LAS FOBIAS DE RADIOLOKO
«Quiero saltar, correr, jugar…
Sentir, vibrar, brincar…
Deseo disfrutar el lindo día
Y nadie me lo va a arruinar (bis)…
Disfrutaré si llueve, nieva o hace sol…
Disfrutaré la luna, las estrellas,
No tengo temor…
La vida es bella y esconde
sensaciones y dulzor…
laralararalararalará…»
Felizmente cantaba a todo pulmón, Radioloko;
un pequeño venado,
a quien pusieron este nombre, por su personalidad, alegre, extrovertida y original…
Nada lo frenaba, nada lo detenía,
Y hasta el más remoto ser de la selva se reía de sus trovas mal encajadas y alegres; incluso los leones, se divertían mucho al oírlo cantar;
tanto era así, que por nada del mundo se les ocurriría escogerlo como cena.
Era la cosa más original y alegre que había por allí…
No obstante…
-¡Quieto!… ¡Cállate!… ¡No corras, te vas a caer!
-¿Eres tonto?… ¿Eres idiota?…
-¡Eres necio e insoportable!…
-Gritaba su madre…
-¡Que pesadilla!…
-«Bebe despacio, te vas a ahogar.»
Al abrir sus ojos al mundo, curioso y loco deseaba correr sin parar; explorar, conocer, disfrutar y saborear cada pliegue de la exuberante selva que tenía enfrente.
Radioloko, el bebé ciervo, no conocía el miedo; y se enfrentaba a los peligros con una audacia y astucia difícil de comprender para los ciervos mayores .
Generalmente, las madres ciervas tenían el deber de enseñar a sus pequeños a huir de los depredadores; y a oler el peligro, sin por ello dejar de disfrutar su vida, fuera corta o larga.
Pero la madre de Radioloko, Doña Angustias, era una primeriza y asustadiza joven, que había tenido un infancia nada fácil.
Su intención era «buena», «solo deseaba preparar y proteger a su hijo de los peligros que lo acechaban»; y conseguirlo no era fácil: cuanto más le prohibía hacer algo, él más rápido lo hacía.
Se levantaba temprano, antes que nadie; y salía para sentir el aire fresco de la mañana y disfrutar de un precioso amanecer.
Su canto se escuchaba antes que el de las aves; a él le gustaba alborotarlas sacudiendo sus árboles antes de la hora; ellas enojadas lo emprendían a picotazos, y él, muerto de risa, huía mas veloz que un rayo.
A veces se escapaba en las noches para ver cómo el sol se perdía en el horizonte y cerraba hermosamente un maravilloso día; sus contrastes naranja le ponía los pelos de punta, era precioso, pensaba.
En invierno le molestaban los pesados abrigos, le gustaba sentir la bruma fresca estremeciéndole la piel…
-¡Abrígate, vas a resfriarte!…
-Otra vez, mamá cierva…
Corregirlo parecía misión imposible, su hijo no era uno más, era diferente; y debía crear nuevas estrategias para «amansarlo o corregirlo».
Ya no contenta con augurarle a cada instante una tragedia nueva, la madre y las ancianas ciervas comenzaron a contarle historias de sus tiempos, para asustarlo:
«Si no te abrigas viene el Coco, un lobo feroz, con dientes largos y uñas fuertes; vendrá a despellejarte para hacerse un abrigo… Así le pasó a tu abuelo hace mucho tiempo…»
«Si sales de noche, vendrá al asecho, te robará y te llevará para ser su cena o su esclavo.»
Cada día, cada noche, le repetían historias horribles, para evitar que se comportara diferente a los demás.
Eran historias interminables de trágicos ciervos, que intentaban la historia cambiar…
Si se acercaba al lago a beber agua fuera de la hora indicada, un grito estridente lo aturdía:
-¡Cuidado, te vas a ahogar!… ¡Eres tonto!… ¡Eres bruto!… ¡No te saldrán cuernos!…
Al comienzo ignoraba todo, pero poco a poco las palabras de los mayores parecían negras predicciones, que terminaban por cumplirse: fue temiéndole a todo incluso a su propia sombra; se sentía perseguido, estresado y asustado…
En las mañanas de lluvia temía resfriarse o resbalar y quebrarse un hueso…
En las tardes de sol se escondía por temor a un cáncer de piel…
Tenía fuertes pesadillas; y despertaba cada noche llorando y sudando.
El magnífico mundo que conoció al nacer se había transformado; ahora el mundo era un lugar traicionero e inseguro; ni siquiera estando al lado de su madre encontraba tranquilidad.
Era el ciervo más cobarde que había nacido en esta sabana.
«No quiero salir, déjame descansar…
Pues en la esquina un peligro me podrá alcanzar…
Le temo al aire que cruje fuerte…
Le temo al mundo, no soy valiente…
Le temo a todo, duermo despierto…
Si está de día, me atacan todos, y si de noche, me sigue el Lobo…
No como ni bebo pues me intoxico…
Si huelo las flores me irrito el hocico…
Si troto o corro, me parto un hueso…
Mejor me quedo, no corro el riesgo…»
Y SU MADRE SE PREGUNTABA:
-¿A QUIÉN HABRÁ SALIDO TAN COBARDE? CON LO VALIENTE QUE ERA SU PAPÁ.




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