9 Vendimario, LXXVII, día de la chirivía
Querida Martina,
aún sin recibir respuesta de mi última carta he decidido escribirle de nuevo. El motivo no está tan claro como la última vez ni, ciertamente, mi ánimo es el mismo. Supongo que mi vida como maestro se me impone a la hora de estudiar y apenas encuentro algo nuevo en el camino siento la necesidad de comunicárselo a alguien.
(Viene de La casa de la sierra de Amboto, 1ª parte.)
Como usted ya sabía desde antes de haber emprendido este viaje, me hallo en pleno trabajo con Paracelso, traduciendo su Arcanum Arcanorum seu Magisterium Philosophourm y por supuesto ayudándome de su botánica oculta para proseguir con mis estudios de… No me gusta llamarlo alquimia…
La alquimia se ha vuelto en la imaginería popular una especie de pseudo-ciencia más semejante a la hechicería y a la nigromancia que a la observación de los elementos de la naturaleza y el registro de sus efectos. Aunque, si debo decirlo, prefiero el nombre de alquimista que el de farmacéutico… Las farmacopeas del siglo XVI rebozan un escepticismo y falta de respeto a los elementos de los objetos que estudia.
Sin embargo, esto ya se lo he dicho en otras ocasiones, es simplemente que cuando un vuelve sobre los mismos temas nunca debe despreciar el repasarlos pues quizá algún detalle se le halla escapado la primera vez que reflexionó en ellos.
Estoy divagando. De hecho, no sé si enviarle esta carta… simplemente la he comenzado porque el día está demasiado fresco, húmedo y ventoso como para intentar hacer cualquier actividad al aire libre y el latín de Paracelso es bastante sencillo y llevo bastante trabajo avanzado.
Mirando por la ventana he reparado de nuevo en ese árbol del jardín. Es un tanto siniestro si uno lo ve, como ahora, recortado en el horizonte brumoso, aunque sea pleno mediodía. Cuando hablé con el cabrero que me hace el favor de llevarse la correspondencia –y de vez en cuando subir algunos enceres-, me dijo que ese árbol ya era viejo cuando nació su bisabuelo y que era necesario que lo cuidara, que ese árbol era importante. Es una expresión coloquial, pero lo cierto es que debe tener bastante más tiempo del de cualquier bisabuelo. No cabe duda que es un árbol bastante viejo… quizá roce el milenio de edad, no estoy seguro aún.
No obstante, la cosa más llamativa de él es que es el último árbol que se ve en toda la montaña. Ya sabe lo que ocurre con los árboles en las alturas, ¿no es así? El frío y el viento de las altas montañas –además de ciertos ganados caprinos- evitan que se crezca cualquier arboriforme, ni siquiera las coníferas llegan hasta la altura de la casa. Únicamente hierbajos y algún arbusto que lucha contra el otoño y contra los cabrimachos y borregos para sobrevivir hasta el invierno que lo matará seguro. Todo lo demás es la roca desnuda o cubierta con tímidos líquenes. Pero, este árbol… Recuerdo que fue lo primero que vi mientras me acercaba hacia la casa como una especie de corona silvestre y macabra.
Todo ello lo único que hace es acentuar ese aire misterioso y lúgubre que tiene ese roble. Durante el día se le agradece la sombra, pero al atardecer, con su silueta recortándose en el ocaso, con los helados tactos de la casa que piedra a piedra se va enfriando con la bajada del sol, la lóbrega mancha de negrura que proyecta sobre el jardín parece producto de alguna clase de retorcido hechizo. Aún es resistente y se ve a simple vista que ha retoñado saludablemente esta última primavera, aunque a estas alturas ya las hojas le han abandonado casi por completo. Sus ramas son nudosas, torcidas, entretejidas en alguna clase de bordado siniestro que le confiere un aire más que tétrico. De una gruesa base que inclinándose a la izquierda parece un brazo poderoso y ampulosamente tejido con músculos de vigorosa madera, repentinamente se parte en dos troncos que como dos cabezas giran la una hacia la casa y la otra hacia el acantilado –de estas dos ramas principales se parte y salen otras cuantas más delgadas (como brazos humanos, plañideros, mendigando al cielo desde quién sabe cuanto tiempo atrás)- para finalmente, en la parte más alta una nube densa de ramitas delgadas va naciendo aquí y allá como un cáncer o un rizoma.
Por si ello fuera poco, algunas ramas de la copa se han ido encaramando poco a poco sobre el tejado de pizarra… A pesar de lo lejano del tronco que se encuentra a unos siete metros de la pared, las ramas tocan el techo… ¡Ya se imagina las dimensiones de la copa! Si supiera la clase de espanto que experimenté cuando hace dos noches, en plena madrugada de luna llena, bajo esa luz de plata que confiere a todas las cosas que toca, una extraña ligereza, me despertaron el sonido de unos pasos. ¡Eran pasos, se lo puedo asegurar!
En alguna parte del edificio se escuchaba alguna madera crujir como si el entarimado mugiera bajo el peso de algunos pies. El corazón se me heló y un calor sobrecogedor me invadió el rostro, creo que si alguien me hubiese visto en ese momento, habría contemplado a un hombre lívido con las orejas rojas –no sé por qué razón, aquel miedo me calentó las orejas de sobremanera, como si el terror hubiese irrigado con potencia esas partes de mi cuerpo, anhelantes de escuchar con todo detalle el misterioso sonido que provenía de la oscuridad. Entre el resoplar del viento se podían escuchar, con toda nitidez, los quejidos de la madera, como cuando se martillea una cuña de madera contra algún tronco para partirlo.
