22 Vendimario, LXXVII
Confío en que perdonará en mi persona el hecho de escribirle una tercera carta aún siquiera sin haber recibido respuesta a las dos primeras (supongo que las respuestas tienen que estar al caer… toda mi alegría se abraza a tal posibilidad). Mis investigaciones me llevan por derroteros desconocidos y el temor me hace nudos en la garganta… nudos en la lengua, en los dedos, en el entendimiento…
(Viene de La casa de la sierra de Amboto, 2ª parte.)
No quiero creer… pero si tuviera alguna opinión para mí, si alguna instrucción pudiera usted darme sobre las cosas que vi, quizá pudiera yo confirmar que no me vuelvo loco como ahora mismo lo creo…
Pero… ¡las visiones que he tenido…!
Si tan sólo su Altísimo me arrebatara de la memoria esa sensación de frío que todavía cala en los huesos. Mis salud física está tocada, querida, escribo con fiebres y a ratos paro porque el cuerpo me lo pide, estoy agotado…
Pero no es del frío del invierno del que hablo. La estación todavía no ha llegado del todo. El cierzo es más duro al atardecer y las noches son cada vez más frías, como es natural, pero aún no se acaba de ir el otoño. El frío me llegó por otra parte… He estado… (tachado – ilegible)
Usted comprenderá que mis métodos de observación llegan a un punto bastante limitado. Mis metodologías, tal y como usted pudo comprobar en Barcelona, son poco ortodoxas, siempre he sido un hombre mucho más teorético que… que experimentador ni pragmático. Jamás he tenido acceso continuado a un laboratorio… Mis conocimientos sobre instrumental –y aún mi capacidad para conseguirlo- no me permiten realizar estudios de farmacopea tradicionales. Con las herramientas que dispongo por aquí puedo macerar y –si no se es demasiado estricto- pesar de manera adecuada los gramos y poco más. Como mi mayor éxito en estas últimas tres semanas he conseguido hacer un brebaje con cicuta que mezclado con vino y agua adormece a los gorriones… para cenar, ¿comprende?
Hace un par de días estaba desesperado, el aburrimiento que se cuece entre los latinajos de Paracelso es indescriptible, mi botánica está siempre por comenzar… ya lo sabe, necesito el dinero de la traducción. Desconozco, y aún mi ánimo no se atreve a formular la oración, de sí todo esto ha sido una buena idea… La traducción, a pesar de todo, –que era lo que me tenía ocupado más tiempo- está a punto de terminarse (¿la publicará como los otros trabajos? Agradecería mucho su interés si así fuera), y mis provisiones de comida parecen tener buena cara conforme se acerca el invierno. Algunos quesos en aceite, bacalao en sal, ajos, cebollas, patatas… En resumen: mi desocupación me tenía un poco aburrido, catalogando hierbitas y cortando un poco de leña –intentando aprovisionarme todo lo posible. Pero es natural que esta clase de vida no era exactamente mi ideal de conocimiento teorético total que pensaba buscar en estas tierras…
Quiero excusarme sobre lo que estoy a punto de contarle… se enfadará, yo sé que lo hará. Conozco su maternal cariño por mí y sé que me reprenderá con alguna amonestación correcta, sabia y comedida en todo punto tal y como corresponde a un amigo, pero no tenía otro remedio y tuve que hacerlo. Todas las buenas farmacopeas pasan por la autoexperimentación y la mía no iba a ser una excepción ¿cómo hablar sobre la naturaleza de las hierbas sobre los cuerpos si uno sólo puede experimentar la sensación de su propio cuerpo? La razón de mi turbación, de mis visiones, de ese macabro espectáculo que se cebó frente a mis ojos poniendo en peligro mi cordura mental fue… fue la hierba más peligrosa, su savia más recóndita, su poder alucinante se encuentra ya en el fondo de mí, laboriosa, destruyéndome quizá sin que yo lo note mientras escribo: la mandrágora.
