Solté una risita estúpida. Atontada por su hechizo de seducción no me resultaba difícil parecer una quinceañera. Él me guió al rincón más oscuro, enredó sus dedos en mis cabellos y me besó. Esta vez con lengua.
En fin, yo sabía lo que pretendía. Consideré si permitirle el polvo que tanto les gusta a los de su calaña antes de beber de sus víctimas. En otras circunstancias quizá lo hubiera hecho. El sexo cuando estás mágicamente inducida a creer que él es tu dios suele ser explosivo, sobre todo conmigo. Aunque el encontrarme al vampiro cuya guarida me había pasado todo el día buscando en vano me puso en una actitud puñeteramente cabrona. Y eso que, encontrarlo, en realidad no fue tanta casualidad, pues un chivatazo me había dicho que probablemente estaría allí pero me hubiera gustado bailar y relajarme un rato antes de pasar al trabajo. Así que injustamente molesta por lo inoportuno que había sido, saqué mi daga de la bota y se la clavé en el pecho. Justo donde le dolía. Podía amarle, pero no era tonta.



