada menos, que dedicó un monográfico a España, don José María Pemán escribió: «Si España es síntesis y muestrario de Europa, Andalucía lo es de España. Condecorarla con un adjetivo solo y único -”africana’”, “florida”, “sensual”- es hacer tópico y acuñar calderilla literaria. Andalucía que no ha cabido todavía en ningún libro, ¿cómo va a caber en un adjetivo?» Y a más de uno, sin duda, esto podrá parecerle exagerado, incluso siendo andaluz; quizás, pero a mí no. Yo lo encuentro en su justa medida, de lo más normal, muy cabal y acertado. Ni pizquita más allá ni más acá de tales aseveraciones me distancio, porque yo vengo a coincidir plenamente con las palabras del intelectual gaditano, artista soberano de ese rincón de la Baja Andalucía que adorna más que viste de azul y blanco sus espacios y sus tiempos, y también de playa de arena fina y atlántica mar, y de gracia, y de sol. De vida en suma… ¡Vaya que sí!

Es por ello y otras muchas cosas, vitales la mayoría, que yo habitualmente necesito sentirme cerca de aquella tierra de mis predecesores, de oro y de fuego, serrana y marinera a un tiempo, de esos blancos deslumbrantes de sus casitas y cortijos enjalbegados primorosamente, de esos preciosos azules de su mar y de su cielo; de sus marismas prodigiosas donde estalla la vida en su diversidad biológica; de poemas en el aire que se nos posan sobre la cabeza y el corazón como palomas muy blancas de los Jardines de la Victoria de mi Córdoba añorada, como un regalo de Dios; y de aromas orientales, y de pasión y de calma… Porque cuando se escucha el rumor de una fuente en Andalucía, no sólo se escucha el caer o el transcurrir del agua, también se escucha una copla coloreada de fantasía, de ensueño, que canta una niña chica asomada a una ventana de planta baja con reja, de frioleros geranios siempre orientados al sur, de rosas rojas y blancas, niña chica guapa como no hay otra, sobrada de arte y de gracia, esperanzador proyecto de futuro de una realidad cultural e histórica que trasciende tiempos y fronteras. Cuando se huele una flor en Andalucía se huelen todas y cada una de las flores del Oriente a un tiempo. Cuando se contempla una mujer en Andalucía, ¡ay!, se contempla la inigualable belleza de la diosa Afrodita en el mismo monte Olimpo, como si ahora la residencia acristalada de las divinidades clásicas se hubiera trasladado, por propia voluntad, a la Hispania Baetica , donde igualmente abundan el néctar y la ambrosía que requieren tan excelsos huéspedes… ¿Acaso se puede pedir algo más en el mundo?

¿Y qué se me ocurre hacer cuando necesito Andalucía, directamente en vena, para mi sosiego, y no puedo arropar mi cuerpo entre sus campos de luz o sus calles de ensueño porque a Madrid me atan menesteres diversos y carceleros?… Pues que me acerco despacito con un libro bajo el brazo a la estación de Madrid-Puerta de Atocha, que tan cerquita de casa me viene, a observar, desde la inmediatez de sus andenes, sus caminos de hierro que tantas veces me han conducido hacia ella, Andalucía, hacia mi sueño del sur, a contemplar los trenes de alta velocidad que vuelan sobre la tierra para encontrarse, apenas al cabo de un rato como aquel que dice, con Málaga, con Córdoba o con Sevilla. La rapidez tranquila del viaje deseado. Observo a los viajeros con sus maletas rodantes y sus billetes en la mano, y les envidio de alguna manera. Y cierro los ojos y me hago a la idea de que yo también partiré con ellos, en alguno de esos trenes velocísimos, al encuentro de mi sueño… Pero cuando el tren parte, primero despacito, para ir cogiendo velocidad paulatinamente, y da la vuelta en aquella leve curva que hay al frente, que ya lo oculta a mi mirada, y yo me noto parado en el mismo lugar de antes, comprendo que tampoco es, una vez más, la ocasión del añorado reencuentro. Y doy media vuelta, mohíno, para buscar un lugar donde sentarme en su jardín tropical, -más de 4.000 metros cuadrados de hábitat verde con unas 7.000 plantas de más de doscientas especies de diferentes continentes, he leído por ahí-, cerquita del estanque exagonal donde las pequeñas tortugas son las reinas absolutas de su territorio. Y a la vera de cocoteros y plácidas plataneras y palmeras espigadas, amén de otras especies para mí desconocidas, me siento a leer un rato alguno de esos libros antiguos, de segunda mano, adquiridos casi todos en la cercana Cuesta de Moyano, y que yo prefiero disfrutar antes que cualquier best seller al uso que tan de moda parecen, y que a mí casi nunca me han gustado ni tampoco entretenido.

Y cuando ya, al cabo del tiempo, me dispongo para la retirada, siempre antes me asomo un instante al barandal metálico del estanque, y observo curioso las parsimoniosas evoluciones de las muchas tortugas que en él habitan, entre las plantas que cubren el agua del recinto o en las piedras o pasarelas exteriores sobre las que parecen buscar cualquier rayo de sol de la mañana. Junto a mí niños y adultos de diferentes edades, nativos o extranjeros, también se interesan en el espectáculo que acontence, y hacen fotos, y sonríen, y comentan, antes de reemprender su destino.

