Habían abierto una discoteca no demasiado lejos de mi casa y me apetecía probarla. Así que me duché intentando alejar los problemas del día de la cabeza, me enfundé mis viejas botas, unos vaqueros y una camiseta de tirantes azul claro y salí de casa. Y como siempre que voy a un garito nuevo, el portero, una especie de armario 4×4 con cara de pocos amigos, se quedó mirando mi DNI con actitud sospechosa.
-¿Dieciocho?, ¿seguro? -reconozco que tenía motivos para sentirse escéptico: mi carné es falso. Pero pagué lo suficiente por él como para que nadie que no fuese un experto pudiera verificarlo.
-Claro -lo miré desde el fondo de mis largas pestañas, con la actitud más angelical que mis ojos azules, mis facciones adolescentes y mi melena rubia por los hombros pudieron darme. Y sé que eso lo exasperó aún más. Señor… debería ser lo suficientemente madura como para no disfrutar de estas situaciones pero no puedo evitarlo. Había tenido un día malo y sé disfrutar de una pequeña diversión cuando me la ofrecen. ¿Qué aparento 16? Si tú supieras…
-Ya -murmuró mientras escudriñaba mi DNI, como si éste pudiera decirle que si me comporto como una baby con un carné falso, eso ha de ser lo que soy, por más que un documento oficial o las curvas que ceñía mi ajustada camiseta dijeran lo contrario. Me mordí el labio en actitud insegura, consiguiendo no reírme cuando no le quedó más remedio que dejarme pasar pese a estar convencido de que le estaba dando el pego. Chico listo. Reprimí el impulso de soltar una risita de colegiala al pasar por su lado. Tampoco era cuestión de pasarse.
Nada más entrar mi cuerpo vibró con el sonido de la música. La discoteca estaba llena. Quizá pudiera desconectar un rato antes de pasar al trabajo. Había tenido un día frustrante.
Sorteando gente sobre mis tacones de siete centímetros (junto con el pintalabios, mi única concesión al lugar en el que estaba) me acerqué a la barra. Un taburete, una bebida y un poco de paz, eran todo lo que necesitaba por el momento. Pero era pedir demasiado pues, como siempre, comencé a atraer las miradas. No puedo evitarlo, aunque no lleve ni maquillaje, ni vestido, ni minifalda sino tan solo unos vulgares vaqueros, las atraigo igual. Mis ojos son de un azul claro demasiado raro, mi cabello luce siempre demasiado brillante, mi piel demasiado perfecta… y, sobre todo, siempre me han dicho que poseo un «algo» que me hace sexualmente provocativa. A mi padre le pasaba lo mismo, qué se le va a hacer, cuestión de genética. Supongo que si quería paz debería haberme quedado en mi cuarto.
Al cabo de unos minutos, comenzaron a acercarse. Como pude, fui rechazando más o menos amablemente todos los intentos de conversación hasta que, cansada, me dirigí a la pista de baile. Y justo cuando acababa de comenzar a moverme al son de la música (para mí el ir sola a un bar o bailar sola nunca ha sido un problema) una mano sujetó mi brazo.
-Esta es tu noche, preciosa -susurró una voz seductora en mi oído
Sí, claro, mi noche, seguro… Sobre todo si no me dejaban tranquila. Me giré para soltarle una lindeza nada cortés. Me estaba mirando como si yo fuese un aperitivo y esta fuese de hecho su noche de suerte. Normalmente eso habría subido la rudeza de mi contestación de un «te has equivocado de esquina» a un «¿quieres la denuncia por abuso ahora o cuando te haya machacado de una patada las pelotas?». Tampoco puedo evitarlo, tener poca paciencia y poco talento también es genético. Lo heredé de mi madre. O eso dice mi padre, pues la asesinaron al poco de nacer yo por meterse en líos. Pero parecía que en cierto modo sí iba a ser mi noche de suerte, pues al mirar a los ojos a ese tío me quede colgada de su mirada, enganchada como si él fuese el centro de mi mundo y yo no pudiera más que caer locamente enamorada a sus pies. Oh, conozco esa sensación de primer amor adolescente de flotar y dejarse llevar. Es sencillamente maravillosa.
-Sí -le dije sonriente-, es mi noche de suerte.
Y él se inclinó y me besó suavemente, haciendo que mis rodillas temblasen. Seguidamente, me cogió del codo y me guió hacia la calle.
El portero lo miró mal cuando salió. ¿Cómo se atrevía a mirar mal a mi amado? Le habría dicho algo grosero, pero era demasiado delicioso limitarme a avanzar pegada a su cuerpo. Nos alejamos de la gente que disfrutaba de la noche veraniega en la puerta de la discoteca. Enseguida noté a dónde me llevaba, a un parquecillo cercano donde muchas parejas, amparadas por la oscuridad, se besaban. Aunque yo sabía que él quería algo más. Y él no sabía que yo lo sabía. ¿Pero cómo iba a saberlo? No era vidente, tan sólo un vampiro.
(Continúa en A veces trabajo de noche, 2ª parte.)
Compártelo
Tags: discoteca, miradas, noche, trabajo
[...] (Viene de A veces trabajo de noche.) [...]