I
27 DE SEPTIEMBRE DE 1999
La llamada les había sorprendido, sobre todo por la hora en que la habían recibido. De madrugada, casi a las tres… En el cuartel de la Benemérita de Xinzo de Limia, en la provincia de Orense, no estaban acostumbrados a atender este tipo de episodios, y menos a esas intempestivas horas de la mañana; quizás algún tráfico o pelea entre borrachos de algún pueblo cercano, alguno de las decenas de ellos que había por la zona.
La escena que se habían encontrado al acudir a la llamada, sin demasiada prisa, todo hay que decirlo, era dantesca. Una habitación de una casa de dos pisos, en el pueblo de Rairiz de Veiga, a unos 18 kilómetros de Xinzo.
Los charcos de sangre coagulada marcaban el camino de huida del agresor. El arma, un hacha, dejando regueros de sangre por la senda de salida; hasta que el mismo que la había blandido se había cansado quizás de su peso, y la había soltado al pie de la escalera, como con desgana, antes de salir a la calle y perderse por las callejuelas del pequeño pueblo.
Al entrar en la estancia, un dormitorio del segundo piso, lo que vieron los ojos, poco acostumbrados a tales desmanes, del cabo de la guardia civil Juan González, casi hizo que vomitara lo que había cenado la noche anterior. Un cuerpo no del todo inerte yacía en la cama, boca abajo. La parte trasera de la cabeza parecía totalmente desgarrada, estaba posada sobre un gran charco de sangre del que salían como burbujitas, cada vez que el tipo tumbado se esforzaba por aspirar un poco de aire, que le permitiera seguir con los espasmos que, parecía, lo torturaban.
La sangre de la cama parecía adornada con trocitos de algo como de color grisáceo; el Cabo, en un primer momento, ni siquiera se dio cuenta de que eran pedacitos de masa encefálica esparcidos, no sin cierta gracia, y haciendo del charco un cielo estrellado de aspecto macabro. Además, las paredes… salpicaduras de sangre por doquier, incluso algún rastro de cabello del sujeto pegado en la sangre seca…
-¡Sargento!, este tío está vivo…- casi gritó el cabo, sin poder apartar la vista del desgraciado.
-¿Le parece que estoy ciego, González? ¿Qué se cree que hace aquí Don Antonio, en vez de estar en su cama?
Don Antonio era el médico del pueblo de Rairiz, había acudido medio dormido a la llamada de la Guardia Civil, pensando como ellos que se trataría de algún niño borracho del pueblo. Lo que encontró le despertó de golpe. Xosé Manuel, uno de los muchachos del pueblo, de los pocos que habían vuelto después de emigrar a la ciudad, en busca de trabajo, estaba tirado en la cama de su habitación, con lo que parecían dos heridas por hacha (había visto el arma en cuestión al pie de la escalera) en la parte trasera de su cabeza. Éstas habían conseguido arrancarle, aparte de cuero cabelludo, parte de su masa encefálica que se encontraba esparcida por doquier alrededor de la escena… Increíblemente, el muchacho padecía de espasmos musculares que motivaban el movimiento de sus piernas a un ritmo tosco y espeluznante, y eso, aunque en principio pareciese irreal, significaba que Xose Manuel, aún estaba con vida.
La pareja de la Guardia Civil, un cabo con cara de niño bueno y un Sargento del cuartelillo de Xinzo, observaban como en trance la situación:
-Supongo que se les habrá ocurrido llamar a una ambulancia… – comentó el doctor, no sin dejar entrever un matiz sarcástico en sus palabras
-Sí, Don Antonio – le respondió el sargento, un tipo entrado en carnes, con bigote y con aspecto de haberse tomado más de un vasito de aguardiente para despertarse. – Está de camino.
-Yo aquí no puede hacer nada, – zanjó el galeno – hace falta un equipo médico de reanimación y respiración asistida, si queremos mantener con vida a este pobre hombre… si es que llega a tiempo la ambulancia…
Por extraño que pareciese, a Antonio no le había llegado a sorprender del todo lo visto. «Siempre supe que esto, no podía acabar bien», pensaba con tristeza mientras su mirada divagaba entre la pareja y la sangre… «Dios no creó la miel para las mulas».
II
TRES AÑOS ANTES
(Xosé Manuel y Helena)
El zumbido del despertador que tiene en la mesilla de noche, desagradable donde los haya, arranca a Xosé Manuel de la profundidad de sus sueños. Aparte del maldito sonido que le hace saltar de la cama cada mañana, para él hoy es un buen día; casi como la mayoría de ellos, la verdad. Se levanta feliz y se dirige a la cocina de su pequeño piso de Vigo, para hacerse un café; le toca turno de día en la fábrica y eso le pone contento. Ocho horas encajando piezas en «la Citroen» y para casita aún de día.
