Cubierta de sangre y todavía recordando el fiasco de la esposa, llegué a casa deseando meterme bajo la ducha (ciertas comidas la dejan a una con ganas de lavarse). Me dirigía hacia mi cuarto de baño, espacioso y de tonos azules, cuando lo vi.
(Viene de A veces trabajo de noche, 7ª parte.)
Estaba apoyado contra el marco de la puerta, en actitud indolente, su pelo rubio peinado hacia atrás con un corte moderno que para nada pegaba con la austeridad del traje negro que llevaba. Y hablando de trajes, hay hombres que parecen haber sido diseñados para rellenarlos, con cada pliegue de la tela hablando de un cuerpo masculino y poderoso… Tuve que cortar mis pensamientos; por muy buenos hombros que tuviera no era un hombre, era un vampiro. Y yo odio a los vampiros.
-Hola, Casio -lo saludé como si nada, impidiendo que se notase en mi voz la alegría irracional que una parte de mí sentía al verlo. Yo también sé jugar a ese juego.
-Qué poca efusividad… ¿Es que no te gusta la moda de la época de saludar con dos besos?
-No cuando a quien saludo le gustaría dármelos en el cuello.
-Ah… Violeta… siempre tan atrevida -se separó de la pared y avanzó un paso hacia mí, haciendo que, expectante, casi contuviera el aliento.
-¿Qué quieres? -lo interrumpí entre anhelante, molesta y asustada. Para que luego digan que las mujeres no somos complicadas. Y, por cierto, ¿qué coño estaba haciendo ese romano de más de mil años de vida en mi casa?
-Nada que no pueda esperar –por un momento casi creí que podía leerme la mente. Que yo sepa, la habilidad telepática de los vampiros se limita a introducir pensamientos en tu cabeza, algo así como una ayuda a la hora de hechizarte. Pero con alguien tan viejo como Casio una nunca podía estar segura. Tonterías mías que pasaron a un segundo plano de importancia cuando él ignoró mi actitud defensiva y me quitó la toalla plegada que llevaba entre las manos-. ¿Ibas a ducharte?
-Era la idea -¿es que iba a ofrecerse a ayudarme? La única manera de impedir que mi corazón impulsara demasiado deprisa la sangre, lo cual seguro que él notaría, fue pensar que acababa de comer y que el chupasangres ni siquiera tenía ni alma.
-Adelante, no te preocupes por mí -me sonrió engreído como si me hubiera leído la mente (joder, ¿otra vez?) y en un instante dejó de estar a mi lado para aparecer junto a la puerta del baño que ya no estaba cerrada. Poderes vampíricos… apestan.
-Claro, ¿te traigo también una silla y palomitas? -me arrepentí nada más decirlo: ellos no pueden digerir nada sólido.
-Me parece… -eligió acercárseme lentamente, capturando mi mirada que intentaba ser cínica con la suya brillando en rojo.
-… que prefiero… -me rodeó con sus brazos que no estaban fríos. ¿Es que ni la naturaleza siente el más mínimo respeto por sus leyes? Los muertos deberían estar fríos. Y ser muy desagradables al tacto. No como la acariciante calidez que emanaba de su cuerpo, aun a través de la ropa.
-… algo más fluido -de algún modo consiguió que mi traidora cabeza se ladease dejando mi yugular al descubierto. Y si algo no me gusta es sentirme vulnerable.
-No te confundas -conseguí dar a mi voz un tono despreocupado-, no estaba haciendo de anfitriona. Y, si no te importa, déjate de jueguecitos y dime a qué has venido -esto era sin duda un billete solo de ida al infierno. Un vampiro miembro del Consejo y tan antiguo como él no iba a permitir que nadie lo tratara así. Pero si no hacía nada, considerando el brillo escarlata de sus ojos, yo era presa segura. Así que, si alguien tan importante había venido a mi casa a por algo que no fuera un tentempié, había que recordárselo antes de que dejara que sus instintos animales lo dominaran.
Oí un ruido característico, el de hueso saliendo fuera de su funda de carne. Mala suerte. Había juzgado mal a Casio. Me preparé para luchar con todas mis fuerzas. No tenía ninguna oportunidad contra él pero no por ello pensaba dejarme matar con una sonrisa en la boca.
Y entonces nada.
Se oyó su voz desde mi salón.
-¿Jueguecitos? Eso es ofensivo para alguien de mi posición. Yo nunca juego.
Claro -pensé-, para qué si siempre ganas.
Entré en mi bonito baño azul, ese en cuya puerta acababa de estar a punto de desangrarme hasta morir y me lavé la cara. Joder, necesitaba unos minutos. Que se fuera a la mierda el chupasangres. Si no me había matado bien podía esperarme un poco. Además, después de haber visto a la Parca en sus ojos, seguro que él también necesitaba calmarse. Levanté la mirada al espejo. Joder, estaba toda despeinada y tenía las mejillas tan pálidas que parecía yo la muerta. Bebí un sorbito de agua del lavabo y me arreglé el cabello mecánicamente. No es que me importara, pero algo tan mecánico y familiar me ayudó a recuperarme.
Había estado a punto de morir por descuidada. Por mucho que fuera viejo, seguía siendo un vampiro. El autocontrol es algo que les viene con la edad: Un vampiro de menos de cincuenta años ha de estar encerrado o bajo el control mental de su sire o se dedicará a violar y desangrar a toda falda viviente. Y no hay porqué suponer que el maestro va a poder hacerlo mucho mejor. Además yo soy medio súcubo, llevo lujuria escrito en la sangre, así que no tendría que haber hecho ninguna alusión a invitarlo a comer. Sobre todo si me había pillado camino de la ducha. Y entonces algo hizo clic en mi cabeza y me di cuenta. Yo no lo había invitado, ¿cómo demonios había entrado en mi casa?
Cautelosa, muy cautelosa, me dirigí hacia el salón.
(Continúa en A veces trabajo de noche, 9ª parte.)
Compártelo
Tags: noche, sangre, trabajo, vampiros
[...] (Continúa en A veces trabajo de noche, 8ª parte.) [...]
[...] (Viene de A veces trabajo de noche, 8ª parte.) [...]