17
Feb

ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA

   Publicado por: Larvastar en Relatos y Cuentos

…seguimos con la transmisión en vivo desde el lugar del hecho, soy Mercedes Laparca y les informo que nada ha cambiado demasiado. ¡Esperen! Hay un testigo de la catástrofe… a ver si la cámara me sigue… ¡señor! ¡señor! ¿cómo se siente? ¿qué es lo que vio?… no, no… parece que no quiere hablar. Mejor volvemos a estudios con Laura Mergalot. Gracias.

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…¡Es increíble Randy! ¡Hasta puedo oír el sonido de un alfiler cayendo en un vaso!… Así es Cindy, el nuevo Super-power-turbo Ear te permite escuchar hasta ruidos detrás de paredes y vidrios. ¡Increíble Randy! ¡Por fin puedo saber lo que dicen de mí mis compañeros de trabajo, y hasta mis propios amigos!… Claro que si, Cindy, ¡el Super-power-turbo Ear mejorará tu vida en un cien por ciento!… ¿Y usted que está esperando? Levántese de la silla y corra a marcar el número indicado para su país.

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…No puedo seguir así Ana María. Tu relación con José Antonio ya es un secreto a voces, y todos lo saben. No quiero hacer el ridículo. Dile a tu padre que me marcho para siempre… ¡No José Luis! ¡No lo hagas! Sabes que te amo únicamente a ti…

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Soy Laura Mergalot y seguimos con toda la información del día. Esta mañana, un desafortunado hecho llenó de indignación al barrio de Benavídez, cuando un maniático condujo al suicidio a más de una docena de personas, miembros de una supuesta religión que exigía mucho dinero como ofrenda. A parecer, los fieles fueron engañados por este hombre, que se llevó la riqueza y los convenció que muriendo alcanzarían la redención. Por supuesto que pensaba salir impune, pero uno de los feligreses sobrevivió a la matanza, y pudo denunciarlo.

-¡Eso es! –gritó Laureano Borghi levantándose de su asiento, ante la atenta mirada de su socio italiano. La habitación, desordenada y oscura, de pronto se vio invadida por una energía extraña, poco usual en esa casa, que algunas personas llaman optimismo.

-Encontré lo que estábamos buscando Vito, lo que siempre te prometí. Esto nos va a sacar de la miseria, créeme.

Vito le hubiera respondido, pero estaba atorado con un trozo de pollo frito y se ahogaba. Levantó la mano para pedir ayuda pero Laureano no lo notó, ya que se encontraba demasiado ensimismado en sus pensamientos. Rápido de reflejos, el italiano le arrojó un pedazo de comida a su amigo, que a pesar de haber sido golpeado no reaccionaba. Cuando se dio cuenta lo que estaba ocurriendo, Laureano corrió a socorrer a Vito, que se salvó por obra y gracia de un santo golpazo en la espalda.

-¡Vito! ¡No te mueras justo ahora, que vamos en camino hacia el éxito!

-¿De qué me estás hablando? –dijo el italiano todavía con dificultades para hablar.

-¡Una religión, Vito! ¡vamos a idear una secta! Eso salvaría nuestra realidad financiera, y además podríamos conseguir otras cosas extras, como mujeres, autos, casas, fama… ¿me explico?

-Es muy peligroso Laureano… podríamos terminar en la silla eléctrica.

-Me parece que ya olvidaste quién es el más inteligente de los dos… acordate de todas las cosas que conseguimos gracias a mi genio.

-No muchas Laureano. Lo único que sé es que seguro voy a tener que trabajar yo, como hasta ahora –dijo Vito con pragmatismo.

-Esta vez será diferente, lo puedo ver. El error de las sectas es que son demasiado explícitas, no dan lugar a la imaginación. Por ejemplo, ese loco que mandó a sus fieles a suicidarse, realmente era muy tonto o había consumido muchos estupefacientes. Es muy probable que la Policía descubra a una montaña de cadáveres, no hay que ser tan obvio. Creo que el secreto para triunfar en este negocio es ser sutil.

-¿Pero cómo vas a hacer para que la gente te siga?