Sí. Pude traer una raíz entera de la planta de contrabando de mi último viaje a Marruecos, un sirio me la vendió y me dijo que había sido extraída conforme lo manda el ritual: ya sabe, horadar la tierra, amarrar la raíz a la cola de un perro negro y propinarle latigazos hasta que tire de la raíz y la saque a la superficie. Dicen que cuando arrancas una mandrágora se le puede escuchar gritar, como los jacintos rojos que lloran la sangre de Ayante Telamonio o los árboles de Quíos que lloran al crepúsculo… No sé por qué, pero siempre que veo un árbol, me estremezco…
Pero al mismo tiempo sé que todas esas historias no son más que tonterías populares… Un mero ejercicio de poesía popular que… (tachado)… pero lo que ví, las cosas que aparecieron ante mí no fueron hechas para los ojos de los hombres libres y de buena voluntad…
En un principio mi intención no era, ni mucho menos, ingerir la raíz –no pensaba desperdiciarla de ese modo. Haciendo gala de mi credulidad, pretendí, siguiendo algunas instrucciones de libros que usted desconoce que poseo, hacer un homúnculus, uno de esos pequeños hombrecillos artificiales que vuelven a la vida… según mis lecturas, algunos nigromantes de Rumania y judíos alemanes lo han conseguido antes. ¡Suponía que no me vendría mal un poco de ayuda en la casa y un poco de compañía!
Soy un iluso: sobra decir que el experimento fue un fracaso, ni escuché ni siquiera un suspiro de la planta.
Y ante semejante intento fallido, no me quedó otro remedio –para aprovechar la planta- que macerar uno de los brazos… -¿brazos? Ya debe de saber usted que la raíz de la mandrágora tiene la forma de un hombre diminuto- e ingerirla para conocer sus consecuencias. Conocía algunas descripciones de sus efectos, a medio camino entre la alucinación y el adormecimiento, algunas leyendas sobre que propicia la locura en las mentes débiles y puede causar terribles sufrimientos. Paracelso cita el caso de Li-Tai-Pe, poeta y naturalista de la dinastía T’ang que ingirió el narcótico y se ahogó cuando se bajó de la barca donde navegaba porque quería abrazar el reflejo de la luna. ¿Curioso, no es así?
Semejantes demencias jamás me ocurrirían a mí… o por lo menos de ello estaba seguro en el momento en que después de machacarla en el mortero empezó a desprender un curioso olorcillo a clavo.
Gracias a Dios tomé precauciones antes de abandonar mi lucidez, quería estar seguro de que nada extraño ocurriría. Alejé de mí todo peligro potencial (apagué el fuego, escondí el hacha de cocina e incluso eché el cerrojo en la puerta para no poder salir al jardín en alguna clase de frenesí –lo que me preocupaba, naturalmente, era el desfiladero) y maceré cuidadosamente la raicilla con mucho cuidado, mojándola ocasionalmente con un poco de vino. El proceso –hasta que hube de destruir todos los bulbos y nudillos- tomó su tiempo…
Finalmente el sabor amargo se paladeó en la boca durante unos minutos, me quedé sentado en el taburete del salón, mirando a la pared, creyendo que el efecto era escaso o nulo debido a la poca cantidad. De hecho, estaba apunto de levantarme para triturar un poco más, cuando en el justo momento de incorporarme para ir a recuperar el mortero, de súbito, sin ningún previo aviso, dejé de controlar mi cuerpo. Desconozco la comparación sobre la que habría de volcar la descripción… jamás me había sentido de esa forma ni siquiera con el opio o con el alcohol. Era como si alguna clase poder se apropiase de mi cuerpo, sumergiéndole en una oscura torpeza, en una ineptitud para todo movimientos, mientras dejaba mi conciencia intacta -al menos de momento-, percibiendo en el fondo de los ojos, desconectado del control de todos mis miembros, como una voz encarcelada en una tumba corpórea. Las tareas las realizaba con suma lentitud, y aunque mis sentidos me obligan a pensar que únicamente pasaron sólo unos minutos en aquel trance, la sensación… la sensación era como si hubiese estado ahí en un sueño ilimitado, reuniendo todas mis energías psíquicas para conseguir mover una silla, un matraz, una cortina.
