Musa, déjame hablar del hábil varón que en su largo extravío, retoño de Zeus, Odiseo, fecundo en ardides, regresó a su patria después de haber desolado el alcázar sagrado de Troya. Háblame de sus males por rutas marinas. Cuéntame de los cuentos aqueos. Pásame los apuntes de Homero.
¿Odiseo o Ulises? Depende de la traducción se opta por uno u otro. Quienes defienden el uso de Ulises, aducen que es la adaptación latina del vocablo griego. Quienes prefieren Odiseo, aprecian lo oportuno de nombrar en griego a un mito griego. A mí me gustan los dos, y como no escribo ni en latín ni en griego, sino en español, los usaré indistintamente, algo permitido en nuestro proteico idioma; aunque estéticamente Odiseo se me antoja más paciente, más orador, más señor retirado en Ítaca, y Ulises me parece un tipo de acción, un musculado argivo sin canas que campa frente a las puertas de Ilión, aún desconocedor de los vaivenes a los que le obligará Poseidón.
Encuentro en un texto de aspecto muy erudito una explicación del nombre del héroe. Es frecuente considerar a Odiseo hijo de Laertes y Anticlea (aunque otros mitos aseguran que el padre fue Sísifo) y algunos afirman además que nació en el monte Nérito de Ítaca, en una noche de tormenta; así, el nombre de Odiseo provendría directamente del juego de palabras: Odysseus, “Zeus llovió sobre el camino”.
Otros hay que entienden que Ulises fue discípulo del centauro Quirón, el mismo que instruyera a Hércules (Heracles). Y hay hasta quien propone que nuestro héroe se fue a cazar al monte Parnaso, junto a su abuelo Autólico, y que allí un jabalí le produjo la herida cuya cicatriz, a la postre, serviría para reconocerlo en Ítaca, a la vuelta de su Odisea.
Desde el principio, me gustó Odiseo, me identifiqué con él más que con Hércules, Aquiles o cualquiera de todos esos héroes tocados con la fuerza o la invulnerabilidad. Esa idea de que destacara por su ingenio me pareció más accesible: nunca podría haber matado a un león a pellizcos, pero lo del caballo en Troya… ¿por qué no? A mi generación se le obligó a ser ingeniosa, a ser “los mejores preparados de la historia del país”. El resultado es que ha salido una generación de hastiados, porque poco de lo que nos enseñaron sirvió de algo: pero lo que aprendimos por nuestra cuenta sí sirvió de mucho, y el que salió ingenioso salió casi como Odiseo, casi Ulises.
Pero no me quiero retirar del tema, que no es nuestra odisea generacional, sino la Odisea, la de Homero. Lo primero que es de sombrerazo: la dimensión actual y anti-heroica de Odiseo, intentando pasar por loco para no ir a la guerra de Troya. Como no consigue engañar al también astuto Palamedes, se resigna a marchar a la guerra, pero se la guarda, y años más tarde se venga de Palamedes, que acaba lapidado. Con lo cual, no sólo tenemos a un héroe que destaca por su astucia, sino que además viene aliñado con su prudencia, su miedo y su ánimo de venganza. Imposible no sentirse identificado: no es que uno quiera ser como Odiseo, es que es difícil no serlo.
En Troya Odiseo no es el personaje principal, pero cuando Héctor y Aquiles caen, en ese orden, él es quien se las ingenia para robar el Paladión, imagen sagrada de Atenea sin la cual los troyanos creían que su ciudad no lograría vencer el asedio; y es Ulises, de nuevo, quien se las apaña para meter a un grupo de griegos tras las Puertas Esceas dentro de un caballo, el Caballo de Troya. Este hecho, a la postre, provocaría una famosa saga de libros de religión-ficción firmados por Juan José Benítez, pero no creo que tengamos derecho a achacarle a Ulises la responsabilidad de tal asunto.
La cuestión es que ninguno de los griegos, una vez quemada Troya, tiene buen regreso. Sus esposas son, indefectiblemente, infieles; sus patrias, mancilladas; sus herencias, malgastadas. Incluso la de Ulises lo es en alguna versión del mito. Pero nos quedamos con el Ulises de la Odisea, donde Penélope lo espera, como escrita por Serrat, y donde la cóncava y negra nave de Odiseo vaga una década por el Mediterráneo, a merced de los Hados.
Hay mucho que decir de los viajes de Ulises regresando a casa: los cícones, los lotófagos, el cíclope Polifemo, el odre de los vientos de Éolo, los Lestrígones, Circe, la bajada al Hades, las sirenas, Escila y Caribdis, las vacas del Sol, Calipso, los reacios y Nausícaa, el regreso a Ítaca y, esto nos pone muchísimo, la venganza sobre los pretendientes de Penélope.
Cada vez que te pones a hablar de Ulises, comienza una Odisea. Yo pensé que cabría todo en una tanda, pero veo que he perdido el fuelle, que debo retirarme a realizar hecatombes a los dioses, ofreciéndoles las primicias, y a encomendarme a las Musas para continuar, en una nueva jornada, camino a Ítaca.Pero sí querría decir algo mientras se mezcla el vino y la miel para las libaciones: la diferencia estriba en que hoy nos llamamos “Eh, tú”, y sin embargo estos tipos homéricos tenían los bemoles de interpelarse así: “Laertíada, retoño de Zeus, Odiseo fecundo en ardides”; probad a dirigiros con tal dignidad a un empleado municipal, veréis cuánto tardan en cascaros una multa o algo peor. Odiseo, Ulises, regresó a Ítaca. Pero, ¿y nosotros? ¿No será que hace tiempo que nos estrellamos contra los riscos en los que se apostaban a cantar las sirenas? ¿No será que comimos del Loto y hemos olvidado todo?