-¿Me estás cargando, Vito? ¿Sabés con quién estás hablando? –preguntó Laureano. Parecía molesto con la pregunta de su compañero, y hasta un poco ofendido.

-Si, con una persona que levanta cigarrillos usados de la calle para no tener que comprarlos.

-Bueno, no tenías que ser tan ofensivo, Vito.

Pero el italiano no lo escuchó. Se levantó de la silla donde estaba sentado y agarró el control remoto, deseoso de distraerse con la televisión. Laureano se alejó de la habitación, casi indignado, al mismo tiempo que seguía debatiéndose entre ideas e hipótesis. Sentía que era la última oportunidad para demostrarle al mundo lo que era capaz de hacer, y sobre todo, la chance de probar la suerte y la buena vida de una vez por todas.

Decidió hacer lo que mejor sabía para despejar la mente y tomar decisiones importantes: caminar sin rumbo por la ciudad. La experiencia le había enseñado que podía encontrar fuentes de inspiración en los lugares más recónditos, y no había razón alguna para que no hallara las respuestas que necesitaba para iniciarse en el mundo del esoterismo, magia negra, y cuestiones de mercado que desconocía.

Debilidad. Sin lugar a dudas, el primer punto a tomar en cuenta. ¿Cuáles eran los defectos que tenían los pocos grupos religiosos que conocía? Una de esas falencias era la necesidad de tener personas. Es decir, estaban condenados a un público, o grupo de feligreses que mantengan viva la llama de la fe, y los edificios destinados a proporcionarla. Entonces, se dijo, su dios no tendría súbditos. Sería la primer deidad en la historia que no aceptaría fieles ni congregación alguna. El ser humano es sinónimo de debilidad, y por lo tanto, su creación los rechazaría. “Perfecto, así vamos bien”, pensó Laureano.

Poder. Como en cualquier espectáculo deportivo o teatral, la gente espera ver grandilocuencia en todo lo que paga. Su dios tenía que superar ampliamente a los otros, incluso en cosas en que los demás ni siquiera podrían ofrecer. La exclusividad de milagros atraería la atención pública y de los medios, lo que sería más que beneficioso. Por otra parte, estaban los factores de poder político o sindical, que eventualmente colaboraría con la causa, sobre todo en época de elecciones.

Difusión. Quizá, el obstáculo más difícil de sortear, según su vasta experiencia en negocios fraudulentos. Las sectas sólo se conocían en pequeños grupos aislados, generalmente de personas en una buena posición económica. Lo revolucionario de su idea sería construir un dogma que llegue a todos los sectores de la sociedad, sin importar raza ni situación social.

Por último, la cuestión más importante de todas: la teoría. Sus conocimientos religiosos distaban de ser abundantes, por lo que ni siquiera podía establecer un paralelismo con otras creencias. Su dios tenía que enseñar sobre cosas cotidianas, normales, problemas en la vida rutinaria de la gente ordinaria.

Laureano regresó a su casa excitado y divertido, cual púber recién iniciado. Vito lo recibió con frialdad, y ni siquiera le preguntó qué era lo que había estado haciendo. Era muy común ver a Laureano sentado en cualquier bar de la ciudad un jueves por la mañana, así que prefirió no preguntar. Mientras tanto, el iluminado anotó los puntos en los que había pensado en un papel, como si fuera a hacer las compras en el mercado.

-Laureano, ya me voy a trabajar. Acordate de preparar algo a la noche para comer, ya que estoy cansado de comer hamburguesas del trabajo –dijo Vito con una voz apagada y seca.

Entonces, un haz de luz inundó el cerebro de Laureano por un instante, como sucedía con los personajes de historieta. Quizá era una señal divina, algo en lo que no había pensado antes.

-Vito, ¿me podrías hacer un favor?

-Depende… no te puedo prestar más dinero.

-No, es sobre tu trabajo… ¿Te molestaría darle panfletos sobre mi religión a tus clientes?

Vito miró incrédulo a su amigo, y por alguna razón, parecía desanimado.