Mi cuerpo comenzó a moverse, a reconocerse en sus propios mecanismos, a pesar de que yo no lo consideraba una buena idea se movía como sintiéndose… y después todo comenzó a torcerse. Estuve sumergido durante toda la alucinación en una especie de estado intermedio entre la inconciencia y el sueño: esa región gris que a veces asalta cuando estamos demasiado cansados y no podemos dormir. Quiero decir, que nunca tuve la conciencia de estar soñando, de contemplarme a mí mismo en la proyección inofensiva de una pesadilla: en toda la visión, estaba seguro, yo era yo, y como sujeto podía sentir y pensar.
Tras recuperarme momentáneamente de esa nueva y extrañísima percepción en la que me movía, lo primero de lo que me percaté fue de la repentina oscuridad que tapiaba las ventanas. Aquello no era la noche, estaba claro aún sin asomarse a la ventana… aquella negrura desconocía las estrellas, el fulgor de la luna, ni siquiera se veían los reflejos de Arrazola, cuyas luces tendrían que verse en la capa de nubes si fuera una noche cerrada. Pero no… la negrura era tan espesa que no me habría sorprendido de haber encontrado algún grueso paño holandés tapándome todas las ventanas. Y de pronto… relámpagos… rayos. No se escuchaban truenos, de hecho creo recordar que no se escuchaba nada. Ni el ruido de la silla, ni el crujir del suelo bajo mis pasos, ni aún los golpes que daba al vidrio para espantar a los (tachado )… a las figuras que estaban junto al árbol.
Frente a mi ventana había una hoguera, una helada hoguera blanca y monumental que parecía extender el frío y la noche de una manera extraña proyectando sombras y raras siluetas a todos los alrededores: aquella hoguera no era de luz, sino de tinieblas. Al fondo, después del acantilado intolerantemente vacío de luces y destellos: únicamente poblados de rayos rasgaban el cielo, suspendiendo sus dedos torcidos de luz, por instantes, el tiempos suficiente como para iluminar con una impávida incandescencia nívea tanto o más vacía que la propia tiniebla. No sabía que hacían aquellas figuras alrededor de aquella hoguera, pero su cercanía al árbol me preocupaba: allá en el fondo de mi letargo el miedo me asaltó… las llamas parecían rozar las puntas de los retoños y parecía que en cualquier momento el fuego, fácilmente, podría devorar la madera y de ahí pasar a la casa. Pero nadie escuchaba mis advertencias. Procuré gritar, pero mi garganta no produjo sonido alguno. Sin más conciencia que ocuparme de la seguridad de mi propiedad, abrí la ventana y salí al jardín gesticulando con las manos para atraer la atención de los seres que se apiñaban en torno a la luz…
He dicho seres y la palabra tiembla en la punta de mi pluma… no sé exactamente que eran aquellas sombras, si les pongo ese nombre es porque me resulta imposible suponer que eran hombres… O si lo eran tenían sus atributos muy bien disimulados en máscaras y disfraces horripilantes. Cuando el primero se giró para verme, el limitado control sobre mi cuerpo se esfumó para no volver más ni siquiera mermado por la torpeza y la lentitud: aquella bestia tenía una máscara de un puerco deforme y peludo… posiblemente era alguna cabeza de jabalí. No necesité demasiada reflexión para saber que aquello había sido un error: cuando el corro de siluetas se fue, poco a poco, abriendo para que viese lo que había en el centro… mi horror se convirtió en pánico.
