EL PERSONAJE
Esta mañana, abrumado como siempre por el trabajo, ese que no me deja casi ni pararme un minuto a tomarme ese cafetito tan bien merecido, me he puesto a repasar las diferentes alternativas literarias que contiene en conjunto «el grupo» LR, se me han puesto los dientes largos con lo que la gente escribe y me he dicho: «Debería de hacer algo, aun entendiendo mis limitaciones, me apetece». Así, aquí me veo, una vez más, delante de lo que en teoría es un folio en blanco…
Y la verdad, tengo que confesaros a los que me leéis aunque sea de vez en cuando que no sé qué decir, vamos, que estoy intentando exprimir mi imaginación para poner algo interesante que tenga sentido y que se pueda publicar, y no hay nada dentro del limón, ni una gota de ese zumo con el que generalmente aderezo mis escritos… Así que, sentadas las bases de lo que estoy haciendo y poniendo en vuestro conocimiento de antemano, porque el que avisa no es traidor, es avisador que, en el fondo, no estoy haciendo nada, vamos a ello. Por cierto, los que estéis haciendo ahora mismo algo importante, no sigáis leyendo esto, no vale la pena, ni tan siquiera para mí.
Podría escribir una receta, camuflada en alguna historia de esas que se imaginan y salen casi sin pretenderlo, de esas que se escriben en trance; bonita excusa por otro lado para no respetar ni una norma gramatical ni de estilo… –Ehh!!, que yo escribo así, es la inspiración la que me conduce por el teclado, no podéis parametrar mis sentimientos… ejem… (perdona, Javi, tenía que decirlo, ya sé que no tengo razón)-, en fin, un NO rotundo para la receta, no tengo hambre, ni historia, así que mal empezaríamos con este tema…
Vamos pues a otra de esas cartas de «amores imposibles» y de tragedias entre amantes que no se aman, vamos a hacer hablar al desdichado que aparece dentro de mí, de vez en cuando, para hacerme sentir algo que no he vivido… o sí; bueno, la verdad, ya no lo sé, cuando algo se imagina y te duele, aunque no lo hayas vivido en primera persona, deja un poso de amargura; ya no sé qué es más triste con respecto a las cartas, la película que cuentan, o no haber vivido esa historia; quizás, aún estando desengañado, hubiere sido bonito haberlo tenido…
Pues no sé qué decir, no me llama el tema… me gustaría poder dar rienda suelta cuando quisiera a ese mártir del amor que tiene miedo a casi todo lo que anhela (y mientras dure el miedo, él seguirá vivo), pero… parece ser que tiene vida propia, y sólo aparece cuando le da la gana…
Qué difícil es esto de escribir. Bueno, lo de escribir, entendido por teclear, no es tan difícil, y eso que nunca estudié mecanografía, pero no se me da mal, no soy raudo y veloz como el viento, pero me defiendo a fuerza de mails laborales donde hay que explicar tantas cosas que, si se juntasen, el conjunto sería digno de una novela negra; por continente y contenido digo yo… Vamos, que ya que el amargado enamorado hoy no quiere hablar, está calladito en un rincón, imaginándose vete tú a saber qué; voy a contaros su día, uno cualquiera de los que le convierten en lo que es. Ya os dije que no tengo mucho qué decir, y con la tontería, ya hemos avanzado algo, en forma de texto. Los que hasta aquí habéis llegado, no me digáis después que tenéis mucho trabajo, que no cuela, continúo como he empezado:
«Esta mañana, nuestro amigo se ha levantado empapado en sudor frío, justo 19 minutos antes de que sonase el despertador. -Maldita sea– piensa mientras busca la hora en el teléfono; esos minutos se van a la basura, ya no se puede volver a dormir, no le da tiempo, y el sueño, aun le tira hacia la cama… lo tiene todo calculado, y esos minutitos que no están controlados dentro de sus especulaciones diarias, solo le sirven para levantarse; y antes de mirar su cara reflejada en el espejo, con los ojos hinchados y su barba de dos días, hoy toca… afeitarse claro, decide gastarlos sentado en el sofá y fumándose el primer pitillo del día, sin poner la tele si quiera, ni la radio, todo le molesta a estas horas de la mañan; menos un cigarrito amable, que consigue evadirlo del día que le espera y hacerle soñar con que hoy es fin de semana…
»Agotado ya el humeante cilindro y terminada la ensoñación findesemanera, en medio del fragor de la batalla de compulsivas toses y esputos que le hacen pensar, por enésima vez, que debería dejar de fumar; que a sus treinta y tantos (nunca me ha confesado su edad), esta tos que le acompaña por las mañanas no puede ser del todo buena, se decide por el lavabo; la boca pastosa y el sabor amargo le recuerdan que tendría que haber bebido algo de agua antes de adentrarse en la aventura de empezar el día con un Marlboro. Bien pues, afeitarse toca… El espejo le recuerda que no está del todo mal, pasada la tos y con los ojos camino de su posición normal, difuminándose poco a poco la hinchazón y la pátina cristalina que los recubre, piensa que tiene su punto: sus ojos negros, bueno, marrones muy oscuros y el pelo color azabache, con pequeños matices plata; no está mal, no está mal, por eso se ha fijado en mí…
»Hace un alarde de imaginación para pensar qué sería de su vida si en vez de afeitarse día sí, día no, se dejase barba… qué bonita sería una vida sin afeitarse por las mañanas, cuatro ligeros retoques de vez en cuando y ala…
»Tres cortes, dos muecas y a la ducha que se le hace tarde; es miércoles, quién sabe si será un buen día; la suerte que tiene hoy, piensa, es que hace calor y la ducha no molesta en exceso; vive en la eterna contradicción de no soportar el ducharse por las mañanas (sobre todo por el frío), pero sin ella no logra despertarse del todo hasta las doce del mediodía, algo que, por otro lado, recapacita, no le debería importar, total, para lo que hay que hacer…
»Su mejor traje, el azul oscuro, es un día de calor casi desmedido pero vale la pena, quién sabe si hoy la verá; algo de colonia, no mucho que pica; vuelve a pensar en dejarse la eterna barba… una corbata a conjunto, música en la radio de la cocina y un café, cargado claro, nada de medias tintas, que al pensar en ella, ha cambiado la concepción de su día. Otro cigarro con el café y al trabajo.