Estas últimas noches he estado durmiendo junto a la cocina, en el salón de la casa –ya que comparten chimenea y puedo darme el lujo de dormir con el calorcillo de las ascuas de la víspera. Tardé poco tiempo en darme cuenta que aquel rechinar venía de arriaba, de la buhardilla. No me moví durante dos o tres minutos, esperando a que el ruido cesase, a que se me ocurriera qué podía estar provocándolo, o aunque fuera para que el sueño me sorprendiera de nuevo y al día siguiente a la luz del día y con la cabeza despejada pudiese ver su origen. Pero mi atención fija me evitaba cualquier posible distracción: Era realmente aterrador, allí arriba podía haber cualquier cosa y yo estaba a tantas horas de la persona más cercana… Intenté observar –y tú sabes que soy muy observador- cualquier detalle en aquel sonido que me revelase su origen. Pero mis reflexiones sólo empeoraron mi situación: ¡Tenía que ser el sonido de unos pasos! Eso, en aquel momento estaba fuera de duda, no podía ser el golpe de una rama sobre el tejado porque aquello no era un golpe seco, no era un sonido cortante de un palo sino el rechinido de la madera…
Quise pensar que se trataría de algún defecto del techo que se acentuara con el la violencia del viento que ululaba por las rendijas de las ventanas y contraventanas. Pero la regularidad del sonido derribaba cualquier hipótesis… incluso la de tener alguna zarigüeya o gato montés o lo que sea ahí arriba. Los sonidos eran regulares, un palpito calculado, rítmico, como una pausada caminata que se usase para la cavilación de algún problema.
Abrazándome a las sábanas, conteniendo la respiración, mi cuerpo se fue relajando bajo la monotonía de aquel sonido. Molesto conmigo mismo me dije que si era un espíritu, era un espíritu bastante indeciso, ya que no hacía nada más que caminar de un lado a otro de la buhardilla. Al final, al cabo de los minutos el ruido cesó o yo me quedé dormido, no estoy del todo seguro, puesto que lo siguiente que recuerdo es despertar por la mañana…
El miedo no terminó ahí, aún después por la mañana me resistía a subir directamente a la buhardilla. A pesar de que la oscuridad espanta gran parte del miedo, la soledad, este silencio arbitrario –que cuando uno lo guarda, pendiente del mundo, se hace más profundo y más denso-, mantiene otro tanto la expectación y los nervios alterados. Incluso llegué a pensar que algún peregrino llevase viviendo ahí conmigo estos últimos días sin que yo me hubiese apercibido de ello. Sentí terror de subir y encontrar a un hombre dormido, sentado, desnudo, muerto o dispuesto a matarme.
Ahora que sopeso las cosas fríamente, me avergüenzo de mi actitud tan infantil ante un escenario tan estúpidamente absurdo, pero no dude usted del poder que tiene la soledad para acrecentar las indecisiones, el diálogo interior y las preocupaciones por situaciones tan triviales y anodinas –si me permite la disgregación, estoy convencido de que uno sólo es uno en la medida en que esté con otro y es justo en la soledad en la que uno se va haciendo dos (o más). ¿Me estaré volviendo loco?
En resumen, y a ello se encamina todo el relato: en vez de subir directamente a la buhardilla, salí de la casa y rodeé con la vista todo lo largo del tejado para ver si se podía ver algo extraño. Y ahí estaba:
Dos ramas del roble estaban abrazándose a las faldillas del tejado, entremetiéndose, encaramándose, adaptándose a todo lo plano y ancho de la construcción como si se tratase de unas manos que se aferran con los nudillos a una parte del techo. Lo cierto es que aquella visión aclaró sin más la producción de los ruidos, dejándome en el más bochornoso de los ridículos, pero aliviándome a la misma vez.
No le oculto en lo más mínimo que el hecho, no obstante, me pareció curioso: no había visto que el árbol tuviese la suficiente amplitud de llegar desde la esquina en la que está colocado, hasta la casa, pero ciertamente las ramas se extienden de maneras bastante caprichosas: los troncos se abren al cielo como un ramillete de dedos extendidos a ambos lados, con una horizontalidad vertiginosa. Varias raíces crecen bajo la hierba, abombando la tierra, hinchándola de vida y de presión, en la misma dirección de las ramas.
Si pudiese verlo tal y cómo ahora lo estoy viendo ahora, un escalofrío le recorrería. Esta pequeña Suiza tiene, como se puede ver, sus arabescos enrarecidos, ¿no le parece? Toda la corteza del árbol de tan vieja ha abandonado todo color, como si lo hubiesen quemado en varias ocasiones: parece un carbón al que le hubiese nacido brazos, dedos y…
No sé cómo es que me soporta… ¡Sólo digo estupideces! ¡Tanta tinta para hablar de un árbol! ¡De siluetas y ruidos nocturnos! Espero que me disculpe acabar tan abruptamente, pero ya me conoce… si no acabo de manera abrupta corro el riesgo de no parar nunca de escribir…
No le molesto más: ¡La víspera es larga y el cebo es poco para alimentar mis velas! Y sin embargo… ¡Paracelso aguarda!
Dómine Rodolfo Putz
P. D.
Por favor, conteste pronto. Ansío tener noticias suyas y de Barcelona, al fin y al cabo los cabreros que suben por aquí sólo saben hablar del clima y del ciclo menstrual de sus rebaños. He decidido comenzar mi propia farmacopea…
R. P.
(Continúa en La casa de la Sierra de Amboto, 3ª parte: la venganza de la mandrágora.)

[...] (Continúa en La casa de la Sierra de Amboto, 2ª parte.) [...]
[...] (Viene de La casa de la sierra de Amboto, 2ª parte.) [...]