«Quién hubiese creído que aquello no había desaparecido.»
Un verso que ocupa demasiados manejos de tiempo. La alusión referida al instante en que nos damos cuenta que un amor no desaparece, de la forma en que se nos presenta sólo puede generar dos cosas en un contemporáneo ilustrado: i) risa, ii) incredulidad. Puesto que el poeta le pide que crea con aires de solemnidad. Parece más una pregunta que un verso. Porque se aleja del presente con innumerables anacronismos y multiplica la distancia exponencialmente entre el poema y el lector arrojando aquello a alguien que se diluye en el impersonal quién.
El primer punto a resolver es el carácter pusilánimemente trágico de la pregunta (indirecta). Nadie, hoy día está para preguntas, mucho menos para una tan incontestable. ¿Cómo se soluciona? Primero que nada se tiene que eliminar el quién, se tiene que traspasar el anonimato (naturalmente esto no nos hace romper la distancia entre el poeta y su lector, aunque la disimule). Asimismo al momento de quitar el quién hemos de eliminar la negación por dos sencillas razones: i) por coherencia ii) por el simple hecho de que en la poesía contemporánea no puede existir una negación (razón de mucho más peso que la primera). Ya que en el presente no puede existir la negación o la ausencia simple, sino la presencia de la negación o la ausencia contingente (esto es el equivalente del problema ontológico de la nada: La nada no es no-algo, sino es nada.)
Así tenemos como ésta segunda versión del verso:
«Hubiese creído que aquello había desaparecido.»
Entendemos, después de releerlo, que el poeta ironiza acerca de su condición actual y hace partícipe al lector de aquella situación extraña (el amor) que no había desaparecido. Al toparse con ella –la situación, que no fémina- no le queda mas que lanzar éste inútil verso al aire con tal de autocompadecerse con una mueca.
Sin embargo sigue siendo demasiado pretencioso, demasiado anacrónico: creído. Creer es un verbo demasiado problemático. La creencia implica un manejo del tiempo y de la ausencia. Se pretende, sin más, que en la falta de algo, alguna importa metafísica permanezca como remanencia y presencia de la cosa que falta. Así un descubrimiento científico en algún experimento de laboratorio, necesita la fe y la creencia que, al repetirse, el resultado será siempre el mismo. O, en un ejemplo más cercano, un hombre cualquiera al levantarse y plantar el pie en el suelo, tiene que estar creyendo que, efectivamente, el suelo sigue ahí bajo la cama, por la simple y sencilla razón de que estaba ahí cuando se fue a dormir.
Por ello será mejor retirar este verbo y cambiarlo por el de pensar. Pensar sólo se puede hacer dentro de una línea discursiva, nunca como algo ya dado –si no, no es pensamiento- ni como algo futuro. Pensar es lo único que puede, más o menos, parecerse a esto de lo contemporáneo.
«Hubiese pensado que aquello había desaparecido.»
Ahora cambia la connotación. En esta tercera versión, aflora un nuevo sentimiento: el asco. Una vez que se ha suprimido la fe, el peso de la idea que ahora es pensada la hace repugnante. Lentamente comienza a ser mucho más contemporáneo. Y no debemos dejar de señalar la transformación matalingüisitica de la palabra aquello, de una ambigüedad romántica, a la presencia nefasta de algo que virtualmente no ha había desaparecido.
Pero no podemos detenernos aquí, es deber del poeta, atraer al verso al instante contemporáneo, así como sintetizarlo aún más para limar y pulir todas las impurezas y sedimentos de tiempos distintos al instante actual. Y para ello, lo más adecuada es eliminar la distancia –por aquello que dice que el espacio es tiempo y viceversa. La forma es sencilla, simplemente hay que modificar el mostrativo que genera la lejanía entre el poeta y lo que no había desaparecido; acercar el amor al poeta. Dar al aquello cualidades del esto. Y tenemos como resultado:
«Hubiese pensado que esto había desaparecido.»
Ahora el amor es una presencia ineludible, próxima, instantánea y perceptible… y ese hubiese pensado, no deja de moldearle en la incomodidad y asco del presente. Sin embargo esta conjugación compuesta (pretérito pluscuamperfecto del subjuntivo) es demasiado rocambolesca y barroca –manejando tantos tiempos y un el modo subjuntivo que da categoría de irrealidad al verbo en sí; es decir, que a pesar de que el poeta había pensado que esto había desaparecido, está claro por la pura enunciación que no es así- y se mueve escurridizamente yendo hacia delante y hacia atrás en el tiempo: plantea la acción en un futuro posible –en la que podría haber pensado que esto había desaparecido - pero que al no llegar, el futuro se vuelve pasado en la boca y la suposición fallida.
Ahora bien, aunque podríamos eliminar esta conjugación directamente, sustituyéndola por el presente simple; el método se nos impone y antes preferiría detenerme en el pasado simple de la primera persona del singular, puesto que, aunque evidentemente no llega del todo a lo contemporáneo, tiene algunas indicaciones que cabe señalar antes de proseguir. Así que tendríamos:
«Pensé que esto había desaparecido.»
Los motivos perfectamente claros y gramaticales tienen que estar indicando al poeta de qué manera su verso no está en contacto con el tiempo presente. Y por más indicaciones, puesto que confío en que la obviedad de las conjugaciones escolares se imponga con suficiente evidencia, hemos de decir, ante el paulatino exterminio de nuestro verso, que el presente exige una supresión de todos los ornamentos gramaticales. Ya que, ¿quién lo duda? El ingrediente primero del lenguaje –además del sonido- es siempre el tiempo que se deja correr para que los puros fonemas se vayan haciendo palabras, nombres, frases y hasta versos. Y lo contemporáneo –esa cosa que nos hemos lanzado a buscar- es el momento sin tiempo: es propiamente lo contrario del tiempo: ¡Un instante que no se reconoce!