-Por lo que veo no desististe de tu idea, y eso ya es un avance conociendo tu historial –dijo irónicamente

-Es en serio, Vito. Necesito tu ayuda para hacer las cosas bien. Esta vez estoy ideando un plan que no puede fallar. Siempre te dije que nosotros no estábamos para vivir entre la mugre… creo que es momento de avanzar a un siguiente nivel.

-Está bien, Laureano. Te creo… otra vez. Pensá bien lo que vas a escribir, y veo lo que puedo hacer –dijo Vito en un resoplido.

Laureano festejó para sí, ya que una de las principales trabas había sido vencida. No existía un lugar más masivo que un local de comidas rápidas. Gente de todas las edades y sectores económicos se agolpaban en las mesas coloridas para masticar su comida de goma, al mismo tiempo que se entretenían mirando el techo o tentándose con nuevas promociones. Su plan era sencillo: redactaría una buena introducción a su teoría, la haría imprimir en algún taller barato, y luego las repartiría en las bandejas del negocio, las mismas que generalmente estaban adornadas de frases infantiles y dibujos incoherentes. Nadie podía negarse a leer algo mientras comía su hamburguesa. Son momentos en la vida de las personas donde lo más importante es encontrar algo para matar el tiempo. Lo mismo le sucedía cuando se sentaba en el inodoro y tenía que leer cualquier etiqueta de desodorante que tuviera a mano. Cayó en la cuenta que manipular es una tarea de por demás sencilla.

Al mediodía, mientras disfrutaba de su soledad en la casa, Laureano se propuso redactar las palabras de su dios, el mismo que supuestamente le daba las órdenes que tenía que hacer cumplir en los clientes. Descubrió que entre tantos planes se le había entrepapelado el nombre de la secta, algo más que importante, ya que determinaba como sería recordado en la posteridad. Pensó en Borghianos, la denominación perfecta para que no cupieran dudas sobre quién fue su fundador. Además, el nombre tenía buena fonética, y le endulzaba los oídos cada vez que la pronunciaba. Borghianos… Borghianos…

Laureano se preparó un café bien negro y se sentó a escribir el dogma de su creencia, el escrito que determinaría las reglas y las convicciones de su religión. Sabía que debía utilizar todos sus recursos mentales al máximo, ya que la tarea más difícil que puede tener un hombre es la de mentir con sentido. Sin embargo, apenas comenzó a redactar las primeras líneas, se desvaneció. Su cuerpo inerte cayó sobre las hojas blancas y las desparramó por la mesa y el suelo, causando un verdadero estropicio.

Cinco horas después, Vito abandonaba su trabajo monótono y se dirigía a su casa. Estaba muy asustado por lo que se podía encontrar, ya que le preocupaba bastante la salud mental de Laureano. Durante todos los años en los que había vivido con él, era la primera vez que se mantenía tan firme con una idea, y no le gustaba en absoluto. Vito sabía que quería a su amigo, pero en el fondo lo consideraba un vago, ni más ni menos. Pero las cosas siempre fueron así, y no veía por qué deberían cambiar tan repentinamente. Toda la cuestión de la secta lo asustaba y lo llenaba de dudas. Presentía que terminarían sus días en la cárcel, y eso era lo más leve que les podía pasar. Sin embargo, su propia conciencia le recordaba que siempre había sido un cobarde, y eso era algo que tampoco podía cambiar. Quizá Laureano sabía lo que hacía esta vez. Había estado equivocado toda su vida, así que por decantación, en alguna oportunidad tendría que acertar.

Vito pudo reconocer a Laureano parado en la vereda, esperándolo en la puerta de la casa. Su sonrisa destacaba en el atardecer gris, y no cabía duda que estaba muy feliz. Cuando lo vio llegar, corrió a su presencia como una mascota ansiosa, tanto que Vito sintió vergüenza.

-Sucedió un milagro. Te dije que esto era algo especial.

Sin decir más, Laureano condujo a su amigo al interior de su hogar, donde todo estaba revuelto y desordenado, como si hubiera acontecido un robo. Vito observó hojas blancas escritas por todos lados, esparcidas como si hubieran caído de un árbol en otoño. Levantó una del suelo y la leyó, solamente por curiosidad.

