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Dec

¿YA VUELVE A SER NAVIDAD?

   Publicado por: Capayespada en Relatos y Cuentos

Hoy, como cada año por las mismas fechas, en Madrid lucían en el cielo las estrellas, siendo éste un acontecimiento maravilloso y sorprendente, pues la luz de tales astros ya no traspasaba la atmósfera contaminada desde hacía tiempo atrás, y tal vez muchos como yo, con motivo del recuerdo de la celebración de las fiestas perdidas, debieron pensar si eran reales o se trataba de simples trocitos de cartón con diferentes puntas, cubiertos de papel de plata con el que se envuelve el chocolate, que huidos al unísono de los belenes ausentes, imaginarios, se habían colgado en las alturas de la noche para reivindicar que en otros tiempos llegaba la Navidad…

* * * * * *

… Érase una vez que en casi todos los escaparates de la ciudad lucían pequeñas bombillas intermitentes de distintos colores: rojas, azules, amarillas y blancas, iluminando los comercios de muchas calles y plazas del centro de la gran ciudad…

De pared a pared, cruzando las aceras y calzadas, de un lado hasta el otro de las vías y avenidas urbanas más importantes, pendían cables y cordones de los que colgaban, al vaivén suave del viento, adornos luminosos de diferentes tamaños…

En cada casa de orden, en cuanto a la convención se refería, se montaba un belén con estrellas de cartón, con un puente sobre el río de plata, con soldados romanos y pastores con sus ovejas, con tres reyes y sus respectivos pajes que llegaban de Oriente, y con un portalito lleno de esperanza en el que Dios nacía, en el recibidor o en el mejor rincón del salón-comedor, o se adornaba primorosamente un abeto con bolas brillantes y cajitas de regalo vacías, y cintas o cadenetas estrechas de colores que lo rodeaban irregularmente, y con piñas, y con algún pequeño muñeco blanco de nieve que, sin embargo, era de tela, de cartón o de peluche, y arriba del todo, una estrella magnífica que cruzaba mostrando un camino de vida y esperanza…

En los domicilios había bandejas con trocitos de riquísimo turrón de Jijona, de varios sabores para elegir; dulcísimas figuritas de mazapán de Toledo, frutas escarchadas, polvorones, avellanas y peladillas, con las que obsequiar en sus visitas a vecinos, amigos o familiares; botellas con licores y hasta champán o vinos espumosos con los que poder brindar por la felicidad y la alegría…

Aquellos eran días de solaz para los más jovencitos de la casa, de vacaciones escolares, de jugar con los amigos en el parque o el jardín de la glorieta, o ir a pedir el aguinaldo por el barrio con panderetas y zambombas haciendo risas y bulla; de soñar con los juguetes que habrían de dejar los Reyes Magos después de leer aquellas cartas llenas de promesas y buenas intenciones: «Te aseguro, Gaspar, que si me traes el tren eléctrico, seré siempre obediente», «Te prometo, Melchor, que si me echas la bicicleta, siempre haré caso a mamá y papá», «Baltasar, si dejas en el salón de mi casa a la Nancy con su cochecito de paseo y sus vestiditos, para que pueda ser su mamá verdadera, voy a convertirme en la niña más buena del mundo entero, palabra»…, y que si esto y que si lo otro…

Eran, evidentemente los días espléndidos de la Navidad, escasos días, no obstante, en que mayores y pequeños deseaban ser mejores, o al menos así lo expresaban por aquí y por allá, con cara y maneras de acto de contrición y golpe de pecho. Días de sermones de buena voluntad en las iglesias y de sablazos parroquiales de los que era muy difícil escabullirse, sobre todo en la gran Misa del Gallo. Días de almuerzos y cenas familiares. Días, incluso, en que empresarios, jefes y empleados parecían estimarse y reconciliarse de corazón, como si de iguales se tratase, en esas tediosas y obligadas comidas de empresa…

Aquel día que yo recuerdo era, concretamente, Nochebuena, veinticuatro de diciembre, y para mayor ambiente navideño, de postal característica de esas fechas, Madrid estaba cubierto de nieve en todos sus tejados y jardines. Muy blanca la ciudad, invitaba a arrojarse bolas de nieve helada para mayor disfrute…

… Y la noche caía fría y cortante sobre las esquinas y en los portales, como si viniera cargada con mil afiladas navajas de Albacete; como si estuviera llenita de agujas y alfileres que se clavaban en el cuerpo por todas partes.