Qué curioso, a sólo unos metros de nosotros, en el exterior confuso de la ciudad en movimiento, se desarrollan el ruido, el tráfico enloquecido, las prisas, los problemas reales y hasta los que inventamos, la falta de sosiego y el tormento cotidiano, la confusión, la soledad en tumultuosa y forzada coexistencia… ¡Qué mal entendemos la vida! ¡Qué inútilmente corremos de un lado para el otro sin disfrutarla, sin comprender su verdadera esencia; sin vivirla en definitiva!… Y, sin embargo, junto a mí, frente a mí, en el estanque del invernadero tropical de la estación ferroviaria de Madrid-Puerta de Atocha, se desarrolla la vida en otro orden muy distinto de cosas y aconteceres. Las tortugas de la estación de Atocha campan a sus anchas en su recinto y no tienen ninguna prisa. Ni la conocen ni la necesitan; vamos, que no están por esa labor. Todo en ellas es parsimonia, apenas ligerísimo movimiento. La diversa naturaleza nos ofrece estos llamativos contrastes.

Cuando necesito bajar a mi Andalucía, lo consiga realmente o simplemente lo anhele o lo sueñe, parece que me invade una calma subliminal, un sosiego deseado y necesario que conforta mi cuerpo, mi mente, mi espíritu. Si mi sur geográfico no existiera, no existiría para mí la vida; se pararía mi corazón, sin remedio, de tristeza o de extrañeza, como echándolo de menos. Y pienso que para las tortugas de Madrid-Puerta de Atocha, su estanque y su jardín tropical son su Andalucía necesaria. De ahí su absoluta tranquilidad. Ellas son tan felices en su hábitat como yo cuando me reencuentro con mi sur, con sus campos y ciudades, con sus aguas mediterráneas o atlánticas y sus gentes sabias colmadas de vida y experiencia, -Tartessos da cumplida fe de ello-, a lo largo de toda una eternidad; con su música y con su arte. En Andalucía soy otro, o mejor, soy yo mismo, el verdadero, el que apenas nadie conoce y ni siquiera imagina. Tanto es así que sin quererlo o forzarlo cambio la c por la s en mi hablar habitual, y entono las frases de otra manera, como si mi verbo se deslizara por un mágico pentagrama en clave de sol. Allí, en mi paraíso, no me llegan ni la prisa de Madrid ni su agonía. Allí, como por encantamiento, la prisa se hace brisa marinera que acaricia el cuerpo, que acaricia el alma. Allí flota en el aire un poema tras otro, un acorde de piano o de guitarra tras otro; allí toda la poesía y la música está en el ambiente. Allí es donde mejor me acurruco en la esquinita de mi felicidad y pocas cosas me hieren. Allí, bien lo sabe Dios, quisiera acabar cuando deba ser… Igualito o muy parecido, a mí así se me antoja al menos cuando las observo, que las tortugas en su verde estanque del invernadero tropical de Madrid-Puerta de Atocha.

Esta entrada fue creada el Monday, May 18th, 2009 a las 10:18 am y está archivada bajo la Categoría Ensayos y opinión. Puedes seguir las respuestas con el feed RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback desde tu propio site.


4 comentarios hasta ahora

Nes
 1 

Hola Capa,
te parecerá increible pero nunca había oido hablar de las Tortugas de Puerta de Atocha y esta mañana he leido tu escrito y por el mediodía en las noticias de la Sexta han puesto un reportage sobre precisamente estas Tortugas… hay que ver, al final si que tendrá algo de magia esto de la literatura… en fin, tienes una prosa exquisita que te envuelve cuando lees, las he visto mejor leyendote que en la tele al mediodía.

Un Saludo

18 May, 2009 a las 5:39 pm
stikud
 2 

Vuelta por tus fueros. Tú sí que sabes, amigo Capa.

18 May, 2009 a las 6:14 pm
Zen
 3 

Ole, Capa. Ya se te echaba de menos y por lo que puedo ver llevabas mucho tiempo sin sudar, y que manera de romper a hacerlo. Desprendes aquí Andalucía por todos los poros y eso cuando se lleva tan adentro no puede forjar más que arte, ese que llevas en la sangre.
(alzando el pañuelo hasta que el presidente de por concluída la corrida pues ya la tarde no puede mejorar esta faena).

18 May, 2009 a las 7:24 pm
Capayespada
 4 

Hola, Nes. Gracias por ver tan bien las cosas desde mis palabras. No pienses, no es que yo escriba muy allá, es que tú tienes mucho arte leyendo.

Hola, Fer. Siempre ahí. Da gusto tenerte al lado una y otra vez. Y a ver si nos escribes algo para seguir aprendiendo.

Hola, Zen… Has puesto cosas tan bonitas sobre mi “faena” que hasta pareciera que soy torero… ¡Ole! Menos mal que no estuvieron en el cartel ni Tomás, ni Castella…, si no ya hubieran mejorado sobradamente el espectáculo de esta tarde.

“Mushas grasias a lot-tré”, ¡¡Vámonos!!

18 May, 2009 a las 9:19 pm

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