« Art. XXVII : Sobre el comportamiento Borghiano en sociedad

El saber Borghiano supera cualquier oferta vana que pueda ofrecer el mundo, oh querido hijo, cuando te habla desde su máscara de envidia y mentira. Es menester obedecer a mi Elegido en cualquier empresa que inicia, o en el más insignificante lapso de razón. Las personas que deambulan por la calle merecen nuestra más sincera lástima, y el buen Borghiano jamás escatimará en sentimientos de superioridad. El saber, y sobre todo el que proviene de la vanidad, es agradable a mis ojos, y premiaré con una bonificación especial a quien se destaque. Jamás escuchen, hijos míos, a quienes pretenden destruir nuestra utopía, y los invito a que los destruyan. La venganza es el sentimiento que nos limpia de toda duda, y si viene acompañada de ira es aún más placentera. Cualquier forma que los débiles llaman compasión, será aborrecida ante mis ojos. La superación personal es ante todo, y no aceptaré a nadie que no piense en si mismo por encima de las demás cosas. Una vez lograda esta meta, a la que llamaremos Estado de Lucidez Cósmica (puesto que el cosmos es nuestro propio deseo) recién alcanzarían el nivel para relacionarse con El Elegido, a quién Yo le di el poder para que me administre los asuntos en la Tierra. Por supuesto que hay uno solo, y no existirá ninguno más, ya que no hallé hombre en la Tierra con las capacidades suficientes para entender la complejidad de mi verdad. Es deber del Elegido conocer en carne a las esposas, novias, hermanas, e hijas de quienes se acerquen a la verdad.»

-¿Qué es esto? –preguntó Vito indignado.

-¿Te gusta? Es sólo una parte de mi credo, el mismo que escribí en estado de trance. Te dije que esto no era algo común, Vito, y ya tuve mi primer contacto con Dios.

-¿De qué me estás hablando, Laureano? No existe ningún Dios más que la fantasía que creaste, un personaje nefasto que tiene a la ambición y al egoísmo como base de su prédica.

-Es que no estás escuchando, Vito. Estaba sentado, tratando de escribir algo para promocionar el grupo, cuando de repente perdí el conocimiento. Cuando me desperté, ya estaba todo bien redactado, ¿entendés? no son mis palabras las que adornan esas hojas, amigo. El Dios verdadero me usa como canal para transmitir sus Buenas Nuevas, las que les quiere enseñar a la especie humana. Empiezo a creer que todo lo que se me ocurrió cuando vi esa noticia en la televisión, nunca fue casualidad.

Vito se sentó en la cocina y se llevó las manos a la cabeza. Estaba seguro que todo estaba fuera de control, y no había vuelta atrás. Se dijo que intentaría al menos que toda esa locura llegara a buen puerto. Después de todo, era preferible a la desconcertante idea de seguir viviendo como hasta ese momento, inmersos en fracaso. El italiano volvió a acercarse a su amigo, que seguía de pie en el living junto a sus escritos, releyéndolos entusiasmado.

-Laureano, creo que todo esto va a resultar una farsa, igual que todas las anteriores en tu vida. Sin embargo, es lo más sorprendente que hiciste desde que te conozco, y creo que sería injusto no darte una oportunidad. Laureano abrazó a su amigo espontáneamente, y por un instante, todo fue casi perfecto.

-Vito, agradezco tu apoyo y tu solidaridad. Sobre todo con la gran contribución a la obra.

-¿De qué me estás hablando?

-Gasté parte de tus ahorros para pagar la impresión de los tratados que servirán como publicidad de mi obra.

-¿Cómo pudiste? –dijo Vito enfadado- tenía esos ahorros escondidos en un lugar seguro, es imposible que los hayas descubierto.

-Ocultar dinero entre tu ropa interior no es algo muy sofisticado, amigo.

-¿Estuviste husmeando mi ropa interior?