… Y entonces le vi caminar muy despacio, cansadamente, con la mirada perdida, por la Puerta del Sol, cuando pisaba la marca que recuerda el kilómetro cero de mi país. Toda luz artificial en esa fecha dibujaba de animación y bullicio cada rincón del entorno por Arenal, por Preciados, por Carmen, por Montera… Le vi tomar la calle Postas hasta la Plaza Mayor, repleta de puestos y casetas donde comprar todo tipo de figuritas para el belén, abetos y otros objetos típicos de las fiestas… Él contemplaba todo aquello desde sus ojos vidriosos, amoratados por las bajas temperaturas reinantes desde hacía ya días atrás, con una expresión en la cara absolutamente indescriptible, que podría ser tanto de asombro como de incertidumbre; tanto de alegría contenida como de profunda tristeza.

Bajo los arcos de la Casa de la Panadería , en el justo centro del lado norte de la antigua plaza porticada se sentó ya exhausto, dolorido, como vaciado por dentro de fuerzas y de esperanzas. Allí se dejó caer sobre el escalón del portal de acceso, y sentado dobló las piernas para llevarlas contra su pecho en un último esfuerzo. Se subió las solapas de su estrecha y rota chaqueta y se abrochó hasta el último botón del cuello de la mugrienta camisa, que sobresalía de un fino, gastado y descolorido chaleco de lana que le habían entregado días atrás en el albergue para remediar en algo aquel frío tremendo que llevaba metido en cada uno de sus huesos.

… Junto a él sintió el pasar de la gente que ni siquiera lo miraba. Oyó la algarabía de los niños que junto a sus padres regresaban a casa para la gran cena, después de haber adquirido algunos adornos para el nacimiento: un pozo, unas ovejas para el pastor, un puente para el río de plata, un centurión para la tropa romana…

Junto a él escuchó a ráfagas conversaciones de mayores que denotaban felicidad, acaso la normalidad de aquel día tan señalado: los preparativos para la cena, los familiares que acudirían al ágape, el amplio y lujoso menú, los aperitivos imprescindibles, las bebidas, los villancicos que cantarían con los niños…

Miró, apenas sin ver, como los puestos de la plaza cerraban antes para que todo el mundo pudiese preparar la fiesta en familia, y poco a poco se fue acallando el bullicio, se fueron alejando las últimas conversaciones, se fueron apagando muchas de las luces que antes brillaron sin descanso… Y, de repente, la plaza se quedó vacía, sin un alma que, al menos, con el ruido de su pasear acompañara tanta soledad presente.

Sonaron en un reloj próximo doce campanadas metálicas y desafinadas; ¡ya era Navidad! ¡El Niño Dios había nacido!… Y entonces, como si hubiese procurado por todos los medios llegar hasta la media noche, se le encendió una estrella grande y luminosa en el firmamento, escuchó como una voz misteriosa le llamaba desde un lugar desconocido, mucho más allá de la plaza en la que se encontraba, de la ciudad en la que había vivido, del país que le dio su nacionalidad…, y cerró sus ojos vidriosos, inexpresivos y amoratados por el frío terrible de aquellos días… y se durmió para siempre en el desamparo de la noche.

Aquella madrugada había nacido el Hijo de Dios, decía todo el mundo, pero también había muerto un sin techo en la soledad y la amargura de un escalón de piedra, a la puerta de la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor, en Madrid…, en una Navidad que había dejado de serlo en ése mismo instante, una Navidad que se fue volando por el cielo para siempre como el último aliento de aquel mendigo.

A la mañana siguiente, nada más despertarme busque por todos los sitios la Navidad para constatar que todo había sido una pesadilla, pero no pude encontrarla y me entristecí profundamente. Cuando salí de casa no había niños por las calles jugando felices, no sonaban villancicos por las radios del mundo… Ni siquiera encontré los adornos navideños que hasta el día anterior colgaban en las calles o envolvían los árboles de los paseos y bulevares, y que al llegar de la noche, encendían todas sus luces como un estallido de paz y de alegría.

… Desde entonces me he preguntado muchas veces quién sería aquel hombre desconocido que murió en la indigencia, y en alguna ocasión me he respondido que tal vez fuera…, qué sé yo… No, no, es una locura sólo pensarlo…

* * * * * *

 … ¿Hay alguien en algún lugar del mundo, por favor, que nos pueda devolver a todos la Navidad, consiguiendo que nunca más nadie vuelva a morir de hambre, miseria y abandono, en medio de la felicidad de muchos otros? Es muy urgente, señores poderosos que gobernáis con altivez los invisibles hilos del mundo de las finanzas, de la política, del poder en sus diferentes vertientes… Es muy urgente porque hoy ya es de nuevo veinticinco de diciembre, y podemos volver a quedarnos sin Navidad.

