9 Frimario, LXXVII, día del enebro
A pesar de que los motivos no son demasiados para alegrarme, su carta ha suavizado un poco las aristas del día. No tengo demasiado tiempo ni fuerzas para escribirle. Mi enfermedad no mengua… parece haberse establecido en un punto muerto, como si se negase a abandonarme o a acabar conmigo: constante dolor en el pecho, tos seca, apenas hay flema, fiebre durante las mañanas que se va levantando para reiniciarse el día siguiente…
Es normal, supongo ya que no me he cuidado lo suficiente, y por si fuera poco… ¡Y ese condenado árbol!
(Viene de La casa de la Sierra de Amboto, 4ª parte.)
Tendré que talarlo… he tomado la decisión esta misma mañana cuando se empezaron a caer los primeros tabiques de la pared. No entiendo lo que sucede, en la última semana una rama entera se ha recargado sobre la casa como si la estuviese intentando sujetar. Es sencillamente increíble… El tiempo que se ha tomado en crecer y en aferrarse al muro es absolutamente imposible, la manera en que ha ido adaptando a toda la superficie del muro –como si se estuviese preparando para empujarlo… Y aún así tengo que dudar, no estoy seguro, nunca me fijé bien del todo, no sé si acaso mi ingenuidad me haya hecho pasar por alto semejante peligro y ni siquiera me haya percatado de alguna clase de señal que indicara lo que estaba a punto de suceder. No estoy seguro de la longitud original de las ramas en el momento en que llegué, ni siquiera puedo asegurar que en el momento en que me di cuenta de que algunas de ellas tocaban el techo algo semejante fuera a suceder, sólo sé que a fuerza de crecer alrededor de la fachada del jardín la madera ya ha hecho un pequeño agujero en la pared.
Los tabiques se caen al suelo como si los estuviesen removiendo poco a poco, imperceptiblemente, caen y la argamasa se queda pegada, inútil, hueca, dejando que se cuele por la noche un viento helado que por la mañana hay escarcha y hielo en toda la cocina…
Y por si fuera poco dicen por aquí que las lluvias se acercan… no entiendo cómo es que lo saben, pero Perutxo no para de repetirlo, insinuando que me vaya con él al pueblo… ¡Ese canalla lo único que quiere es ocupar una habitación que tiene disponible! Pero aún así la lluvia no deja de preocuparme… parece cierto que lloverá… y lloverá a cántaros.
Es una verdadera pena lo del árbol. Si fuese más joven y lozano me subiría en él y talaría únicamente la rama que ocasiona el desaguisado, pero… mucho es ya el poder, hacha en mano, enfrentarme a ese grueso tronco negro. ¡Mil años! ¡Mil años que esta semana se irán al suelo!… siento una amarga sensación de estar a punto de cometer un crimen.
Lo que me cuenta de Madrid me lo esperaba. Prusia y Francia lucharán hasta no dejar más que un cráter de uno u otro lado del río Rin, es así y así lo ha sido siempre. Sin embargo…
No tengo fuerzas ni para parlotear de política. Sólo diré, ya que mi boca nunca será lo demasiado pequeña para decirlo, ni mi mano lo suficientemente débil como para no escribirlo, que los afrancesados que apoyaron a Bonaparte no tenían nada que ver con la revolución. Bonaparte acabó con la revolución, y fue justamente la revolución la que acabó con Bonaparte en España, encarnada en esa Gloriosa Institución de las Cortes de Cádiz… pero en fin, no sigamos por ahí…
Espero que disculpe este billete tan simple y tosco, el día se me presenta largo y fatigoso.
Y por favor, Martina, no me obligue, por más que se lo pida el decoro y la buena etiqueta de los tratamientos, no me obligue a llamarle Señora de Voltes que moriría en un segundo toda la confianza que tengo en usted. Resérveme a mi ese capricho, considérelo si quiere una excentricidad… no me obligue a escribirle a su marido una carta airada que provoque un escándalo… ¿Quiere? ¡Considérelo una amenaza!
Sin más por el momento, me despido… el hacha me espera recargada en la pared y mis ánimos ausentes tienen que rehacerse para este trabajo tan triste y engorroso.
D. Rodolfo Putz
(Continúa en La casa de la Sierra de Amboto, 6ª parte.)




[...] (Continúa en La casa de la Sierra de Amboto, 5ª parte.) [...]
[...] (Viene de La casa de la Sierra de Amboto, 5ª parte.) [...]