Detrás de la hoguera, justo antes de que el desfiladero sumiera todo en la vacía oscuridad, había un macho cabrío presidiendo un trono de oro que se alzaba un metro entero por encima de su cabeza con cinco cuernos espantosos coronando su frente. En la silla, suntuosa, engarzada de rubíes, amatistas, zafiros –todos jugando con las luces del fuego, brillando con poder-, esta esa figura contrahecha a medio camino entre el hombre y la cabra… A pesar de su vaga forma antropomorfa, no podía asegurar si fuese un disfraz. A su derecha había una dama de apariencia distinguida, ataviada con la exquisitez de una Reina, aunque su atuendo, a la vez que regio y rico en detalles propios del recato de las personas reales, tenía el extraño e impúdico propósito de exhibir todos sus genitales. A su alrededor, en aquella piña impresentable había viejas, perros, decrépitos ancianos de voces ininteligibles, sacamantecas sosteniendo sacos deshilachados, monstruos a medio camino entre el reptil y el gallo, adefesios absolutamente indescriptibles… y todos sentados alrededor de aquellas llamas devoraban alimañas y animales inmundos que ningún cristiano osaría comer: gusanos, murciélagos, ratas, excrementos y alimentos corrompidos y putrefactos…
El grupo al abrirse ante mis horrorizados ojos pareció alegrarse como si encontraran a un viejo compañero de sus orgías y sus festivales… En vez de atacarme, cosa que sinceramente esperaba, me instaron a entrar: algunos burros me acorralaron por detrás y se me suplicó encarecidamente que pasase a brindar los respetos a Satanás.
Lo que más me sorprendía era que mi cuerpo navegaba a la deriva, ajeno a todo control: me tumbé sobre el césped frío y oloroso del jardín y avancé hacia la hoguera arrastrándome como un gusano entre el lodo, serpenteando como una sabandija mientras todo el círculo de inmunditas reía de mis gracias y salutaciones… hasta llegar a las pezuñas renegridas del animal, sin que yo pudiese hacer nada por impedirlo. Ahí se me obligó a besarle en el (tachado ) y rendirle pleitesía y sumisión. Estaba horrorizado por ver como mi cuerpo cedía con promiscua facilidad y parecía incluso disfrutar de dejarse llevar en aquel ritual.
Me senté a su izquierda y los comensales comenzaron a tertuliar sobre cosas espantosas que prefiero no relatar aquí. Baste con decir que iban contando, uno a uno, todas las tropelías, desaguisados, crímenes y asesinatos que habían cometido a lo largo ¡de una semana! ¡Infanticidios, coprofagía, canibalismo, envenenamiento de cosechas! Todos tomaban la palabra cuando se lo indicaba, con un gesto señorial, el Gran Cabrón sentado en su suntuoso trono de lujo y sacrilegio.
Después los diablos y brujas, tomados de la mano, rodearon el árbol y formando un círculo se pusieron a bailar de forma indecente y lúbrica. Al compás de los pies que comienzan a pisotear el carbón ardiendo, se escuchó una música violenta que insufrible se mezclaba con risas, chillidos y el sonoro masticar y regurgitar de los participantes. Corrían hacia delante y hacia atrás de tal manera que la circunferencia parecía abrir y cerrarse, palpitar bajo la danza del fuego, mientras algunas mujeres desnudas se fregaban sobre la piel ungüentos olorosos que, como después pude ver, les ayudaban a volar. Finalmente, señora mía, aquella siniestra reunión terminó con una orgía de desenfreno y de pecado cuya sola descripción, aún con los loables propósitos de la mera comunicación y la constancia de un delirio tan macabro, me parece suficiente para condenar mi alma por siempre. Sólo diré que las empalaciones de bestias y brujas, así como la utilización de olisbos marmóreos de tamaños inimaginables eran de común uso. Jamás había visto semejante violación de todos los principios de la naturaleza, mi alma se estremecía al ver el espectáculo de grandes y aparatosas máquinas de carne que parecía que no querían dejar ninguna posible ley de natura sin haberla infringido y denigrado…
En cuanto a mí, observándolo todo a la izquierda de Satán, horrorizado pero incapacitado para marcharme de ahí, torcer la vista o siquiera cerrar los ojos, alguna clase de contaminación del frenesí pudo llegar hasta mí ya que (tachado – ilegible) … los sesos que parecían manar un líquido… (tachado)… y el fuego tocando mis pies me hizo elevarme mientras mi … (tachado todo el resto del párrafo)
Finalmente quedé exhausto tumbado junto a la hoguera, sintiendo el barro y hierba helados bajo la sombra del árbol invadiendo todo mi cuerpo desnudo, mientras las brujas bailaban brillando en la noche negra a dos metros del suelo mientras una gran comitiva seguía a aquella Negra Cabra, hacia la cima de Amboto entonando cantos densos como la tiniebla circundante.