Más allá de que el tiempo presente sea un tiempo gramatical, el instante no puede tener dimensiones (es un punto entre las estelas del pasado y lo insondable del futuro) y por ello, al acercarnos a él, se nos van quedando entre los dedos figuras retóricas y declinaciones gramaticales y la parquedad nos indica el camino: modificar el mismo verbo que anteriormente conjugamos, transformando de pasado simple a presente y, por consiguiente, el había desaparecido en ha desaparecido.
«Pienso que esto ha desaparecido.»
Observe el poeta el curioso fenómeno que ocurre aquí. Mientras que en las anteriores versiones del verbo pensar referían a una seguridad que caduca ante el enfrentamiento con la amada; esta nueva forma de presentarse da la idea de una inseguridad plena e infinita. No hay transformación en el instante; sólo duda. Porque piensa que ha desaparecido pero al fin y al cabo PIENSA; no puede arrogar el verso como una verdad axiomática, sino como una idea que corre el riesgo de extraviarse, negarse o contradecirse en el proceso de pensar.
Y aunque el tiempo que se invoca en el pensar –más de un platónico así lo estaría deseando- se dice que es el tiempo que se toma la conciencia (el alma, el sujeto, el yo, etc.) para contemplar las ideas fijas, infinitas e inmortales, ya por siempre hechas y contestadas de lo que es verdadero y falso (puesto que, al lado de estos platónicos, por lo general se puede encontrar a un lógico que está diciendo que ante la duda sólo caben dos posibles respuestas: o sí o no, y que la verdad a toda duda está dada desde el momento mismo del presente, sólo que el sujeto no la conoce); a pesar de todo esto, lo cierto es que el tiempo en que ese rodar del razonamiento sigue vivo y sucediéndose en la deducción.
Hemos de eliminar la duda para poder afianzar nuestra vista hacia el presente. Tomada ya nuestra decisión, hemos de notar que la palabra que se convierte en un residuo inútil que también cabe suprimir:
«Esto ha desaparecido.»
El método de nuestra simple ordenación sintáctica nos obliga a ocuparnos, antes de esa molesta conjugación del pretérito del indicativo, del mostrativo que le antecede:
Al tener que señalar el poeta el sitio del amor (esto que ha desaparecido) está, como se descubre en el simple razonamiento, abriendo una brecha –por demás incompatible con nuestro propósito- entre él mismo y la situación; restableciendo todos los falsos parámetros del Sujeto-Objeto tradicional desde la filosofía cartesiana. Esta diferenciación entre el mundo y el poeta provoca una transmisión del tiempo que nos obliga a admitir su disconformidad con lo contemporáneo: ¿Qué necesidad hay de hablar de esto si esto –el amor presente- está fundido con el tiempo mismos y se convierte en todo? Ninguna. Así pues, en virtud de la contemporaneidad hemos de decir:
«Ha desaparecido.»
Dando por reiteradas nuestras observaciones con referencia a las gramáticas y sus quehaceres, creyendo que más explicaciones de esta índole aburrirán al poeta, cabe fijarse en la tendencia del verso:Esencialmente podría decirse que es una presencia de una ausencia. Algo que perfectamente podría ser interpretado como nostalgia (fracaso de la esperanza – bien lo dice Cioran: «Tout nostalgie est un dépassement du présent.») Por tanto, el verso, no es absolutamente contemporáneo, sino que nos remite a un pasado que se entiende como mejor (cuando no ha desaparecido). Porque el instante que el poeta se enfrenta a la situación es precedido por la desaparición de todo (antes esto, antes aquello, siempre amor).Pero esto no debe desalentarnos… el cambio es simple y gramaticalmente obvio: de ha desaparecido a está desapareciendo; sin embargo, a estas alturas, podemos adelantarnos a la simplificación del texto y escribir simplemente:
«Desaparece.»
Y aunque este diminuto verso está casi rozando la perfección, aún no consigue del todo nuestras expectativas gracias a la utilización de la tercera persona singular, manteniendo la separación que mantiene al poeta exento de toda acción, separado, en otro tiempo que no es el del verso mismo, en un tiempo que no es este –el sin-tiempo-; y aunque se pueda decir que, gramaticalmente, está en el presente, esta diferencia lo ata al tiempo y hecha por tierra todo nuestro trabajo.
Es necesario, pues, darle un matiz… Un último retoque que le dé la exactitud única y que diluya todas las conciencias necesarias en una idea: Pasar de la tercera persona del singular a la primera del plural. Despersonificar la desaparición de Todo (esto, aquello, amor, presente) en una palabra que le capture…
«Desaparecemos.»
Sin embargo, siendo sinceros, hay que doblegarnos ante lo redondo del razonamiento: la materia fundamental de la poesía es el justo juego con los tiempos y las métricas, y, convencidos de eso, hemos de admitir que es imposible dar con una palabra, un sonido, algún conjuro que de golpe y sin paso de tiempo ninguno a través de su pronunciación, no haga tiempo ni lo deje correr.
Ante esa imposibilidad hemos de reconocer: no puede haber un verso contemporáneo. O mejor, no hay mejor verso contemporáneo que el que no se puede decir porque no admite tiempo ninguno que haga alguna línea discursiva de fonemas enhebrados y de golpe y silencio dice todo y no dice nada.




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