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LA CASA DE LA SIERRA DE AMBOTO, 4ª PARTE

   Publicado por: Alejandro Vazquez Ortiz en Relatos y Cuentos

28 Brumario LXXVII, día del Membrillo

Querida Martina,

ha pasado más de un mes desde la última vez que le escribí y temo haberle hecho pasar un mal rato con mi última misiva. Quise inmediatamente escribirle alguna otra que la tranquilizara, decirle que no había nada de qué preocuparse, pero su silencio me tenía consternado. He recibido hace un par de días su carta y he estado meditando su propuesta.

Debo decir, con una rotundidad que después matizaré, que no. Que me niego a regresar.

(Viene de La casa de la Sierra de Amboto, 3ª parte.)

No crea que mi negativa se debe por alguna clase de romántico empeño en vivir en estos parajes bucólicos, siniestros y algo inhóspitos. Ni mucho menos. Lo que me parece absolutamente imposible es volver a Barcelona –y a cualquier ciudad. Mi ánimo ya no puede soportar vivir en esos lugares, infectos y corrompidos por las costumbres más idiotas y ridículas. Siempre, y usted bien lo sabe, he tenido que vivir escondido, orillado a las tumbas y mausoleos que parecen todas las bibliotecas, salas de estudio y museos… cubiertos de las telarañas y la gloria decrépita de un régimen que no soporto. Ahí se me han ido los mejores días de mi vida, los más lozanos, respirando el polvo de las bibliotecas, mendigando con gracias e ingenios a algunos charlatanes de alcurnia y diletantes insoportables –que usted bien que los conoce- para poder ir tirando y malviviendo de mendrugos y sopas de ajo por quién sabe qué propósito, ni hasta quién sabe cuando. Alquilando esas habitaciones tristes, grises, con alguna ventanita que da algún muro de una fábrica de papel como toda bendición de luz y de aire, y en esas noches… en esas noches, ¡en esas tristes noches! ¿Recuerda lo que le dije del miedo cuando el árbol se abrazó a esta casa? Pues ese miedo se queda corto ante el horror que paso yo en Barcelona… No, no es ningún fantasma ni ningún ruido. Es ese lóbrego silencio que se rompe sólo con alguna tos de algún vecino tísico, el llanto de un niño desnutrido… ¡eso es el vivo terror! La viva rotura de la carne y de los sueños en la oscuridad, sujetándome a las sábanas, con los ojos abiertos mirando en silencio a la oscuridad… Siento que me sofoco entonces, siento que me quiebro, que me voy muriendo, que todos los naturalistas, filósofos que leo, no son nada… polvo, basura: ¡basura tiene que ser si de ellos se alimentan los cerdos! Siento que un fantasma me va matando, que hay algo en mí que no soy yo…

Usted fue siempre un bálsamo en aquella sensación. Llegó usted como alumna, pero su curiosidad, su vívida gana de saber, de conocer, de penetrar en todo lo que yo podía enseñarle me devolvió un poco de vida preparándome para mis tutorías, investigando, volando de libro a libro, de códice a códice, como un colibrí alborotado libando néctares y mieles, sólo para complacerla y complacerme a mí al darme cuenta que todo aquello que tenía servía para algo y para alguien. Era una sensación maravillosa… pero efímera. Usted se ha casado con un hombre de bien como lo manda su buena cuna y los deberes de una esposa son siempre incompatibles con las tutorías de ciencias, ¿no es así?

Lamento mucho que esto suene a reproche… disculpe la amargura de mis palabras, pero es así como me siento cuando pienso en Barcelona. Acá la vida se me torna más palpable: hago la comida, corto la leña que ocupo para mis días y el próximo invierno, siento la fría luz de la mañana que entra por esa ventana y se derrama tímidamente sobre mi escritorio… incluso esta misma mañana he salido a ver si los castaños ya me regalaban algunos frutos…

Sinceramente… he llegado a odiar los estudios, los libros, las traducciones, a Teofrasto y a toda la pandilla de peripatéticos… y si prosigo con esto es sólo porque soy demasiado viejo y torpe como para aprender otro oficio. Los libros no me han dado nada bueno… Imagínese, leyendo todos mis largos 49 años a Dante, a Virgilio, a Marco Aurelio o a Aristóteles, jamás he sentido que hablaba con ellos. Tenía sus palabras… algunas las sigo teniendo, encuadernadas, ahí, fijas, estáticas, inmóviles, puedo acercarme a ellas y siempre están dispuestas a hablarme… pero yo nunca he hablado con ellos. Me siento tan solo… ni los fantasmas me hablan. Si se piensa bien para eso sirven los libros ¿no es cierto?, para hablar con los muertos –y los vivos que se van muriéndose mientras hablan-… ¿por qué no le dice esto a sus amigos de la tertulia de espiritistas?