«Quizá me pare en alguna terraza y me tome una cañita bien merecida, cuando acabe la jornada», piensa.
Helena, su novia, se ha marchado al pueblo, a Rairiz de Veiga a ver a su padre y sus hermanos. La conoció hace unos meses estando ya en Vigo, coincidieron una tarde en la terraza de un Bar del paseo marítimo, y la reconoció al instante. Eran del mismo pueblo, habían ido al colegio y al instituto juntos, pero antes de aquel reencuentro no se habían dirigido casi la palabra; él tenía tres años más que ella, y eso, entre grupitos de niños en Rairiz, aún marcaba jerarquías, sumando además, la diferencia de estatus social y económico que había abierto en el pasado un enorme abismo entre ellos.
Xose Manuel pertenecía a una familia de las de toda la vida de Rairiz, con un pequeño huerto en la parte trasera de la casa familiar justito para ir cultivando las hortalizas pertinentes por temporada; ora lechugas, ora tomates y pimientos, cebollas y berzas, estas últimas para alimentar a los cerdos, dos por año, y engordarlos para la matanza, y unas cuantas gallinas ponedoras. De padre carpintero, que había ganado lo justo, antes de que una enfermedad coronaria lo prejubilase, para mantener a la familia alimentada y vestida.
Helena, en cambio, era hija de un terrateniente, además de antiguo banquero. Hacía pocos años que su padre había vendido la banca que tanto dinero había aportado a la familia y tan holgadamente les había permitido vivir, a ella, a sus padres y a sus cinco hermanos mayores. Ahora, con la venta, gozaba la familia de unas rentas suficientes para, mediante la explotación agrícola y ganadera de sus tierras, vivir casi mejor que antes; con menos estrés para el padre, e intentando labrar un futuro sólido para sus hijos y para el pueblo.
Era dulce, atenta y para Xosé Manuel la mujer más bonita que había conocido en su vida; eso sí, sabía perfectamente que a la familia de ella no le hacía ninguna gracia que «se juntase» con un pelagatos como él; currante de la Citroen a tiempo completo, sin estudios conocidos más que algún cursillo de mecánica y con pocas aspiraciones en la vida, para ser sinceros una: ser feliz al lado de Helena, cultivar su pequeño huerto y criar hijos; cuantos más mejor y a poder ser que viviesen en el pueblo, que estudiasen, eso sí, pero que reportaran sus conocimientos una vez adquiridos, para engrandecer la tierra que tanto amaban.
Le había dicho Helena, antes de marcharse al pueblo, que no le iba a decir a su padre que prácticamente vivían juntos, -no es aún el momento. Todo se andará, Manuel, mi padre no es como el tuyo, le cuesta ver ciertas cosas… -. Xosé Manuel, la verdad, no lo entendía, pero respetaba las decisiones de Helena casi como si de leyes se tratasen. La veneraba y amaba con todo su ser, y no entendía aún qué es lo que ella había llegado a ver en él. Si decidía que su padre no se tenía que enterar de su relación, pues por algo sería; a él le sobraba sabiendo que compartían el mismo proyecto, que sus caminos se habían entrelazado de una manera tan sólida que ni siquiera un padre estricto y millonario podía desenlazar.
III
DIEZ DÍAS ANTES
(Rairiz de Veiga, las familias)
Con el verano en fase terminal y las patatas y tomates del huerto recogidas, En la casa familiar de Xose Manuel, sus padres deambulan por la misma, casi sin cruzar alguna palabra amable entre ellos; su hijo ha vuelto al pueblo. Hace ya unos días que lo tienen en casa pero lo han visto en contadas ocasiones. El chico, siempre alegre y dispuesto a ayudar en las tareas, se ha convertido en una especie de fantasma que se pasa el día encerrado en su habitación.
No son una familia que se plantee muchas cosas; generalmente, cuando de un problema se trata, dada la sencillez de su vida, esperan a que se resuelva por la vía temporal; así lo han hecho toda la vida, y así han logrado resistir los avatares que la vida en un pequeño pueblo y dedicándose a lo que se han dedicado, les ha permitido vivir con dignidad y sin que les faltase nada que llevarse a la boca. Por eso, ahora no entienden quÉ es lo que le pasa a su hijo, siempre dicharachero, trabajador y jovial; no entienden el por quÉ de su retorno, si siempre les contaba, cada noche por teléfono, lo bien que le iban las cosas allá en la ciudad. Cierto es que no les hizo mucha gracia que se hubiese prometido con la hija del banquero. En el fondo, sabían, en su sencillez de pareceres, que había distancias en esta vida que eran imposibles de sortear.