 

Grupo de Sabiduría Borghiana:

una gota de perfume en un pantano apestoso

Soy el Gran Ser, el dios más grande y poderoso de todos. Me dirijo a usted, estimado consumidor de comida rápida, para adoctrinarlo en mi dogma de sabiduría pura, aún no contaminada por las banalidades de este mundo injusto. No pretendo que usted me venere ni que me construya templos, ni mucho menos comercie con mi nombre sin la licencia adecuada. Como verá, me rebajo a hablarle de esta forma para que me entienda bien. El movimiento Borghiano no tiene ningún adepto, por la sencilla razón de que los considero inútiles. El resto de los dioses se dicen muy fuertes y esas cosas… pero dependen de miles de millones de personas que los ayuden con su visión. Si son tan omnipotentes, ¿para qué necesitan personas arrodilladas? Yo, el Gran Ser, no requiero de ayuda humana para demostrar mi poder. Este mensaje, humilde mortal, es una invitación para que colabore con mi Elegido, la persona que puse por sobre el resto para que controle mi obra en la Tierra. Si usted se contacta con él, le sabrá decir cómo lo puede ayudar a que otros conozcan la palabra. Insisto, no es para mí la ayuda, es para él. Mi manto de proveeduría sobre el planeta está garantizado. Recuerde que lo puedo ayudar en todo, y que cualquier tipo de problema ya está resuelto antes de empezar. Velo por la seguridad de usted y su familia, absolutamente gratis. Por si fuera poco, aquellos dispuestos a entregar todo y acompañar al Elegido, tendrán descuentos especiales en productos de moda.

Comunicación terminada.

 

Vito leía el mensaje una y otra vez, todavía sin poder creer lo que sus ojos le transmitían. Si era cierto que un espíritu había poseído a Laureano, debería ser un pésimo narrador, porque el panfleto Borghiano era tan absurdo como desopilante. Dudaba si poner la hoja en las bandejas de los clientes, más que nada por la vergüenza ajena que le producían. Aún así, recordó que la mayoría de sus ahorros habían ido a parar a esas palabras carentes de sentido, por lo que respiró hondo y las repartió en todo el lugar. Se consoló pensando que tanto circo no podía hacerle mal a nadie.

Pasaron las horas y el local de hamburguesas se llenó de gente, algo que ocurría todos los viernes. Al principio nadie advertía la hoja escrita bajo su comida, pero a medida que algunos la fueron descubriendo, pronto todos los clientes se copiaron unos a otros, y terminaron leyendo el manifiesto Borghiano. Vito notó que la gran mayoría sonreía y arrojaba la hoja a la basura, otros la usaban como baberos de sus bebés, o para limpiarse el aceite que dejaban en los dedos las papas fritas. Sin embargo, observó a unos pocos que anotaban el teléfono y la dirección que figuraban en la esquina inferior derecha del comunicado. Se preguntó qué clase de demente podía creer algo así.

Al volver a su casa, Vito encontró a Laureano vestido con una túnica blanca, igual que la representación de Jesús, y también notó que no se había afeitado.

-¿De qué te disfrazaste? –preguntó Vito en tono burlón.

-El Elegido del Gran Ser debe verse como tal, y hacer uso de la jerarquía que mi Dios me dio. Por cierto, varias personas se acercaron esta tarde. Almas sedientas de conocer la verdad.

-¿Y qué pasó con ellos?

-Sólo les di una pequeña lista de las cosas que nuestro Gran Señor necesita en la Tierra. Por supuesto que también les aclaré que su bondad no significaría nada para el Gran Ser, pero no me creyeron. La gente es propensa a confiar en el soborno, y pensaron que si me ofrendaban cosas muy valiosas para ellos, serían más recompensados que el resto.

-¿Qué recibiste? –preguntó Vito, todavía sin poder creer lo que escuchaba.

-Una donación de dinero, un auto, y hasta vino un hombre a ofrendarme la desfloración de su hija.

-La gente está mucho peor de lo que pensaba –dijo Vito llevándose las manos a la cabeza.

