¡Giner, bájate de ahí ahora mismo! ¡Como vaya para allá vas a saber lo que es bueno!
Sí, lo recuerdo claramente. Ya desde muy pequeñito, Giner se subía a todas partes. A su madre la tenía loca. Ya no sabía qué decirle. Cuando sólo contaba con dos añitos, se lo encontró subido en una silla que había arrastrado hasta el mueble del salón para intentar alcanzar una piña que decoraba un estante. ¡Pero si pesaba la silla más que él! El caso es que ahí estaba: con la piña en las manos y con ninguna gana de bajarse de su altivo trono.
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12 Frimario, LXXVII
¡Vive Dios el Altísimo que cuando se presente la revuelta popular seré yo el nuevo Roberspierre que ayude a degollar a la mitad de este pueblo de impertérritos (tachado) ! ¡Mi primera acción como gobernante será promulgar un edicto criminalizando la estupidez!
(Dos párrafos aparecen tachados completamente ilegibles)
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Varias estrellas observaban a la Tierra en la distancia. Y todas ellas anhelaban ser parte de nuestro mundo. Después de mucho tiempo mirando a su padre, el Sol, quisieron ser humanas y vivir en la materia, simples y mortales.
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Las ranitas y sapitos felices se divertían; vivían en un lago precioso, rodeado de
verde bosque. Su escuela era muy divertida, las únicas normas que allí todos tenían,
eran:
Respetarse, amarse unos a otros, y actuar sin groserías.
Muy felices todo el tiempo, apuestas para todo hacían:
Cazar el animal más fuerte, y ofrecer la mejor comida;
Dar el salto más alto, comerse una babosilla;
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A orillas del río Segre, junto a la estación del tren,
vivía un hermoso pato de color negro,
y visos muy coloridos en las plumas de sus alas…
Allí nació, creció y juraba que allí mismo moriría,
no le interesaba cruzar la frontera, su tierra tenía todo,
cuanto él en el mundo quería…
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Una mosca muy petita,
Que de hambre se moría,
Dio un gigantesco bostezo
Y vio que todos lo repetían…
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«Pío, pío, pío,» piaba desesperado el pollito;
Chillando escandalizado,
Por que su hermana se había
comido un sucio gusanito.
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9 Frimario, LXXVII, día del enebro
A pesar de que los motivos no son demasiados para alegrarme, su carta ha suavizado un poco las aristas del día. No tengo demasiado tiempo ni fuerzas para escribirle. Mi enfermedad no mengua… parece haberse establecido en un punto muerto, como si se negase a abandonarme o a acabar conmigo: constante dolor en el pecho, tos seca, apenas hay flema, fiebre durante las mañanas que se va levantando para reiniciarse el día siguiente…
Es normal, supongo ya que no me he cuidado lo suficiente, y por si fuera poco… ¡Y ese condenado árbol!
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El hombre salió de su encierro para ver el cielo nocturno. Sentía que ya era tiempo suficiente de aislamiento; necesitaba ejercitar algo de lo aprendido. La noche se veía mucho más oscura de lo acostumbrado; el cielo cubierto de nubes no dejaba pasar un solo rayo de luna.
Sabía que lo primero que debía hacer era despejar el cielo y empezó a respirar profundamente. Con un suave movimiento de sus brazos dirigidos hacia arriba, comenzó la tarea de mover las nubes para dejar la luna al descubierto. Después de unos minutos, el básico ejercicio dio resultado: la luna menguante reflejaba una luz bastante tenue, pero suficiente para el siguiente paso.
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III
(El estofado, la receta)
Un fin de semana cualquiera, con Juani ya embarazada de nuestro hijo y con la ilusión instalada en nuestros corazones, había yo quedado el viernes tarde con uno de mis grandes amigos, que recién separado, se había juramento para revivir esa juventud perdida. Y yo, como buena persona que soy, prometí secundarle esa noche de viernes, que entre el restaurante chino y unas cervezas pasaría entre risas, recuerdos y borrachera…
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