En casa de Helena nunca hubo conocimiento de tal promesa matrimonial entre el hijo del carpintero y su hija; de lo que sí se enteraron de boca de la misma fue de su embarazo. Un mes antes de ese día, Helena había vuelto a casa para contarles que estaba encinta y que se quería casar con Manuel, que lo amaba más que a nada en el mundo, y que su futuro estaba ya ligado a él para siempre por su embarazo.
La familia, con años de tradición clasista, compréndase como tal el hecho de vivir en el pueblo como terratenientes plenipotenciarios, suficientes generaciones como para marcar diferencias sociales con los habitantes del pueblo, que, como decía siempre el Señor de la casa, entre risas y después de más de una copa de buen coñac francés: «Son como mi pequeño rebaño, hay que cuidarlos, alimentarlos y vigilarlos…»
Así, en cónclave familiar, madre, padre y tres de los cinco hermanos, se dedicaron al caso de «su niña», entre gritos y acusaciones mutuas de la poca atención prestada a su hija, suelta en la ciudad mientras estudiaba y casi dejada a la mano de Dios mientras un cualquiera, a más inri del mismo pueblo, vergüenza intolerable por otro lado, se aprovechaba de la inocencia de su pobre hijita.
Helena nunca entendió bien que es lo que pasó ese día y en los sucesivos. Ella no había hecho nada más que vivir su vida como siempre quiso. Con un hombre sencillo y bueno que cumpliese su primer mandamiento, que era que le quisiese y la respetase; y además, lo que para sus padres y hermanos era la mayor vergüenza del caso, que fuere del pueblo, para ella, siempre fue un punto a favor de Xosé Manuel. Qué mejor para compartir su vida que alguien tan cercano a ella.
La encerraron en casa, le sugirieron que abortase (a eso no la podían obligar dada la tradición católica de la familia) y hasta algún guantazo se llevó por parte de su padre dada su obstinación, que desesperaba a progenitores y a hermanos por igual, provocándoles una ira que jamás hubiera pensado que realmente contuvieran…
Días después de aquello (días de encierro, gritos, desesperación e incredulidad) su madre la llamó y la rescató de la celda en que habían convertido su habitación:
- Tu padre quiere hablar contigo, Helena; espero que estos días en tu cuarto te hayan servido para recapacitar y no le hagas disgustar más. Después de todo lo que ha hecho por ti, no se lo merece -sentenció su madre.
La escena que se encontró al entrar en el gran salón familiar de la casa, coronado por una enorme chimenea y una preciosa mesa de roble, que tanto había amado hacía tan solo unas semanas, de por sí le dijo que no le auguraba nada bueno. Su padre y su hermano mayor le esperaban sentados en sendas butacas, mientras su madre (a la que ahora hasta compadecía por todos los años vividos allí) la dejaba sola y se retiraba de la escena, como si de parte del servicio doméstico se tratase.
-¿Has cambiado de actitud? –le espetó su padre, nada más su madre se hubo marchado.
-Pero padre por favor, no entiendo…, no me has dejado explicar lo que siento, lo bueno que es Manuel…
-¡Calla!- gritó su hermano fuera de sí; -ya te lo dije, Padre, ese carpinterucho le ha sorbido el seso.
Helena siempre había sabido que su hermano no tenía más que dos dedos de frente; aun así, le había querido. Su hermano mayor, el protector en su infancia… Pero en ese momento aprendió a odiarlo. Humillada y maltratada como se sentía, las lágrimas empezaron a brotar entre esfuerzos insuficientes para controlarlas; más por impotencia y miedo, que por tristeza.
-La conclusión es fácil – dijo su padre alzando la voz, como para acallar a su hermano y a la vez a sus pensamientos; -desde luego, con él no te vas a casar, lo hemos estado pensando tu hermano y yo, no emparentaremos con parte del rebaño…
Helena no podía creer lo que estaba escuchando. «Rebaño…», se repitió a sí misma. Se lo había oído decir a su señor padre en algunas ocasiones, y siempre se lo había tomado como algo jocoso, como una broma de mal gusto, pero broma al fin y al cabo; ahora, se daba cuenta de lo engañada que había estado toda su vida.