Los meses pasaron y la secta de Laureano creció significativamente. Al parecer, las personas encontraban muy placentero el hecho de pertenecer a una religión que no exigía congregarse en ningún lado, ni realizar rituales, ni mucho menos escuchar sermones molestos. A diario, cientos de seguidores se acercaban para ver al Elegido, que aceptaba de mala gana los regalos y sacrificios de las personas, que incluso sabiendo que su esfuerzo era en vano, igual se iban satisfechas.

La relación entre Vito y Laureano cambió mucho desde que éste último se mudó a una mansión donada por un fervoroso creyente Borghiano. Día y noche la gente rodeaba a Laureano para que les contara sobre el Gran Ser, y los maravillosos planes que tenía para el planeta Tierra. Vito, por su parte, seguía teniendo la misma casa y el trabajo de siempre. Pensaba que de alguna manera todo estaba en su lugar adecuado, ya que Laureano tenía la vida ostentosa que siempre soñó, y él había conseguido la tranquilidad y la estabilidad que añoraba desde que su amigo se mudó a vivir con él. Sin embargo, una noche en donde nada escapaba de la quietud imperante, Vito estuvo cerca de morir.

Lo primero que escuchó fue el ruido de vidrios rotos, lo que hizo que se levantara de la cama, aterrorizado. Antes que pueda huir de la habitación, un grupo de hombres encapuchados entraron al lugar y lo aprisionaron de manera tal que le costaba respirar. Uno de los agresores aplastó la cabeza de Vito contra el colchón de la cama, lo que redujo su cara a una mera arruga de piel. No alcanzaba a escuchar lo que los intrusos decían, pero supuso que no era nada bueno para su salud. De pronto los hombres lo levantaron de la cama y lo llevaron hasta el living de la casa, donde un sujeto de pelo largo y camisa negra lo esperaba fumando un habano. Le sorprendió ver que no llevaba capucha, por lo que podía deducir que era muy estúpido, o creía estar por encima de la ley. Pronto descubrió con tristeza que se trataba de la segunda opción.

-No tengo mucho tiempo en presentarme –dijo el hombre de pelo largo- aunque seguro me tenés que conocer. Soy el líder de Los Iniciados, el grupo religioso que lidera la Zona Este de la ciudad, un lugar que tu amigo Laureano Borghi está empecinado en controlar.

-Yo no sé nada, hace mucho que no hablo con él. Tienen que ir a la mansión que se encuentra en…

Los matones Iniciados no lo dejaron terminar la oración, y lo golpearon brutalmente en la cara y en el estómago, produciéndole espasmos. Vito no terminaba de entender bien lo que estaba ocurriendo, y tampoco sabía cuando terminaría.

-Te agradecería que le dijeras a tu amigo que desaparezca de nuestra ciudad, y si puede, que elimine a su ridículo dios del medio.

Vito quiso responderle, y decirle que si fuera por él, todos podrían desaparecer juntos, pero el dolor era demasiado como para poder articular palabra alguna. De pronto la invasión se marchó, tan silenciosamente como había empezado. El italiano cayó al suelo y trató de aliviar los dolores de alguna manera. Sin embargo, no existía alivio alguno para el dolor de espíritu, que era el que más le afectaba. Sabía desde un principio que toda la locura de la secta terminaría mal, y también estaba seguro que él pagaría por todo, como siempre había sucedido.

Al día siguiente, Vito se dirigió muy temprano a la mansión de los Borghianos para hablar con Laureano y aclarar todo de una buena vez. Mientras caminaba, se dio cuenta que había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vio. Se preguntó si había cambiado en algo, aunque por el estilo de vida que llevaba, era un hecho que había cambiado en todo.

En la entrada de la casa, dos guardaespaldas paramilitares lo recibieron con poco entusiasmo, y le comunicaron que las visitas por ese mes estaban suspendidas. El Elegido tenía que descansar de la ardua tarea de representar a un dios, y le pedía a los fieles que volvieran en otra oportunidad. Vito trató de explicarle a los guardias que él había sido un amigo íntimo del Elegido cuando era un hombre común, pero no hicieron caso. Cuando pensaba que tendría que volverse, Vito escuchó una voz familiar.

-¡Déjenlo pasar!, es agradable a mis ojos –dijo Laureano, que paseaba por el parque de la mansión acompañado por dos jovencitas y un perro.