… Y nuevamente suenan en un extraño reloj que nunca he visto doce campanadas metálicas y desafinadas… Y me sobresalto otra vez sin poder remediarlo.

Capayespada

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Esta entrada fue creada el Tuesday, December 22nd, 2009 a las 12:27 pm y está archivada bajo la Categoría Relatos y Cuentos. Puedes seguir las respuestas con el feed RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback desde tu propio site.


9 comentarios hasta ahora

stikud
 1 

Muy bien, amigo Capa, muy bien.
La Navidad sólo puede celebrarla aquel que tiene algo que celebrar.

22 December, 2009 a las 6:39 pm
Zen
 2 

Amigo, Capa, creo que eso no lo verán nuestros ojos.
En cualquier caso es bueno saber que algunos mantienen en su conciencia a los más desfavorecidos, esos para los que la navidad no es nada, y en donde no hay nada que celebrar. El frío o el hambre no conoce de fiestas y ni la alegría de los otros pueder erradicarlos. Hace falta algo más.
Feliz Falsedad a todos.

23 December, 2009 a las 12:39 pm
Capayespada
 3 

Gracias Stikud y Zen, por comentar. Fijaros que yo siempre he sido más pro que anti Navidad. Aparte de otras sabidas connotaciones “paganas”, creo que la fecha lleva implícita la conmemoración de algo que ha terminado de configurar la civilización occidental; vaya, y eso ya, de entrada, es importante se sea o no creyente.
Realmente, pienso yo, somos todos nosotros (o casi todos) los que no estamos a la altura que requiere la Navidad. Andamos por la vida con tal cúmulo de egoísmo, que el resultado es el mundo en el que vivimos, el atroz sistema en el que estamos inmersos.
Ojalá cambiemos… y volvamos a tener Navidad, como indica el cuento.
… Por si acaso: ¡felices fiestas a todos!

23 December, 2009 a las 1:47 pm
miguel navarrete
 4 

felicitaciones por este relato navideño, muy en tu linea y estilo. lamentablemente estamos en un mundo que no es capaz de alcanzar esas metas republicanas de la igualdad, libertad y fraternidad tan ansiadas . A los escritores y poetas como tú les queda la palabra…. y espero que pueda ser util en la causa de los más debiles.

24 December, 2009 a las 7:19 pm
Capayespada
 5 

Gracias por tu comentario, Miguel. Blas de Otero también pensaba igual que tú cuando escribió su poema “Me queda la palabra”. Yo también lo pienso.
Los que escribimos, mientras nos queden lectores, por suerte, aún servimos para algo…, y no sólo para entretener sino para remover conciencias de vez en cuando.
Un abrazo fuerte.

24 December, 2009 a las 8:09 pm
Ángel Luis
 6 

Amigo Capa, bien. Aporto mi pensamiento, mi comentrario y mi palabra con un trocillo de estrella, para poder llegar entre todos, a que no se apague nunca, la estrella de la esperanza. Un abrazo.

25 December, 2009 a las 1:30 pm
Capayespada
 7 

Ángel, gracias por comentar al pie de mi cuento.
Dicen que la esperanza es lo último que se pierde y, también dicen, que con el tiempo y la esperanza todo se alcanza.
… Pues que nos llegue pronto ese día de una verdadera Navidad para todos.
Otro abrazo para ti.

25 December, 2009 a las 6:40 pm
daniela
 8 

tarde lei el relatoy que nostalgico y hogareño se lee.la verdad que coincido con el autor, ya que se sea creyente o no, creo que nunca estamos o logramos estar a la autura de una fecha como lo es la navidad. el sistema lo mercantilizó y el nihilismo imperante quiere hacer desaparecer toda forma de rito que nos convoca a la unidad y a nuestros origenes… me encantó

18 January, 2010 a las 7:13 pm
Capayespada
 9 

Daniela, primero darte las gracias por leer mis palabras; después, por tu bonito comentario.
… Ojalá todos fuéramos capaces de conseguir una verdadera Navidad en el futuro…, ésa en la que seamos iguales en lo fundamental.
Insisto, Daniela, muchas gracias.

19 January, 2010 a las 1:29 pm

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