-Además-, continuó su padre con la mirada transformada en un témpano de hielo, – está el asunto del hijo bastardo que llevas en tus entrañas; tienes que tener en cuenta que si decides finalmente tenerlo, ya no formarás parte de esta familia. Ya te hemos pagado los estudios, así que vive de ellos si es lo que quieres… Tu futuro está en tus manos, chiquilla, pero te repito;- y aquí, Helena vio, igual que si de una pesadilla se tratase, como la cara de su querido padre, siempre amable y orgullosa, se transformaba en una mueca de odio salvaje, – nunca te casarás con él…
A Helena solo le quedaba por escuchar en ese momento, lo que su hermano soltó para terminar:
-Y no te preocupes por tu amiguito, ya estuvo lloriqueando a las puertas de esta casa y le advertimos de lo que le pasaría si continuaba con esto…
Al escucharlo, Helena dio media vuelta y salió entre sollozos del salón de su casa, por última vez en su vida. Se juró que nunca volvería a entrar y que no habría nadie en el mundo capaz de destruir lo que tenía con Manuel y el fruto de su amor sito en sus entrañas… Mientras con pasos firmes y con la respiración entrecortada, no hacía más que recordar una frase que le acababan de decir: «Te lo advierto, nunca te casarás con él…»
IV
AGOSTO DE 2009
(Epílogo)
Hace ya unos años que suelo acompañar a mi mujer al pueblo donde se crió con sus padres. Ella es gallega, más concretamente de un pueblecito perdido, eso sí, como muchos otros, allá en las montañas de Orense… Crespos, se llama el pueblo. Bueno, mejor dicho, la aldea; son cuatro casitas habitadas y unas pocas más sin ocupar, que se conservan algunas de ellas milagrosamente en pie. Unas han sido reconstruidas y algunas otras abandonadas a su suerte, cuando sus últimos ocupantes han muerto y los hijos de estos, si es que los hubiere, han dejado la zona después de emigrar como muchos gallegos, en busca de trabajo o ya en tiempos más modernos, de universidades y oportunidades varias por conquistar.
Todo esto os lo comento porque hace unos días, de vacaciones en dicho pueblo y claro, sumergido en ese ambiente tan acogedor que sólo se encuentra en estos microentornos tan gallegos y, cómo no, tan españoles; y entre risas, pitanza en abundancia (más que lo que mi castigada figura me debiera permitir, vive Dios) y paseos entre aldeas y bosques, mi chica me contó una historia curiosa, no por nueva; ya me la había contado con anterioridad, y no me dejaba de rondar por mis pensamientos de vez en cuando. Así que, después de alguna coincidencia que otra, que luego explicaré, me he decidido a contarla; esta tarde de agosto, agobiado por el calor y sintiendo una mezcla entre tristeza, pasión, miedo y folklore… Qué combinación más extraña, pensaréis… Pues precisamente, por eso os lo cuento:
Como os decía, Crespos es una aldea sita en la provincia de Orense. Para los que no lo sepáis, Galicia, aparte de por las mencionadas y conocidas provincias, está dividida geográfica y administrativamente por los llamados Concellos; estos vienen a ser como ayuntamientos, los que engloban en sí mismos una enorme cantidad de aldeas, que por tamaño no pueden formar ayuntamiento o concello propios. El pueblo de mi querida, que como os decía antes es minúsculo, pertenece al concello de otro pueblo no mucho más grande, que se llama Rairiz de Veiga; situado a pocos kilómetros, como es menester, y con la suerte o la desgracia (según se mire, si vas de visita o vives allí) de tener algunos de los servicios básicos con que toda comunidad que se precie debe de contar.
Una vez situados, os paso a contar: suelo esperarme a llevar el coche a revisar, yo, que vivo en Barcelona, cuando ando por esos pueblos cuasi perdidos de la mano de Dios; la crisis empuja a ello, desde luego, el precio, no es el mismo en la capital que en un taller de pueblo, en eso estaremos de acuerdo; así que este verano que me tocaba, fuimos a Rairiz que, cómo no, allí estaba el taller, y a más inri, regentado por un pariente de la familia de mi suegro.