¡Si tan sólo hubiese despertado entonces! Si hubiese despertado en el salón de casa, adormilado sobre la mesa o caído de bruces sobre el suelo… entonces sería bastante sencillo achacarlo a una simple vívida ensoñación, una de esas pesadillas que pasan a formar parte de uno pero que uno puede dominar mediante el saludable recuerdo de que tan sólo se trataba de un sueño… un vulgar sueño que se salió de control. Pero nada de eso sucedió… más bien fue al contrario, ante la contemplación desnuda de las ramas de aquél roble, sórdido, retorcido, confundiéndose con el vacío infinito que coronaba el cielo como un abismo, creo haberme quedado dormido.
Y únicamente después de un breve sentido de perdía de conciencia, abrí los ojos en una fría mañana nublada, empapado bajo el cuajo grueso y palpable de un rocío congelado sobre mi piel desnuda. Tenía tanto frío que no me sorprendí de encontrar algo de escarcha en mis axilas y rodillas… temblaba incontrolablemente, tanto por el frío como por la sensación de terror incomprensible, una especie de asco moral, una viva suciedad en lo hondo del alma. Durante un breve momento, la forma de garra lívida, de mano milenaria intentando rasgar el firmamento con sus dedos del roble nudoso y renegrido se me figuraron cuernos de cabras. Al levantarme, sujetándome los brazos como si se me fueran a caer, tropecé varias veces y sólo a tientas pude acercarme a casa donde mis temblores me imposibilitaron encender el fuego. Simplemente me abrigué con la ropa de dormir y me metí en la cama, intentando buscar dentro de mí alguna forma de calor corporal que me aliviara.
Acabo despertar hace una hora y la noche está cerrada… Es un alivio ver la luna. Creo que he cogido alguna clase de resfriado. La fiebre no es muy severa, pero mi cuerpo parece molido a palos… y mi cabeza… mi cabeza se estremece de vértigo con tan sólo cerrar los ojos y contemplando ante sí las máscaras, los horribles y deformados rostros de gallos, reptiles y perros, babeando y saltando en el jardín de la casa.
Naturalmente no es nada ajeno a mi campo de estudios. De hecho, entre los libros que tuve que vender en Sevilla, se encontraba un ejemplar de un libro… (usted perdonará que me haya reservado esta información hasta ahora, puesto que hay una parte de mi biblioteca que siempre le oculté, espero que –llegado el momento de explicarlas- entienda mis razones) de Pierre de Lancre Retrato de la inconstancia de los ángeles malos. Documento prohibido para todo lector cristiano. Es una descripción de los rituales sabáticos, conocidos popularmente como aquelarres…
Señora, temo abandonarla tan abruptamente, ni siquiera tengo energías para pasar esta carta a limpio –disculpe las enmiendas y tachaduras que en ella vea- mis fuerzas van y vienen con la entereza de mi cuerpo… Debo recuperarme y descansar antes de que se aproxime más el invierno.
Rodolfo Putz
(Continúa en La casa de la Sierra de Amboto, 4ª parte.)

[...] (Viene de La casa de la Sierra de Amboto, 3ª parte.) [...]