En resumen, doña Martina, por no proseguir con tanto disparate y dar salida al asunto de mi regreso: no volveré nunca a Barcelona ni a ninguna ciudad y eso es una decisión inamovible.

 

Cada vez estamos más cerca del invierno y Perutxo –así se llama el insigne caballero que me sube la correspondencia y algunos enceres del pueblo de vez en vez, el nombre le viene porque es un enano que parece crecer a lo ancho: un hombrecillo malencarado que podría cargar una lacha en cada brazo- lleva a sus cabras a pastar cada vez más abajo. Esta semana sólo ha venido una vez y empiezo a quedarme sin provisiones. Creo que le haré un encargo de conservas para pertrecharme para la estación.

Mi salud no es tan resistente como antes, ni regenera de igual modo. Aún tengo la gripe que cogí hace ya un mes en aquel experimento con la mandrágora… el descanso no es suficiente, no puedo dejar pendiente ninguno de mis trabajos, tanto los manuales como mis traducciones –ahora trabajo en el de desquiciante griego de Diógenes Laercio-, ya que no me puedo dar el lujo de descuidar mis necesidades. Ya tendré tiempo para descansar entre el barro y la nieve dentro de un mes.

Quiero pensar que la soledad es saludable a veces, sobre todo si se administra adecuadamente en lugares tonificantes como Amboto. Aún así reconozco que su carta me es insuficiente… sé que sus nuevas labores le ocuparán gran parte del día, pero si fuera usted… si pudiese escribirme más a menudo, aunque sean sólo un par de líneas, noticias, resúmenes de noticias… ¡monosílabos!… lo agradecería sinceramente.

 Dómine Rodolfo Putz

 

P. D. Dos días después

El muy canalla de Perutxo no ha subido sino hasta ahora y, ¡figúrese!, ahora me pide una peseta a la semana para subir hasta acá. Miserable. ¡Una peseta! Le voy a dar un real y mal empleado lo tengo… y si no se está a gusto también le extiendo un puntapié entre nalga y nalga y a rodar con sus cabras al desfiladero.

Y encima, por si fuera poco… mire usted por donde que el dichoso arbolito del jardín está levantando el tejado, quebrando las tejas y haciéndome un lío de goteras que no sé que hacer para remediarlo sin tener que recurrir al hacha…

En fin, esperemos que haya mejores noticias… Por favor, cuénteme un poco de Madrid, ¿sigue el General Prim buscando rey en Prusia?

Por cierto, me avergüenza pedírselo, pero si pudiese adelantarme cinco pesetas como honorarios por la publicación de la traducción de Paracelso me haría un inestimable favor… pagaría todos las provisiones para el invierno y por lo menos me encontraría más tranquilo sabiendo que tengo qué comer durante la parte dura de la estación.

R. P.

(Continúa en La casa de la Sierra de Amboto, 5ª parte.)

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Esta entrada fue creada el Monday, February 8th, 2010 a las 12:05 pm y está archivada bajo la Categoría Relatos y Cuentos. Puedes seguir las respuestas con el feed RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback desde tu propio site.


2 comentarios hasta ahora

zahira
 1 

Tan magistral como los anteriores.
Entre los dos miedos… no sé cuál me aterraría más a mí. Objetivamente el segundo, el de Barcelona. Pero subjetivamente el primero (cuando mi hijo pequeñito mira a un punto fijo y simula que hay un monstruo, durante una fracción de segundo me quedo helada: ¿y si fuera verdad y él lo está viendo?) Por eso me encanta el ambiente de esta serie.
Gracias por compartirla.

9 February, 2010 a las 2:46 pm
Eredine
 2 

Me encanta la voz del personaje. Has sabido dotarle de una individualidad psicológica.

20 May, 2010 a las 12:42 pm

2 Trackbacks/Pings

  1. LA CASA DE LA SIERRA DE AMBOTO, 3ª PARTE: La venganza de la mandrágora - respuesta, sierra, casa, carta, Amboto, alegria - El baúl de tus escritos    Feb 08 2010 / 12pm:

    [...]  (Continúa en La casa de la Sierra de Amboto, 4ª parte.) [...]

  2. LA CASA DE LA SIERRA DE AMBOTO, 5ª PARTE - sierra, casa, Amboto - El baúl de tus escritos    Mar 08 2010 / 1pm:

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