La verdad, ese día, yo no andaba muy fino, eran las nueve de la mañana, y entre el sueño (que para ser verano, me parecían las nueve una hora atroz) y para qué negarlo, algo de resaca del día anterior, estaba entre malhumorado y despistado: al llegar al taller, la escena ya me pareció un poco surrealista, estaban en la puerta, aparte de un chico vestido con un mono azul, que deduje, a pesar de mis obstruidas cualidades mañaneras, que debía de ser el mecánico, cuatro parroquianos más. «¿Qué coño hace aquí toda esta gente?», me pregunté; en ese momento, hasta me molestaban la verdad. «¿Por qué no estarán en el bar del pueblo?, o ¿en su casa?, ¿nos estarán esperando?». En fin, entre estas rancias cuestiones me debatía mientras cruzaba saludos entre ellos. Algo obligado en todos los pueblos, todo hay que decirlo; y mientras notaba cómo mi mujer me daba pataditas, me fijé levemente en uno de ellos que tenía los ojos azules, como apagados, sin luz y andaba encorvado y apoyado en un callato, de esos con solera… «Qué tipo más extraño», pensé, entre irritado y malcarado, «no sé si me mira, si no lo hace, si me sonríe, o me hace una mueca», «en fin… muy gallego todo esto», concluí.
Una vez dejado el coche y apalabradas las condiciones, precio y hora de recogida, y dirigiéndonos al bar del pueblo para hacer tiempo, le pregunté a mi acompañante por las pataditas antes mencionadas:
-¿No te has fijado en el señor del bastón?- me preguntó
-Sí,- contesté yo,- ahora que lo dices, parecía un poco raro… Pero claro, ¿quién no parece rarito por aquí? -pregunté con cierta sorna.
-Pues este es el tipo del hacha… Aquel que te conté el año pasado…
-¡No jodas! -exclamé yo, y tengo que reconocer que gratamente sorprendido, -pues el hombre no está tan mal… Para haber recibido dos hachazos en el cráneo…
Puri, que así es como se llama mi novia, me llevó dando un paseo por el pueblo, a ver la casa de Xosé Manuel. Me sorprendió verla algo descuidada, como dejada; quizás porque me la había imaginado como si de una historia presente se tratase… Y entre el taller, la casa y el Bar, haciendo camino, me contó el final de la historia:
«Dice la gente del pueblo que él siempre ha sabido quién se lo hizo, pero que nunca lo ha querido decir. Que durante la breve investigación que se sucedió a aquella noche, declaró medio pueblo, hasta sus padres; aunque a la familia de Helena nunca la llamaron para eso… En el pueblo la mayoría está convencido de que si no fue alguno de los hermanos de Helena, seguro que contrataron a alguien para hacerlo. Aunque claro, alguno hasta dice que lo que pasó fue que intentó suicidarse; pero esa versión no está muy extendida por razones obvias…
»Algunos, bueno más bien algunas, sobre todo las más viejas de aquí, aseguran que fue cosa de meigas… Que para conseguir el amor de Helena, Xosé Manuel tuvo que dar algo a cambio; y que ya se sabe, las meigas, cuando cobran sus deudas… Todo esto dice la gente de por aquí…
»También se cuenta que, después de aquello, Xosé Manuel estuvo ingresado muchos meses, y que alguien le pagó, nadie sabe quién, uno de los centros privados más caros de Galicia para que hiciese rehabilitación, por eso está como está…
»Se sabe, que ella dejó el pueblo después de aquello y que durante años, no se la volvió a ver, pero que ya hace un tiempo que se le vuelve a ver por aquí de vez en cuando, paseando con su chiquillo, y a veces, van acompañados por Xosé Manuel, como distraídos y sin hablarse pero con el andar acompasado al ritmo de él…»
-¿Entonces? -pregunté yo-. No deja de ser un asesinato sin asesinado, un crimen sin culpable y una historia de amor muerta, pero no enterrada… Cariño, tú sabes que yo no creo pero… ¿no será cosa de meigas?
- Será- contestó ella…
Antes os dije que quería contar esta historia, con una mezcla entre tristeza, miedo, folklore y pasión… y quiero terminar, comentando el porqué:
Tristeza: por el amor perdido, claro.
Miedo: porque puedan ocurrir estas cosas en los tiempo que vivimos.
Folklore: porque esta historia estoy convencido de que lleva denominación de origen, sólo podía haber ocurrido en Galicia…
Y Pasión… pasión por la Historia, aunque sea de pequeños personajes como esta pareja. Historia que no afecta a casi nadie, que ocurre en un microcosmos… Pasión por la historia de una pareja que, aunque ella se llamase Helena, desde luego no es la de Troya; más bien la de Rairiz, y claro, ni él fue nunca Paris, ni ningún dios mitológico interfirió en sus vidas… Más que dioses de la antigua Grecia, si algo intervino en todo esto, fueron os Bruxos y as Meigas; en los que por supuesto… yo no creo, pero que como en cualquier buena historia gallega que se precie, haberlas, haylas…
FIN
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