9 Frimario, LXXVII, día del enebro
A pesar de que los motivos no son demasiados para alegrarme, su carta ha suavizado un poco las aristas del día. No tengo demasiado tiempo ni fuerzas para escribirle. Mi enfermedad no mengua… parece haberse establecido en un punto muerto, como si se negase a abandonarme o a acabar conmigo: constante dolor en el pecho, tos seca, apenas hay flema, fiebre durante las mañanas que se va levantando para reiniciarse el día siguiente…
Es normal, supongo ya que no me he cuidado lo suficiente, y por si fuera poco… ¡Y ese condenado árbol!
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El hombre salió de su encierro para ver el cielo nocturno. Sentía que ya era tiempo suficiente de aislamiento; necesitaba ejercitar algo de lo aprendido. La noche se veía mucho más oscura de lo acostumbrado; el cielo cubierto de nubes no dejaba pasar un solo rayo de luna.
Sabía que lo primero que debía hacer era despejar el cielo y empezó a respirar profundamente. Con un suave movimiento de sus brazos dirigidos hacia arriba, comenzó la tarea de mover las nubes para dejar la luna al descubierto. Después de unos minutos, el básico ejercicio dio resultado: la luna menguante reflejaba una luz bastante tenue, pero suficiente para el siguiente paso.
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III
(El estofado, la receta)
Un fin de semana cualquiera, con Juani ya embarazada de nuestro hijo y con la ilusión instalada en nuestros corazones, había yo quedado el viernes tarde con uno de mis grandes amigos, que recién separado, se había juramento para revivir esa juventud perdida. Y yo, como buena persona que soy, prometí secundarle esa noche de viernes, que entre el restaurante chino y unas cervezas pasaría entre risas, recuerdos y borrachera…
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Hace cuatro años que no escribo. Antes de estos cuatro, hacía tres que no escribía.
Pensar que hubo un tiempo donde era prácticamente lo único que hacía. Contaba unos once años, y no tenía amigos. Mucho menos novia, ni nada que se le parezca. A medida que fui encontrando de estas yerbas escribí cada vez menos, por lo que puedo deducir en base a mi experiencia que escritura narrativa equivale a soledad.
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I
Sentado en la gran mesa del salón, observo con la calma ganada tras unos cuantos vaivenes con el vino, cómo transcurre una tarde más en casa de mi familia política… Vosotros comprenderéis queridos amigos de lo que hablo. Esas tardes de sobremesa, en las que después de un buen yantar y un prolífico homenaje a nuestro querido Baco, las conversaciones intransigentes surgen como de la nada, espoleadas a veces, cuando así lo requiere el momento, y defenestradas otras, cuando la paz es la que manda…
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Ya estaba recuperada su hija;
Y ahora Gema debería,
Reencontrarse con Güevelio,
Y recuperar su familia.
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Muy tristes y desanimados,
estaban un puercoespín
y un zorrillo,
buscando las mil maneras
de conquistar un amigo.
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La futura madre ciempiés, se quejaba y lloraba amargamente:
¿Qué voy a hacer doctor?
¿Quintillizos?
¡No, por favor, dígame que se ha equivocado!
Que más quisiera yo señora, respondió el médico.
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…seguimos con la transmisión en vivo desde el lugar del hecho, soy Mercedes Laparca y les informo que nada ha cambiado demasiado. ¡Esperen! Hay un testigo de la catástrofe… a ver si la cámara me sigue… ¡señor! ¡señor! ¿cómo se siente? ¿qué es lo que vio?… no, no… parece que no quiere hablar. Mejor volvemos a estudios con Laura Mergalot. Gracias.
Clic
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Tenía cara de pocos amigos; en lugar del simpático oi oi oi, de todos los cerditos, ella parecía comiendo limón todo el tiempo; tanto así, que sus conocidos la llamaban Anabel (decían que parecía un cruce entre la Anaconda y la Cascabel), de allí sacaron las siglas; y se reían simpáticamente.
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