GORGOJITO
-Más vale llegar a ser… que haber nacido siendo… -susurraba el abuelo de Gorgojito, la pequeña luciérnaga, mientras ella lloraba amargamente, a cántaros llenos.
Los pequeños le decían ciega, aunque ella podía ver perfectamente en el día; pero en la noche, su pequeña luz no se encendía, y debía caminar o volar con un lazarillo; por eso también le decían Gorgojito; porque luciérnaga que no alumbre, parece más un gorgojo.
El abuelo trataba de consolarla, enumerándole las mil cualidades que ella poseía: era la única luciérnaga de ojos azules en el mundo, capaz de hipnotizar con sus mirada, y borrar las penas más hondas de cualquiera con su reluciente sonrisa y sus sabios consejos; siempre tenía la palabra adecuada y el consejo oportuno, para los demás; en cambio para ella, sólo tenía frases de desprecio, y un enorme inconformismo, que no le dejaba disfrutar su valiosa vida: «Cuando llores por no poder ver el sol… tus lágrimas no te permitirán ver las estrellas», continuaba diciendo el abuelo.
«No tienes de qué avergonzarte; es maravilloso volar en la noche y desafiar los peligros de la oscuridad mientras volamos, pero la noche es muy corta, y tú brillas cada día, e iluminas muchas vidas con tu amistad, consejos y compañía; eso es más de lo que cualquier criatura puede desear.
»Además si le preguntaras a los más sabios, ellos te dirían cuánto se disfruta al apagar la luz, para poder ver mejor el brillo de las estrellas: “si te sientas en el fondo de un pozo y miras al cielo, lo veras pequeño”.»
A pesar de ser tan buena, siempre había alguien que le sacara a relucir su deficiencia, la humillara y se burlara: «que crueles son los pequeños.»
«Hija, no llores,» decía afligido el abuelo, «cuan más pequeña es una criatura, más grande es su crueldad e ignorancia. Si te rodeas de sabios, verás que de ellos no salen frases tontas, y no valoran tan grandemente las deficiencias físicas; para ellos son retos de superación.» Y buscó viejos recortes de periódico de personas con alguna discapacidad o deficiencia, que no les impidió llegar muy lejos y ser grandes héroes de la naturaleza y dejar huella en la historia.
-¡Vive! ¡goza! ¡disfruta! No desperdicies tu soplo de vida, que el Creador es generoso y te ha premiado con una maravillosa vida.
Gorgojito voló de prisa antes de que se ocultara el sol, para no escuchar más a su abuelo, nadie podía entender lo que ella estaba sufriendo y nadie más que ella podía cambiarlo…
Se internó en una fábrica de lucecitas navideñas, añorando encontrar allí un repuesto para su Pieza rota.
Lloro, lloró y lloró incansablemente, hasta quedarse cegada y dormida, deseaba despertar cuando fuera una luciérnaga normal, para poder quitarse el horrible apodo que le habían puesto.
Al despertar, se acercó a un señor mayor, de la fábrica, y se poso en su hombro, con la esperanza de que este mago prodigioso la reparara; si podía iluminar tantas cosas con lucecitas de colores, no le costaría arreglar su pequeña bombillita, pensó ella…
Juguetona le revoloteaba en el hombro, tratando de que le entendiera, más el hombre, alterado, sacudió con fuerza su cuerpo, y con su grande mano, la tiró con violencia al suelo…
Para agrandar sus males, en la caída, perdió dos de sus piernas y se rompió un ala.
Lloraba humillada debajo de una mesa, tratando de pegarse sus patitas y su ala con celo; incluso trató de usar un sucio trozo de chicle, que alguien escupió cerca de ella, sin mirar.
Ahora el menor de sus males era no tener luz; ahora tenía problemas mayores, que parecían sin solución.
El aterrador dolor de sus miembros mutilados, le hacían lanzar gritos desgarradores, pidiendo auxilio…
Créanlo o no, un milagro sucedió justo en ese momento…
Una pequeña de risa loca y de largas trenzas, buscaba desesperada su chicle, y encontró por accidente a Gorgojito. No se necesita ser sabio, para imaginar el dolor insufrible que debe sentir una criatura tan frágil, al estar mal herida…
La niña la miro con ternura y con sumo cuidado, la tomó entre sus manos y la puso sobre la mesa, mientras Gorgojito temblaba de miedo y dolor.
La miró fijamente y se olvido del chicle, había cosas más importantes que hacer…
Llamó de un grito a su abuelo, y con una mueca de súplica, le mostró lo que había encontrado.
-¿Abuelo, qué puedo hacer? Tiene un ala rota, y le faltan dos patitas, ¿crees que puedes hacer algo?
El abuelo recordó lo sucedido, y no pudo evitar sentir remordimiento y vergüenza, por su falta caridad: ¡pobre bichito, qué cruel había sido, al tirarlo con tal violencia, sin haberle hecho nada!
No se atrevió a decirle nada a la niña, y tomó con cariño el animalito en su mano.
Muy suavemente puso su ala en su sitio y vio como aún se sostenía, lo que significaba sin duda, que su ala tenía remedio.
La llevó delicadamente a una planta de romero que tenía en su despacho, y la poso sobre una rama para que descansara, derramó un par de gotas de agua por si tenía sed; él no atinaba saber qué comían estas criaturitas.
La niña observaba todo el tiempo, mientras se secaba los ojos con sus manos.
La dejaron sola para que descansara; y al llegar la noche, vieron cómo sobrevolaba por la fábrica una lucecita intermitente, que parecía un pequeño semáforo; fueron corriendo a la planta de romero para cerciorarse de que fuera ella, y ya no estaba, así que se sintieron felices con su partida.
Gorgojito llegó a casa de sus abuelos volando y llorando; el golpe acomodó su bombillita interior, pero le quitó dos patas… ahora no sabía qué era peor: dejaron de llamarla Gorgojito; y ahora la llamaban Justicia (porque cojea, pero llega); la luciérnaga coja.
¡Qué crueles son los pequeños!…
¡Y cuán grandes son sus ofensas!, no saben el daño que causan con sus insultos criminales…
Escucha la vocecita que tienes en tu interior.
Agradece las cosas buenas que te ha dado el Creador,
no llores un bien perdido o sufrirás un montón;
recuerda tus dos patitas, y dale gracias a Dios,
por el tiempo que las tuviste, pudo haber sido peor…
Y ahora goza las cuatro que tienes: conozco seres muy grandes, que son muy felices sólo con dos.
Jugar

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