CIEMPIÉS
La futura madre ciempiés, se quejaba y lloraba amargamente:
¿Qué voy a hacer doctor?
¿Quintillizos?
¡No, por favor, dígame que se ha equivocado!
Que más quisiera yo señora, respondió el médico.
¡No, no, me quiero morir!
Tranquila, no lo tome a mal, está peor su prima, que tendrá ocho…
Tomó el resultado de la ecografía, y salió llorando, desconsolada; el médico no entendía esta reacción.
Al llegar a casa, se sentó sobre su cama, y se puso a hacer inventario de sus patas, porque realmente, no todos los ciempiés, tienen cien pies, les dicen así porque a las personas les da pereza contarlos. Incluso algunos, sólo tienen 20 pies, y también se les llama ciempiés.
Pues la señora Asilvestrada, no sabía cuántos tenía; al nacer tenía 346 pies, según su madre y amigas; pero en algunos combates, había perdido alguno que otro…
Y por qué este empeño por saber esto, se preguntarán muchos, pero he aquí la razón de su llanto:
Si sus hijos heredaban de ella el número de pies, necesitaría tener una fábrica de zapatos para abastecerlos, y más siendo madre soltera, pues a su novio, el señor Silvestre, se lo había comido un horrible pajarraco.
Y ella nunca le preguntó cuántos pies tenía…
Transcurrió su corto embarazo, y nunca logró saber cuantos pies tenía, pues ella sólo sabía contar hasta cien.
Nacieron sus preciosos pequeños, y la felicidad le hizo olvidar su preocupación por los zapatos, por ahora lo más importante es que estuvieran saludables, además era preferible criarlos descalzos, pero con sus pies completos, que verlos sin pies, como le pasaba a su amiga la lombriz: ¡qué hijos más feos!, pero los suyos eran preciosos, aunque no tuvieran zapatos.
Cada domingo, todos los animales del bosque, se reunían cerca del lago, para leer unas hojas sagradas, que contenían mucha sabiduría; el saltamontes, que era el más listo, leía unas palabras que los hiciera pensar a lo largo de la semana, y a la semana siguiente, todos lo discutían. Allí no importaba quién tenía la razón, lo importante era que todos participaran.
El primer domingo que se presentó con sus hijos la señora Asilvestrada, el discurso era muy extraño, y aunque no lo entendió muy bien, se quedó callada y decepcionada; transcribiré más o menos de que se trataba: *«Al que no tiene se le quitará, y se le dará al que tiene».
¡Como podrían ser tan injustos, a quién se le hubiera podido ocurrir repartir tan mal el mundo!
Duró enojada y con el ceño fruncido toda la semana, y hasta llegó a pensar en no volver por allí más nunca.
Reflexionó, y pensó mucho en ello, pero no lo comprendía, le parecía muy injusto, más si tenía en cuenta que ella era viuda, madre de cinco ciempiecitos; ¿entonces cada día tendría menos?
No aguantó la curiosidad, y el domingo siguiente, fue la primera en llegar, no se atrevía a preguntar, para no pasar por ignorante, pero deseaba escuchar la opinión de los demás, y si alguno armaba revolución por esta injusticia, allí estaría ella para apoyarlo.
Se saludaron todos amablemente, y el primero en hablar fue el Señor don Sapolotodo: «a mí me encantó este discurso», agregó el sapo.
¡Claro, como él es rico!, pensó enojada la señora ciempiés.
Y continuo diciendo: «la madre naturaleza, a todos nos da muchos talentos, a unos más que a otros, según la capacidad de administrarlos, claro está; y si los administramos bien nos dará más». Y puso el siguiente ejemplo:
«cuando yo sólo era un renacuajo, comía unos cuantos bichitos, y tenía que esforzarme mucho para cazarlos, pero al ir practicando, fui cogiendo habilidad, y ahora cada vez es más fácil alcanzarlos, ahora cazo hasta con los ojos cerrados».
Levantó la mano la hormiga, y puso un ejemplo muy claro: «hace muchos años conocí un grillo, este nació sin manos, pero se ganaba la vida, pintando cuadros con los pies; en cambio vi un escarabajo, que tenía todas sus manos, y como no las usaba, se le fueron engangrenando, con tan mala circulación, tullido acabó sus años».
«Todos nacemos con dones, y a veces no los usamos, nos domina la pereza, y los terminamos enterrando,
unos nacen para cantar, otros para pintar, nadie nació para ser vago,
y como no nos pellizquemos, acabaremos como el escarabajo».
La señora Asilvestrada quedó pasmada con las cosas que escuchaba, y sentía mucha vergüenza, al no acertar a decir nada. Miró en silencio a sus hijos, y se sintió emocionada; ellos eran cinco talentos más que la Madre Natura le regalaba.
Todos murmuraban entre sí, cuando de repente alzó su antena la cucaracha; todos se quedaron anonadados, ya que ella pocas veces participaba:
«Hola, soy Curacacha la curandera de las cucarachas:
yo nací con pocos talentos; de hecho todas las criaturas decían que no tenía ni uno; pero con los pocos que tenía, me propuse no ser una más, del mundo cucarachero.
Una vez escuché esta frase de un cuento:
”todos estamos hechos con materiales del cielo, lo que hace la diferencia, es aquello que escogemos”.
Mis parientes escogieron ser repugnantes y vivir en los basureros; yo prefería ir a estudiar, mientras ellas estaban durmiendo; el estudio me sale gratis, y los humanos pagan por ello mucho dinero: sólo tengo que dedicar un poquito de mi tiempo; y así puedo aprovechar de los humanos su conocimiento.
Luego cuando tuve hijos, conmigo me los llevaba; así mientras todas dormían, mis hijos y yo progresábamos.
Los llevé a estudiar teatro, y aunque lo crean cosa extraña; en una presentación, alguien los vio y miren si hay cosas raras, se los llevaron Hollywood, y ahora son estrellas de la gran pantalla.
Mi mayor talento es mi velocidad, y mi resistencia para sobrevivir a cualquier medio, así lograba escapar, cuando llegaban los barrenderos.
Ahora, mientras mis amigas se conforman con comer sobras, de los basureros, yo cobro todo un manjar por desintoxicarlos de los venenos.»
Todos quedaron pasmados, escuchando este relato…
Todos estaban admirados, escuchando estos relatos, y miraron dentro de sí, a ver qué habían logrado:
«Tratarían de ser mejores, y después de esos relatos, todos estaban seguros, se avecinaban tiempos muy gratos».
*(Mateo 25:14-30)




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