ROMPER MOLDES
Era un lugar agradable para trabajar, el puesto estaba bien retribuido, no requería demasiados quebraderos de cabeza y al llegar las dos, cerraba la puerta dejando dentro todas las tareas y sin llevarse ninguna preocupación a casa.
No tenía que poner su mejor cara, ni siquiera llevar un atuendo cuidado, aunque nunca había provocado al guardia de seguridad de la entrada presentándose con su chándal naranja y blanco que tanto espantaba a sus vecinos. Trabajaba a gusto y no tenía que soportar la presión de una corbata ni el agobio de una americana en verano. Bastaba con modular la voz y poner el auricular a una distancia prudente en el caso de que el interlocutor creyera que debía compensar los kilómetros de distancia con el volumen de voz.
Desde que se abrió el departamento, siempre estuvo al frente del servicio. Le seleccionaron por sorpresa. Un día recibió una nota de la Administración Central diciendo que le destinaban a la planta diecisiete, despacho catorce. No preguntó. Recogió la planta que regaba diariamente, un poto que iba creciendo y necesitando regulares podas, y la cambió de piso para ponerla en una mesa idéntica a la anterior. Allí encontró un dossier con el esquema del servicio, normativa, código y, por supuesto, el imprescindible Manual de estilo a aplicar para el buen hacer, con el que contaba cada sección de la Administración.
Cada vez se había informatizado más y algunos compañeros, que ocupaban otros despachos como el suyo, habían desaparecido. Unos se despidieron, otros, simplemente, no volvieron. Pero nadie preguntaba nunca porqué. En algún capítulo del Manual estaba contemplado que así se procediera. Tampoco suponía un problema, pues el diseño de la actividad era perfecto para evitar cualquier intromisión o relaciones personales, como el buen hacer requería.
Cada mañana, de nueve a diez, recibía la mercancía; de diez a once, salvo el ritual descanso del café, en el que no se tomaba café y se limitaba a una visita a los aseos de la planta baja, respondía a dudas, tomaba nota de pedidos y de cambios; de una a dos, desconectaban los teléfonos y asistía a la video conferencia general en la que se daba parte de lo acaecido en la jornada y añadía al catálogo las novedades y cambios que remitía la Administración.
Sonó el teléfono y automáticamente se registró el número en el listado de control.
—Buenos días. Departamento de estereotipos, dígame.
—Buenos días. Le llamo del Instituto Tutorial de la Administración para la juventud, sección 564. Mire, no sé si me han pasado con la extensión adecuada. Marqué la opción 25, porque creo que es la que más se acerca. —Siempre pasa. La gente no se molesta en aprender el uso de desviación de llamada. Se debía de tratar de una recién estrenada en el puesto. La primera complicación y opta por el 25. La mañana no se presentaba mal y podía permitirse atender un problema menor.
—No se preocupe. Dígame en qué puedo ayudarla.
— Pues verá, tengo un problema con uno de nuestros residentes. Hace unos meses pedí un estereotipo, pero no me sirvió.
Unos meses… ¡y lo dice ahora! Sí que se lo ha tomado con calma. Deberían elegir personal que se tomara más en serio su labor.
—¿Rellenó el formulario 7/1528?
—Sí, sí, claro. Incluso a los quince días tuve que pedir el anexo VII y me lo cambiaron por otro.
—Eso ¿cuándo fue? —mientras tanto comprobaba las llamadas del número en el último año.
—Espere, tengo aquí todos los albaranes de entrega. A ver… tengo el último recibo… el 3 de abril. El primero data… del 6 de diciembre. Sí, coincide con la época de nuevas admisiones. Son unos días de mucho trabajo con los nuevos residentes.
—¿En qué departamento la estaban atendiendo?
—En el 257, oficial 56. Muy simpática, por cierto.
Oficial 56. No aparecía ninguna anomalía. Cese de actividad, 4 de abril. Era raro que dejara algo sin resolver ni notificación alguna. En cualquier caso, al acabar la jornada debía haber hecho el dietario correspondiente y dejar una nota. Tampoco consta que pasara ningún parte al 60 que asumió sus funciones…
—Para cambios de productos adquiridos hay que marcar la extensión 21.
—Ya, ya. Pero el problema es que ya lo he cambiado varias veces y sigue sin valerme. La computadora dice que ésta es la extensión para anomalías importantes o defectuosas. Ya llevo diez cambios…
¡Diez cambios!… no puede ser.
—¿Tiene todas las órdenes de entrega ordenadas y firmadas por el oficial correspondiente?
—Sí, sí… por supuesto. Verá, los estereotipos, no le entra ninguno. El más amplio, tapa lo que no debe y el mínimo, deja al aire lo que debería esconder.
—Espere un momento. Voy a tomarle nota—. Diez cambios… le llevaría la hora entera de la conexión de la una. Tenía que haber un error. En la pantalla aparecían los oficiales que habían realizado los cambios. Ninguna notificación y a partir del quinto, cinco ceses de actividad al día siguiente. No era normal, no.
—A ver, señora. Vamos a empezar por el principio. En algún paso ha debido de haber una equivocación de forma.
