INTERSECCIONES
X aparca el coche junto al bar de carretera, se sienta en una de las mesas, pide un desayuno completo y observa la lluvia caer sobre el asfalto. Café, zumo, tostadas y un bollo. Cuando eres un viajante y vives lejos de tu casa aprovechas todos los descansos y todas las oportunidades de comer que el camino te otorga.
Por eso X mastica sin prisa, saboreando cada minuto, porque sabe que le queda una jornada laboral cuyo número de horas es aún una incógnita. El teléfono le sonará no sé cuantas veces, visitará un número indeterminado de pueblos y verá tantas caras que a duras penas podrá recordar alguna cuando se acueste sobre una almohada desconocida. X se permite un cigarro con el café y, mientras hace chocar las bocanadas de humo sobre el cristal, fantasea con una vida sedentaria. ¿Y si él trabajara en este bar, si lograra aprenderse el ritmo de los días iguales, si consiguiera intimar con el grupo de personas habituales de estas mesas?
Z termina de servir el desayuno al viajante que se ha sentado junto a la ventana. Ésta es una mañana especialmente tranquila, así que le es posible apurarse su café y quedarse apoyado en una esquina de la barra fumando un cigarro. Cuando trabajas todos los días en el mismo sitio aprovechas la mínima oportunidad para evadirte hacia otras vidas. Una vida, por qué no, como la del viajante que también fuma en su mesa. Él sí que tiene suerte. Z piensa: ¿Y si él pudiera huir de la monotonía y visitar un número indeterminado de pueblos en una sola jornada? ¿Si viera tantas caras al cabo del día que a duras penas pudiera recordar alguna cuando se acostara sobre una almohada desconocida?
X y Z fuman a la vez, piensan a la vez y, por unos instantes, coinciden mirando el mismo charco del asfalto.

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