LA CIUDAD ABANDONADA
Nadie sonríe hoy en la ciudad. La gente se esconde, como si la falta de trabajo fuese una peste que anduviese infectando el aire. Las calles se vacían, dando una sensación de abandono. Y es verdad: todos han huido, han huido a refugiarse en sus estrechos departamentos, en los hacinados bloques de obreros construidos por el Estado hace más de cuatro décadas.
Jikuri, un niño de 11 años, vive en uno de estos pisos junto a su madre. Es un día sábado y está solo, mientras ella (mujer afortunada) trabaja en una de las pocas fábricas pesqueras que todavía funciona.
El niño se entretiene viendo televisión o mirando a través de la ventana que da hacia un sitio baldío. Ahí se iba a construir otro edificio gris donde amontonar a los trabajadores junto a sus familias. Sin embargo, la falta de financiamiento abortó el plan y sólo quedaron de recuerdo unos cuantos cerros de arena y escombros que una retro excavadora había alcanzado a mover.
Jikuri ve su ventana como si fuese la pantalla de un cine. Todos los días, las mejores historias se pueden ver desde ahí. Especialmente le gusta ver a los motoristas de la policía. Continuamente, hacen rondas en sus motos «enduro» atrapando delincuentes que escapan hacia el sitio abandonado. El niño se emociona pensando que él un día podría estar enfundado en ese traje acorazado arriba de una poderosa y rugiente máquina, atrapando a los maleantes.
Hoy le ha tocado ver una muy buena persecución: dos tipos jóvenes estaban aspirando de una bolsa algún tipo de diluyente. Tres polis en sus motos los acorralan, pero uno de ellos alcanza a huir a uno de los edificios vecinos. Un motorista lo sigue y Jikuri sale a la puerta de su departamento para no perderse detalle. El resto de los vecinos hace lo mismo.
En el edificio del frente, el perseguido sube apresuradamente las escaleras, mientras el poli, como un acróbata de circo, sube en su moto cada escalón como si fuera una superficie lisa. Finalmente, el tipo que huía se ve atrapado y el policía lo agarra tumbándolo con una llave en el brazo y aplastándolo con su rodilla. Jikuri tiene ganas de aplaudir: es lo mejor que ha visto en mucho tiempo; decididamente un día él será un motorista y volará de edificio en edificio atrapando delincuentes.
La acción termina y los vecinos vuelven a esconderse en sus departamentos. Jikuri, todavía emocionado, es el último en entrar.
Cuando llegue su madre, él le contará la historia completa y un poco adornada. «Le indiqué a la policía dónde había huido», diría, mientras ella, exhausta después de 10 horas de limpiar y hacer filetes de pescado, trataría de sonreír y cocinar algo para la cena.
El resto de la tarde, el niño ve televisión. Siempre es lo mismo: dibujos japoneses y las series del canal Disney.
Pasa el día y afuera comienza a oscurecer. Las pocas personas que han salido de los departamentos, comienzan a regresar. Junto con ellos llega la madre de Jikuri. Sólo el ladrido de unos cuantos perros vagos, interrumpe el silencio.
Ambos se abrazan y Jikuri comienza su historia. La madre finge interés, mientras bebe un vaso de agua de la cañería; está muy cansada. Apaga la tele, pues quiere un momento de silencio. Lo único que aguanta es la voz de su hijo que termina diciendo que él va a ser policía motorizado y que va a tener una pistola para dispararles a los malhechores.
La madre empieza a cocinar, mientras su hijo vuelve a prender el televisor. Las noticias comienzan y al parecer todo va bien en el país. «Como nunca, hemos resistido los embates de la crisis y podemos ser optimistas respecto del futuro.»
La mujer sirve la cena y como casi siempre, el único que habla es el niño.
Ya es de noche y en el bloque de departamentos, en sus refugios, la gente en silencio se prepara para dormir. Prefieren no pensar y cobijarse en sus camas. Pronto, la ciudad solitaria ya no respira. Nadie, salvo un niño con su madre, ha sonreído hoy día.
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