—Eso pienso yo, porque nunca me he encontrado con un caso igual. Y he llevado muchos, no crea que es el primero. Llevo casi cuarenta años de profesión y nunca me había pasado algo así. En el Manual de instrucción de petición de estereotipos se limita el número a diez, pero nadie llega a esa cantidad… a lo sumo tres o cuatro. Lo peor es que no sé qué hacer si no sirve éste. No hay instrucciones para el décimo.
Las doce, y había que repasar diez cambios… O la interrumpía o no llegaba a tiempo a la conexión con la Administración. Al menos no era una novata en el tema. Quizá la rutina, la excesiva confianza lleva a cometer errores absurdos. Aún así, tendría que rellenar el informe 09 por triplicado.
—Bien, bien. Dígame si es correcto lo que figura en el historial. El primero fue uno estándar…
—Sí, sí, y luego el estándar mejorado y el estándar extra. Pero era imposible, no le cabía. Incluso alguno se rompió. Tenía momentos en los que no había manera… fue un problema, porque cuando rompió el extra, alguno de sus compañeros le imitaron y hubo que hacer un nuevo pedido para todos. Afortunadamente lo cambiamos a tiempo de clase.
—Probaron con el corriente y con el extravagante…
—Sí, y con el raro. Pero fue inútil. Estaba claro que el corriente no servía. Ya se lo dije al oficial…. 33, un hombre la mar de agradable aunque algo cerrado de entendederas ¿sabe usted? No servía, no. Resultaba insuficiente a todas luces. El extravagante podía haber valido, pero no tenía el perfil adecuado. Le resultaba muy incómodo y le restaba toda la naturalidad.
—Ya… Naturalidad… El sé tú mismo ante todo fue el siguiente…
—Sí, pero tenía una sisa demasiado ancha, intenté reducirla porque no tenía mucho sentido. El chico no la usaba como debe hacerse, no imponía su personalidad y no tapaba la vulnerabilidad lo suficiente como para llevarlo. También probamos con el inconformista pero se mostraba paciente con los demás e incluso pedía consejo. No quedaba nada estético. Llamaba la atención esas mangas desproporcionadas. Por eso lo cambié por el pasivo, que siempre ha dado buen resultado.
—Sí, ahora se lleva mucho, es una mejor opción y a casi todo el mundo le queda bien.
—Pues a él no. Y no por el traje, que da muy buen resultado. Es que cuando se lo puso… su mirada… no sabría decirle, decía mucho más de lo que se podía con aquello puesto, incluso parecía más intensa que sin él… Tuve que quitárselo.
—¿La mirada? — ¿lo había dicho en alto? Maldita sea. Eso era una anomalía muy grave. Todas las comunicaciones eran grabadas y solo el hecho de mencionar algo así le supondría una hora adicional de aclaraciones.
—Sí, la mirada.
—Señora…
—Sí, ya sé, ya me llamó la atención el 35. Una mujer mayor… Angelines, algo cansada, aunque de lo más comprensiva. Los estereotipos no deben tener en cuenta la mirada.
Nuevo sobresalto. No iba bien. En el Manual tercero (o ¿era el cuarto?) venía especificado. ¡Y seguía hablando!
-Me mandaron uno muy raro, el intenso, de hecho tardó bastante en llegar. Creo que solo lo habían encargado en esta ocasión… Pero tampoco. Con todo lo que era, que era muy bueno, seguía pareciendo superficial cuando se lo probó. Verá será mi último caso y quise que resultara perfecto, por eso me tomé alguna licencia. Siempre he sido muy rigurosa con las normas, pero al fin y al cabo, todo termina y pensé que dejar alguna innovación en el proceso sería un buen colofón para todos estos años y probar algo distinto. Era un caso muy difícil.
—Pero, vamos a ver… tiene que entender que…
—Creo que el problema está en los ojos… Tiene los ojos marrones, color avellana, grandes y expresivos. Lo peor es cuando se llenan de sorpresa por cosas inauditas y ¡si usted le viera como se le ilumina con una sola palabra de cariño!… Cuando no entiende, aunque dice sí con la cabeza, no lo puede disimular, cuando alguna vez ha visto la decepción o la tristeza, se inundan de lástima, hay días que sin él saber porqué se oscurecen, otros que la alegría los hace brillar. Con el corriente, resultaba más extraordinaria; con el extravagante, más sencilla; con el sé tú mismo, parecía otro; con el pasivo, resaltaba todo él… Así con todos. Esa mirada…
Tres veces. En la pantalla saltó la ventana para confirmar la notificación de alarma, pero la mujer seguía hablando y por un instante el índice se detuvo en el ratón.
—… lo hace… no se asuste, por favor, lo hace especial. Sí, especial, como asomarse a…, bueno, a algo más. Hace que una se acerque y… ¿Usted tuvo hijos? Yo no, claro, pero creo que tiene que ser algo así, ¿verdad?
El aviso seguía parpadeando.
Miradas… El guardia, el encargado del parking, sus vecinos, el cartero, la cajera de la tienda…
Situó el cursor en la opción de omitir y pulsó .
—¿Oiga?
— …
—«Todos nuestros operadores están ocupados. Permanezca a la espera. El sistema tomará nota de sus datos y le pasará con un nivel adecuado.»

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