Pues eso, como íbamos diciendo, Ulises parte de Troya, camino a Ítaca, con doce barcos. Sin dudar su derecho a saquear lo que pillara de paso, se detiene en la isla de los cícones y en un par de horas les hace la declaración de la renta simplificada. Les salió a pagar a los cícones. Nadie discute el derecho de los de Ítaca a hacer tal cosa: los héroes de Troya volvían a sus hogares, y lo hacían como aqueos orgullosos que no habían dejado piedra sobre piedra en un lugar donde antes se alzaba una muralla legendaria y una civilización que rivalizaba por ser el faro del mundo conocido.
Pero, ay, Ulises, con los Hados hemos topado. Homero necesitaba una historia, te puso en el punto de mira de la narrativa y te eligió para protagonizar la primera novela conocida de la historia. Sobre la maravillosa polvareda de mitos y versiones, Homero ―sea esto lo que sea, un aedo ciego, una escuela de cantores o un grupo de amigos que se sientan a crear una historia― nos ofrece la Odisea, el relato que cuenta cómo Ulises volvió a Ítaca, acometiendo durante una década a las mareas y a las deidades contrarias.
Los hombres de Odiseo desembarcan en la isla de los Lotófagos. La fabulosa flor de Loto provoca en quienes la comen el olvido de su patria, de sus intenciones, de su voluntad. Un lotófago sólo querrá permanecer hasta el fin de sus días deambulando por la isla, mordisqueando loto, como un estudiante que no estudia y que pretende alargar sus gozosos días de bachiller hasta la senectud. Ulises sale por patas de la isla, obligando a los dos amigos y al heraldo que ha mandado para inspeccionar la isla, lotófagos ya, a regresar a las “cóncavas y negras naves”.
Los cíclopes sólo tienen un ojo, se gastan poco en gafas y tienen unas costumbres pastoriles que nos sorprenden. El cíclope Polifemo, vástago de Poseidón y dueño de la cueva a la que llegan Ulises y los suyos en busca de hospedaje, se dedica a la crianza de ganados; el texto es muy explícito en cuanto al orden y la pulcritud que imperaba en la alacena del monstruo: carnes separadas por días y tipo, leche y derivados… Sin embargo, cuando el rey de Ítaca solicita los favores de albergue, Polifemo descubre su verdadero talante: sencillamente toma a unos cuantos de los aqueos, les revienta los sesos contra el suelo de la cueva y se los prepara a la parrilla con delectación.
“Nadie”, responde Odiseo, “mi nombre es Nadie”, cuando Polifemo quiere saber su nombre. Outis, es el término empleado: “ningún hombre, nadie”. El hábil héroe, mañero como ninguno, emborracha al cíclope y aprovecha el sueño inevitable al que obligan los efluvios del vino para clavar una vara de olivo ardiendo en el único ojo de su enemigo, que prometía seguir devorando hombres hasta acabar con todos: Ulises el último, había sentenciado.
Los gritos de Polifemo debieron de oírse en todo el Mediterráneo. ¿Cómo brama un cíclope al que acaban de dejar sin un ojo, siendo para ellos, como es, lo mismo quedarse tuerto que quedarse ciego? Así clamaba Polifemo, en el interior de una cueva taponada con una piedra que Homero nos ha descrito como “imposible de mover ni por treinta hombres”. Cuando los cíclopes acuden en ayuda de su congénere, el pobre Polifemo responde que “Nadie le ha hecho eso”, y los otros entienden, por tanto, que es objeto de las iras de algún dios, retirándose a sus hogares.
Ulises, aún, tendrá que salir de la cueva y liberar de ella a sus compañeros, y para ello idea una nueva estratagema: se cuelgan de los vientres del ganado, de modo que cuando el cíclope saca a las reses a pastar y palpa los lomos de las bestias, a las puertas de la cueva, ellos salen de contrabando, ocultos bajo la capa de ingenio de Ulises. No acabamos de entender la prisa que Polifemo se da en volver a sus tareas pastoriles, con una turba de aqueos metidos en su cueva y él recién cegado. Pero esto es una novela, la primera, ya lo hemos dicho, y permitimos a Homero tales licencias para justificar la huida de Odiseo, que su patria espera y aún son muchas las aventuras que habrá de afrontar.
Desde la playa, con los itaqueses ya seguros en sus naos, Polifemo escucha la voz de Ulises, revelándose como tal y burlándose. Polifemo se encomienda a su padre Poseidón, el que mece la tierra, y hace caer sobre nuestro héroe una oscura maldición que provoca que cualquier imprecación gitana nos parezca un saludo entre nobles ingleses: “Haz —dirige en plegaria a Poseidón— que Ulises no retorne a su hogar; y si está decretado que un día vuelva a ver a los suyos, su buena mansión y su patria, que sea tarde, en desdicha, con muerte de todos sus hombres, sobre nave extranjera; y encuéntrese allí nuevos males”.
Y eso fue lo que pasó, lo que está pasando en este mismo instante si abrís las páginas de la Odisea; lo que pasará en el siguiente artículo.
Preparaos, pretendientes, indignos galanes, porque esto seguirá en otro artículo. Muy pronto, antes de que acabéis de mezclar el vino en cráteras ajenas.
Continua en: Odiseo- Ulises. Entre el mar y el Hades.
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[...] 05-10-2007 Odiseo – Ulises, primeros acontecimientos. [...]