»Hora tras hora, minuto tras minuto e incluso a veces, segundo tras segundo, persigue los zumbidos de su aparato (mezcla entre teléfono y mini ordenador) esperando que se abra una puerta que no se abre, juzgando las variables que hacen que la entrada continúe a estas horas de la mañana aún vetada para él… -Hubo un tiempo en que era yo quien cerraba esa puerta- se plantea como siempre que ve pasar las horas sin respuesta a sus sueños.
»La mañana pasa a diferentes velocidades, ora viene cargada de trabajo y pasa a velocidad vertiginosa, ora pasa despacito esperando como siempre el maldito zumbidito. Otro café, esta vez cortado, ligera conversación con el camarero de siempre, banal, uno de esos personajes grises con los que no le queda más remedio que convivir, – él me da lo segundo más preciado del día, que es el café- . A veces piensa que no es de este mundo, ve a los demás sonreírle a la mañana mientras él, ya no es que no soporte a la raza humana en general, es que a ratos, no se soporta ni a sí mismo… La gente que ve mientras camina por la calle, con alguna excusa en forma de recado, que ya ha hecho con anterioridad, pasan a su alrededor como fantasmas de un submundo, en el que él no vive, ni quiere vivir -no formo parte de ellos, soy especial, ni mejor ni peor, pero sí especial, porque yo quiero distinguirme y los demás no.
»La hora de comer llega sin demasiada prisa, los tiempos muertos de la mañana han viajado entre ediciones digitales de periódicos, se ha enterado de todo, no porque le interese realmente lo que pasa en el mundo; en el fondo, piensa que no es buena persona, no le preocupa casi nada, salvo su dolor, claro. Le preocupa y no entiende esta tristeza que le acompaña hace ya unos meses desde que se dio cuenta de que tenía que rechazarla, ella era algo demasiado bonito como para que saliese algo bueno de todo esto… Siempre ha tenido tendencia a no confiar en casi nada; la prensa deportiva le introduce en el mundo del deporte nacional, le aburre, pero el hecho de enterarse de los fichajes veraniegos le da armas para conversar con la gente que tiene poco que decirle; sabe que utilizando la información recogida en los periódicos y en dos frases, despierta el interés de muchos, que se creen que porque a ellos les guste esta chorrada del fútbol, a todos les tiene que gustar, sobre todo si el interlocutor es joven.
»Una novela de esas baratas, no por su forma (tapa dura y edición casi de lujo) sino por su contenido, le ayuda a pasar el rato; de menú, nada nuevo, le encanta la comida hecha con mesura, con cariño y con arte; esto de los menús es la comida rápida a la española, cuatro bárbaros con mandiles, sartenes y cuchillos, que se creen con el derecho de autoproclamarse cocineros; destrozan los alimentos con los que tratan, no hay ningún respeto, a ellos qué más les daría estar aquí en una cocina o en la obra poniendo ladrillos. Si a estas horas no ha llamado, todo le pinta al revés; el calor es bochornoso, la comida, basura, el día perdido y el cigarro, que se está fumando entre plato y plato, cargante…
»Entre pitillos, novela, comida y café, pasa la hora de la comida; y el día, para él ya se ha perdido.Tiene que pagar aún el peaje de la tarde en la oficina, hoy toca y no hay más remedio que aguantar estoicamente la acometida del final del día. Ya ha asumido el hecho de que hoy tampoco la verá, lee a escondidas en el trabajo el libro que tiene en ese momento entre manos. -Lo leo a escondidas, no porque no pueda leer, yo hago lo que me da la gana, es por la imagen- se dice. Se sumerge en la aventura de turno y viaja por parajes que no reconoce, armado con espada y lanza, lucha y derrota enemigos que solo él sabe, y disfruta del pasar de las horas, esta vez sí, a una velocidad razonable.
»Cuatro chanzas con sus compañeros, ahora ya relajado; el fútbol y las mujeres son temas centrales en sus palabras, habla de lo que no piensa y razona lo que no siente; imbuido por la conversación con “extraños” casi se siente uno de ellos… unas sonrisas, tres frases ocurrentes y ha llegado la hora…»
Y aquí lo dejo por ahora, confieso que me he cansado de explicar el día del amigo, que continuaré, siempre y cuando, este texto supere el corte de primeras, que hay que reconocer que esto no es el Open de Augusta, pero para mí, como si lo fuere, y de segundas, suscite algo de interés a la concurrencia desvanera. Siguiendo el consejo del entrenador del equipo, del míster que se diría en el argot futbolero que tanto desprecia nuestro protagonista, he querido darle un contexto a la historia epistolar que intentaba contar, sobre un chaval enamorado, solo en el mundo y asustadizo cuando de sus sentimientos se trata. Un personaje gris, pero con muchos matices entre el blanco y el negro, uno más del motón que vemos entre nosotros pero que nunca llegamos a conocer. Camaleónico cuando toca, escurridizo y un tanto abrumado de sí mismo… en fin, lo dicho. Veremos si le damos más vida de la que el pobre tiene, que por ahora, es de solo una tarde, ésta en la que se ha sentado a mi lado, y entre cigarro y cigarro, me ha contado su historia…

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