Vito se alegró de su suerte, aunque luego se cuestionó la autenticidad de sus sentimientos. Cuando estuvo frente a frente con su amigo, no pudo reconocerlo.

-¡Vito! ¡Cuánto tiempo ha pasado!

-Laureano, vine a verte porque…

-Elegido, por favor –interrumpió el dueño de la mansión.

-Elegido, lo vine a molestar porque anoche un grupo de delincuentes entraron a mi casa, su antigua casa, me golpearon, y me obligaron a decirle que se aleje de las ciudades del Este.

-¿Los iniciados, no? Malditos incrédulos blasfemos… el Gran Ser los fulminará con su poder.

-Como sea, Laureano…perdón… Elegido, me amenazaron de muerte. Y le ruego que me ayude.

Vito se sentía de por demás ridículo, pero no le quedaba otra opción. Tenía que seguirle el juego absurdo a Laureano o correría peligro su vida. El nivel de abstracción en la vida de su amigo era tal que ya había olvidado que todo en lo que él creía era un simple producto de su imaginación.

-Vito, mañana vas a tener el honor de acompañarme en una marcha por el centro de la ciudad, donde le demostraremos al mundo el poder y la unión de los Borghianos. Quiero que veas el poder de nuestro padre Gran Ser, y verás que no debes temer.

-No sé si pueda –comenzó a decir Vito, pero la expresión en la cara de los guardaespaldas le hizo cambiar de opinión en un segundo. No soportaría dos golpizas seguidas.

La calle principal estaba disfrazada como para un baile de disfraces, aunque Vito dedujo que era prácticamente lo mismo que estaba viendo. Miles de personas caminaban tras una carroza decorada donde viajaba El Elegido, acompañado por Vito y sus inefables empleados de seguridad. La multitud provenía de los más amplios sectores sociales, y parecía estar dispuesta a obedecer a su líder en cualquier cosa que les pidiera. Era como una multitudinaria clase de aeróbicos.

En un momento determinado, acercaron varios micrófonos a la boca de Laureano, que comenzó a dar un discurso.

-¡El Gran Ser los saluda de mi parte! ¡tengo el agrado de presentar a un gran servidor que en esta tarde nos va a iluminar con su presencia! ¡saluden al nuevo Elegido!

Vito trataba de deducir de quién hablaba, pero no veía a nadie más en la carroza. Cuando se dio cuenta que se refería a él, las emociones lo paralizaron.

-¡El Gran Ser me acaba de comunicar que tomará mi cuerpo indefinidamente, por lo que pasaré a ser Él mismo! ¡Saluden entonces al nuevo Elegido que los guiará de aquí en adelante!

La multitud enardecía gritaba y festejaba los anuncios. Laureano se acercó a Vito y lo abrazó, como aquel día remoto en donde el proyecto era todavía un sueño. El italiano alcanzó a oír unas palabras en su oído.

-Vito, vas a ser muy importante en la misión. Si los Iniciados quieren guerra, la tendrán. Necesitamos un mártir para justificarla, eso es todo. Lo lamento, amigo, lo lamento…

Vito comprendió lo que estaba a punto de suceder, y se le nubló la vista. Resignado, como un roedor en la trampa, le respondió.

-Creo que en cierta forma lo podía haber visto venir. Después de todo, nunca me devolviste los ahorros.

Entonces, una explosión en el pecho de Vito terminó con la vida del italiano. La gente huyó despavorida, y Laureano bajó el cuerpo agonizante de su antiguo amigo hacia la calle desierta. Allí lo vio expirar, bajo la atenta mirada de los curiosos y el francotirador que había contratado.

Unas horas después se encontraba pronunciando un discurso de furia y venganza, jurando revancha y sangre de Iniciados. Después de todo, como es bien sabido, a la gente le gusta adorar un Dios de Guerra.

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Esta entrada fue creada el Wednesday, February 17th, 2010 a las 1:15 pm y está archivada bajo la Categoría Relatos y Cuentos. Puedes seguir las respuestas con el feed RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback desde tu propio site.


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